Flâneurs chilangos

Güeros

Crítica

Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios

Por Daniel Fuentes

“Este güey pudo haber salvado el rock nacional”

Y pudo, pero no lo hizo.

T

odo sucedió porque en el festival de Avándaro (el mayor concierto de rock en la historia de la cultura mexicana) allá por  el año 1971 y donde Epigmenio Cruz iba a tocar e inmortalizar su figura, se le ocurrió proponer a su productor y a la novia de este, hacer un menàge a trois. Ella prefirió irse con el rockero y adiós concierto.

Eso fue en su juventud.

Ahora 30 años después, Epigmenio Cruz es velador en el zoológico de Chapultepec de la ciudad de México y Tomás (Sebastián Aguirre), un chico de 15 años que vive en la costa, escucha sin parar un casete con su música, única herencia de su padre.

Su madre ya no lo aguanta y lo manda a vivir a la ciudad con su hermano “Sombra” (Tenoch Huerta) quien a su vez vive con “Santos” (Leonardo Ortizgris)  y juntos forman parte de ese gran limbo que fue la huelga universitaria de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), aquella del año 1999.

La película Güeros  (México, 2014) de Alonso Ruizpalacios, premiada en los pasados festivales de San Sebastián (Mejor ópera prima), Berlín, Tribeca, Jerusalem Film Festival, Festival de cine latinoamericano de Lleida y La Habana entre otros, narra el periplo de una juventud confundida, que se improvisa cada hora, estancada en lo que 15 años más tarde en México se denominaría generación “ni-ni” porque ni estudian ni trabajan, aparentes esquiroles de un paro estudiantil de gran importancia a nivel nacional.

Una dimensión desconocida es su departamento donde la limpieza escasea, al igual que la energía eléctrica, donde se desayuna “café con piquete” (carajillo) y recortar fotos del diario para el muro de lo grotesco de la nevera es una de las tareas más emocionantes que tendrán durante el día.

Pero mas allá de poner en tela de juicio a los protagonistas, “Güeros” es un viaje por las venas de la ciudad de México, un viaje impulsivo, lleno de nostalgia, reflejada en su fotografía en blanco y negro, en su formato 4:3, en su música antigua, aquella que sin saber por qué de mayores cantamos, debido a qué varias veces la oíamos de pequeños en nuestras casas y ahora es una herencia inconsciente.

Mientras los personajes de la película se hacen preguntas insondables como ¿por qué hay en los menús tantos tipos de desayunos (continental, estudiantil, americano…) que no concuerdan con su contenido?, ¿por qué dos hermanos, uno prieto (moreno) y el otro güero (rubio), son hermanos?, ¿por qué apoyar una huelga universitaria?, ¿por qué pagar el recibo de la luz?, etcétera, la vida les ocurre gracias al impulso del adolescente Tomás que, al leer una nota en el periódico sobre Epigmenio Cruz hospitalizado, ídolo propio, leyenda cuya música hizo llorar al mismo Dylan, impulsa a su hermano y a su compañero de piso a salir en su búsqueda por diversos puntos geográficos del DF, donde conocen una gran variedad de gente, no güeros, no, sino experimentados en la vida callejera, que los llevarán a situaciones ora cómicas, ora absurdas, como la misma ciudad.

En el camino se les unirá Ana (Ilse Salas), una líder estudiantil de la que Sombra está enamorado y que nos muestra las entrañas de una huelga que pierde el rumbo. Este personaje completa un lienzo que rememora aquel gran cine de la Nouvelle Vague.

Algunos encuadres pueden resultar grotescos, poco usuales en este nuestro cine mexicano, pero se agradecen por su riesgo, por su experimentación. Respecto al guión, que en primera instancia podría parecer vacuo, dista mucho de esto, conteniendo temas como la relación padres e hijos, la juventud “eterna”, perdida (sin rumbo y por agotamiento), el vivir el momento, nos cuestiona sobre la cotidianidad y el futuro, sobre el “si yo hubiera”. También se agradece el rompimiento tanto del guión como de la cuarta pared en momentos clave, un metacine hilarante que podría considerarse un bache de escritura pero que desemboca en un recurso hábil e innovador.

Güeros, leí por ahí, recuerda “al mejor Bolaño” y estoy de acuerdo. También a otra gran película, Temporada de patos (Fernando Eimbcke, México, 2004). Estos flâneurs chilangos nos comparten un trozo de su rutina, de su aparente inexistencia donde quizá, al final, sea el único lugar  donde se encuentre la verdadera vida.

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