Fernando Colomo, mediterráneamente

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Crítica

Isla bonita (2015), de Fernando Colomo

Por Joan Colás

Cuando el logo de Coca Cola y el gobierno balear aparece bien temprano en los títulos de entrada de Isla bonita, uno teme lo peor, encontrarse con un Vicky Cristina Barcelona versión española y en Menorca. Y aunque el resultado respire un cierto olor a “mediterráneamente”, Fernando Colomo acaba sacando una sonrisa cómplice al espectador.

La historia es mínima y casi parece real. El director acude a la isla con la idea de grabar la vida de un amigo suyo y los isleños, y al final acaba encontrándose en un lío de agendas que conforman la película que presenta.

Las historias son varias. Una escultora medio hippie con una hija adolescente confundida con el significado y la importancia del humor, el amigo del director quien, tras una pérdida, acaba viviendo con una mujer más joven a quien realmente no sabe si quiere de verdad… y, entre medias, Fernando, que se encuentra bailando por estas vidas que se cruzan y le llevan de un lado a otro sin poder rodar pero impregnándose de ideas y aventuras.

Los protagonistas son personajes salidos de la isla, presentando una versión ficcionada de su auténtica realidad pese a sentirse incómodos delante de las cámaras y resultar en muchas ocasiones forzados, especialmente en el caso de las líneas que le toca decir a una adolescente que a veces parece que tenga 50 años. Los vuelta en moto por la isla parece digna de una campaña de la concejalía de turismo y la cinta parece ser mucho más un producto de encargo, y a su vez distracción, para Colomo.

El cineasta mismo cuenta su peculiar historia personal intercalando momentos de películas anteriores y se muestra como un realizador de anuncios (que realmente ha hecho). Se desnuda como director que atrapa ideas surgidas de la vida corriente de las personas y que trata de plasmar con sentido del humor, entrecruzando personajes y situaciones curiosas como en tantas otras películas de su larga filmografía.

Pero en ésta hay un ejercicio de humildad plasmado a través del trato que ofrece a sus personajes, que fluyen por la pantalla y que, pese a su actuación amateur, acaban llegando al espectador gracias a una cámara que los enfoca con mucho cariño, el que les tiene el director. Por eso, pese a ser una mezcla de anuncio de la isla e interpretaciones forzadas, Isla bonita acaba dibujando una sonrisa en el espectador que se siente acogido por unas historias que sólo pueden pasar en una isla como Menorca, o en el cine.