Escalera al infierno

Niels Arestrup y Tahar Rahim

Niels Arestrup y Tahar Rahim

Un profeta (2009), de  Jacques Audiard

Por Guillermo López García

Malik (Tahar Rahim, al que hemos podido ver en la reciente The Past) es un chico de 20 años que ingresa en prisión por motivos que no se explican y con una condena de seis años. A esa edad, con los años más decisivos de su vida por delante, Malik se formará como cualquier otro joven. La diferencia entre éste y los otros radica en el contexto. La cárcel será su único mundo durante todo este tiempo y, en la cárcel, los conocimientos están deliberadamente limitados. Hay que recordar que las cárceles no son una institución gestionada con justicia y equidad sino una extensión del mundo criminal, igual de corrupto, estratificado y violento. Malik se da cuenta desde el principio que en la prisión, al igual que en la sociedad actual, hay una profunda división entre sus habitantes. Los árabes por un lado, los corsos por el otro. Él es de origen árabe, como gran parte de los ciudadanos de la actual Francia. También es francés, pero de segunda. La Francia de Sarkozy, de los guetos y de la miseria y el racismo que ha tenido efectos tremendamente negativos en el proceso de integración de todos estos ciudadanos.

La primera prueba a la que los corsos someten a Malik es el asesinato de otro preso árabe. Es su vida o la del otro. No hay más. A partir de aquí estará bajo la protección de los corsos y de su jefe, César (Niels Arestrup). Malik se convierte rápidamente en el chico de los recados. Atento, con la cabeza agachada y sin hacer ruido, comienza a obtener privilegios inimaginables para otros presos. En este punto Malik sigue sobreviviendo pero empieza a sentir algo más. Poco a poco Malik va experimentado con el poder. Su vida en la cárcel es una prueba constante de resistencia. Cada vez aguanta mejor los golpes y consigue ascender de manera meteórica, pasando de ser un simple matón a gestionar muchos de los negocios de César. Su aparente sangre fría y ausencia de miedo le convierten en el servidor perfecto del capo.

La vida y la muerte, el cambio de roles y las amistades peligrosas hacen de la existencia del criminal una apuesta al todo o nada. César lo sabe e intenta evitar el final de su reinado, pero hay cosas inevitables. El espectador desea que el “héroe” salga victorioso pero la agonía acompaña después de los títulos de crédito. Sabes cómo va a seguir, te anticipas a su final y sientes lástima imaginando un contexto diferente para el desarrollo del joven. Qué hubiera sido de él fuera de la prisión. Preguntas que siempre quedarán sin respuesta. Una cosa es segura, las pesadillas le acompañarán hasta el final de sus días.

Cabe preguntarse si las prisiones son la mejor solución ante el problema del crimen. Algo debe fallar cuando la solución no hace sino agravar el problema. Un debate que se antoja vital para el futuro de los países cuyos líderes defienden en los parlamentos el cumplimiento de los derechos humanos en todas las partes del mundo.

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