Entre lo divino y lo porcino

Tomothy Spall como “el pintor de la luz”.

Mr. Turner (2014), de Mike Leigh

Por Ángeles García

Considerado como el gran maestro del paisajismo inglés, Joseph Mallord William Turner (Londres, 1775-1851), es el pintor que mejor ha sabido adentrarse en las tempestades de la naturaleza y depurarlas hasta convertirlas en visiones abstractas, precursoras de la modernidad artística. Artista precoz (empezó con solo 13 años), apasionado, polémico y siempre genial, consiguió el reconocimiento de sus contemporáneos aunque siempre desestimó enriquecerse con su arte.

Ha sido otro inglés, Mike Leigh (Lancashire, 1943), autor habitual de magistrales retratos de gente corriente (Secretos y mentiras, Todo o nada, El secreto de Vera Drake) quien se ha atrevido a filmar la vida de Turner durante sus últimos 25 años de vida. La película arranca presentándonos a ese Turner (insuperable Timothy Spall) ya adentrado en años y kilos, que pasea dando puntapiés entre los puestos de un abigarrado mercado de carnes y verduras en alguna ciudad portuaria que bien podría ser holandesa, una de las muchas a las que solía desplazarse para encontrar nuevos paisajes. Turner es un hombre antipático y de gesto ceñudo, bajito y grueso, que desconoce la delicadeza. A lo largo de las dos horas y media de metraje, se le oyen más gruñidos que palabras. Los agudos problemas respiratorios que padeció desde joven y su carácter poco afable, hacen que se exprese más como un porcino que como un hombre.

El retrato que Leigh compone del artista no es un ejemplo de bondad, ni siquiera de humanidad. Solo su padre (Paul Jesson), un antiguo viejo barbero que le ayuda en su estudio, recibe algún gesto de afecto. El resto, empezando por su ex mujer y sus hijas, absoluto desprecio. Con la criada (Dorothy Atkinson) mantiene una relación tan brutal que lo mismo la sodomiza mientras ella realiza sus labores que le lanza a la cara un caldo para que mejore su estado. Reconocido desde joven por las élites sociales y culturales, vemos a Mr Turner cómo se relaciona con sus colegas en las sesiones de la Royal Academy. Cínico y tramposo, mira con desprecio el trabajo de Costable, la versión más amable del paisajista inglés. Solo hay algo que le desagrada más que el entorno y es el desprecio que la joven reina Victoria manifiesta por sus paisajes.

Con una fotografía y ambientación perfectas, hay una escena en la que, para mí, el viejo Turner podría ser un personaje del Scorsese más sórdido. Ocurre después de unas compras de cabezas de cerdo en el mercado tras la que vemos al padre afeitar con todo esmero la cabeza del animal. Después, el antiguo barbero, apura con igual atención la barba del feo rostro de su hijo. Finalmente, vemos a ambos degustar extasiados la carrillada del animal ante la atenta mirada de su criada, eterna enamorada del artista.

Miserias personales aparte, la película tiene el mérito de adentrar al espectador en las telas de la obra de Turner. Con la misma impiedad con la que vive, lucha para capturar el momento más violento de las tormentas y plasmarlas en el cuadro tal cual las ve. En una de las escenas más memorables de la cinta, vemos a Turner haciéndose atar al palo de una embarcación para adentrarse en la tempestad. Necesita vivir el oleaje desde dentro para retratarlo con toda su crudeza. No le importa que su bronconeumonía sea cada vez más insoportable. La imagen tiene una fuerza desgarradora mientras le oímos musitar (o gruñir) que está buscando la luz.Y es que la luz es para él su dios, el principio ordenador del mundo. Sus paisajes están en esos lienzos y acuarelas que estos días baten récords en las subastas y a los que la Tate Britain dedica estos días una exposición memorable, los que convirtieron a Turner en uno de los maestros más importantes de toda la historia del Arte.

El Mr. Turner de Mike Leigh nos presenta a un personaje que está entre lo divino y lo porcino. Una película importante que nadie debe perderse.

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