En el profundo Sur

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Crítica

La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez

Por Claudia Lorenzo

Es un buen año para el cine español. Si la elección de las tres candidatas a los premios Óscar no era suficiente para demostrar calidad (10.000 km, Vivir es fácil con los ojos cerrados y El Niño, todas películas con buenas características para competir), la apertura de la Sección Oficial del Festival de cine de San Sebastián, a cargo de Alberto Rodríguez y su nueva obra, La isla mínima, ha acabado por definirlo.

Ya en Grupo 7, Rodríguez situaba una buena historia de suspense en un lugar y un momento concretos que le daban profundidad y gravedad a lo mostrado. En su nuevo filme repite con esa buena costumbre, localizando el misterio de dos jóvenes desaparecidas en las marismas del Guadalquivir en septiembre de 1980, un momento en el que España, como repiten muchos personajes, “ya no es el país que era”. La transición, con minúscula igual que con mayúscula, que vivió el ciudadano de a pie para adaptarse a un tiempo nuevo es el fondo de un thriller que ya muchos comparan con True Detective pero que tiene un toque mucho más nacional y auténtico que muchos de los monólogos de Matthew McConaughey.

Pedro (Raúl Arévalo), un policía rebelde que escribe una carta a un periódico criticando la actuación de un miembro de la Guardia Civil, es expedientado y enviado, junto a Juan (Javier Gutiérrez), a un pueblo de las marismas sevillanas a resolver la desaparición de Estrella y Carmen, hijas adolescentes de un matrimonio de la zona (Antonio de la Torre y Nerea Barros). El caso inicial se transforma en algo cada vez más serio, según pasan los días, y Pedro y Juan ven cómo el entorno influye y condiciona la resolución del misterio.

Thriller al más puro estilo de la palabra, sin pistas falsas ni trucos para engañar al espectador, La isla mínima, igual que una de las películas con las que se la ha comparado, la argentina El secreto de sus ojos, guarda mucha más sustancia en el contexto, en lo que no se cuenta pero se ve de aquella España que se asomaba a la democracia a principios de los 80 y que aún tendría que vivir un golpe de Estado. Rodríguez, igual que Daniel Monzón hace poco más de un mes con El Niño, ha logrado escribir, en colaboración con Rafael Cobos en el primer caso y Jorge Guerricaecheverría en el segundo, una película de género con un guión de hierro que, además, no podría ser igual en otra parte del mundo, ni por el trasfondo de las huelgas de jornaleros en La isla… ni por el tráfico de drogas en el Estrecho de El Niño. Dice Rodríguez que en épocas duras afloran los filmes oscuros, como el cine más noir de la depresión americana o la proliferación de asesinatos e involucrados corruptos que vemos hoy en día en cines y librerías. Si una verdad se digiere mejor con un buen argumento, que nos los den todos.

A partir de unos documentales editados en 1981 sobre la Transición, que transmitían la confusión del momento, y fotografías del sevillano Atín Aya del paisaje después retratado en la gran pantalla, Rodríguez y Cobos elaboran una historia con la sordidez propia de los crímenes que se cometen contra las mujeres – igual que en The Equalizer- y con el suspense necesario para dejar que la pareja de policías, uno con fama de torturador franquista y otro que va de buenazo pero que muchas veces deja hacer, vaya desgranando poco a poco qué ocurre en el profundo sur español y cuántos niveles de autoridad están corrompidos por un caso lleno de crueldad. Tanto Arévalo como Gutiérrez bordan sus personajes y la química existente, o inexistente, entre una unión tan poco apropiada. Aparece como Quini “el guapo”, Jesús Castro, también conocido como El Niño, un joven actor que, a medida que deja suelto el desparpajo andaluz que necesita en ambos papeles, se crece como intérprete, con aún mucho camino por recorrer pero con presencia en dos de las películas más importantes del año.

La isla mínima sienta las bases para una Sección Oficial competitiva. Si la primera película vista se lleva algún premio, sería merecido.

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