En el comienzo…

Hamlette

Hamlette

Por Claudia Lorenzo

En el Fringe hay que elegir en qué espacios ver las obras de teatro. Ciertos lugares tienen más prestigio que otros: Assembly, Gilded Ballroom, Assembly Rooms, Underbelly, Summerhall… Son los más amplios, y muchos de ellos concentran los espectáculos más potentes.

Después están las miles y miles de alternativas que la ciudad ofrece, los bares, hoteles, cafeterías, iglesias… Esos locales son más desconocidos pero están llenos de gente con ilusión por hacer obras de teatro y por ser vistos. Entre esas compañías de aficionados me encontré yo esta semana.

Dentro del Fringe hay una sección denominada American High School Theater Festival (Festival de teatro de institutos americanos). Gracias a ella, muchos adolescentes que participan en programas dramáticos en sus centros de estudio yanquis pueden venir al ojo del huracán y ser testigo y parte del mismo. Uno de los institutos, Pearl City High School, procedente de Hawaii, escenificó una adaptación de “Hamlet” en 30 minutos y con protagonista femenino, en el Church Hill Theater. El resultado, “Hamlette”, obra de teatro interpretada por cuatro chicas en la que se cuenta la historia de la “princesa” de Dinamarca. Ser, o no ser mujer, ésa es la cuestión. Haciendo una parodia de la misma (¿y quién no se ha reído alguna vez de “Hamlet”?), las chicas mezclan algunos puntos con gracia con otros que tienen menos, y ofrecen una rendija para que los mayores podamos ver el mundo con perspectiva adolescente. Porque si quinceañeras poblaban el escenario, la media de edad del público era prácticamente la misma, y ambas partes lo pasaron igual de bien en la puesta en escena.

Tras terminar de contarnos la historia con uno de los baños de sangre más clásicos de la literatura, las chicas nos instaron a quedarnos e hicieron una demostración de baile tradicional hawaiiano, pidiendo incluso la participación del público. Ay, los asistentes tan jóvenes, qué vergüenza y risas pasaron. De vez en cuando, llena de ternura ver esas edades tan raras que todos tuvimos e intentamos olvidar.

En la otra punta de la ciudad, en la parroquia de Stockbridge, el grupo de teatro amateur Carpe Diem ponía en pie el musical “Bothwell’s Bride”, sobre los últimos meses del reinado de María Estuardo.

La monarca, contemporánea de Elizabeth, es una figura legendaria en la historia de Escocia. Reinó durante 25 años, aunque en los primeros 18 hubo varias regencias en su nombre, se casó con el heredero francés y fue reina del país galo durante año y medio, hasta que su marido murió. Volvió a Escocia a gobernar, se casó con su primo quien, ansioso por acaparar más y más poder, participó en diferentes complots para derrocarla, y acabo viuda una vez más, tras morir él, probablemente asesinado a manos de un grupo de nobles que querían evitar sus conspiraciones. Entonces, en un giro sorprendente, María se casó en terceras nupcias con el Bothwell del título, acusado del asesinato del marido número dos pero absuelto por falta de pruebas. Este matrimonio causó un escándalo tal en Escocia que María fue obligada a abdicar en su hijo, un niño por aquella época. La otrora reina buscó refugio en Inglaterra, pero Elizabeth, que siempre se había sentido amenazada por esta mujer que muchos decían era la heredera real al trono inglés, la condenó a arresto domiciliario en diferentes castillos. El arresto acabó cuando se descubrieron unas cartas que involucraban a María en una conspiración para echar a Elizabeth del trono. Condenada a muerte, como muchos otros, murió decapitada.

Aunque la figura de María sobrevuela la obra, es Bothwell el protagonista. La historia, que se centra en este hombre y su esposa, aquella de la que se divorció quince días antes de casarse con María, se presenta en forma de canciones que en ocasiones dicen mucho del sentir de los personajes, y en otros casos, a pesar de ser números bonitos, suponen una ruptura del estado de ánimo en el que deberíamos estar. La Asociación nacional de teatro y ópera, formada por actores y cantantes amateurs, es la encargada de poner en pie el texto y a la música. En el escenario, aficionados y amantes de la interpretación se dan las réplicas, unos mejor, otros peor, pero todos ilusionados.

Salirse del circuito Fringe habitual para ser testigo de la energía de los adolescentes y del amor al teatro de los aficionados es un movimiento curioso, y parece que una da vueltas en una órbita completamente distinta. Sin embargo, de vez en cuando merece la pena acordarse de por qué un evento como el Fringe existe en primer lugar. Y es, simplemente, gracias a los amantes del escenario.