En el calor del verano

LABOR DAY

Crítica

Una vida en tres días (2013), de Jason Reitman

Por Claudia Lorenzo

La primera vez que leí El gran Gatsby, centrada en la historia de amor, no terminé muy convencida de su genialidad. Años después volví a la novela con otra perspectiva y mi interés aumentó hasta convertirse en pura adoración. Es complicado comprender por qué Gatsby idolatra a Daisy si uno simplemente se fija en eso, porque el argumento es mucho más oscuro y porque Daisy, después de todo, nos llega a través de innumerables filtros, tanto el de Nick Carraway como el del propio Gatsby. No podemos amarla como él porque nunca acabamos de conocerla.

Pensé en la lejana Daisy poco después de salir del cine de ver Una vida en tres días, no sólo porque Tobey Maguire pasa por ahí y cuenta lo ocurrido en ambas, sino porque el personaje de Josh Brolin, Frank, tiene un “problema” parecido. Las comillas indican que Scott Fitzgerald no tiene interés en desvelarnos a la Daisy real, sino que pretende trascender el romance y contar una épica americana, mientras que la última película de Jason Reitman, basada en una novela de Joyce Maynard, se queda en eso, un cortejo entre dos personajes, uno de los cuales resulta indescifrable.

Labor Day, título original de Una vida en tres días y festividad norteamericana que corresponde al primer lunes de septiembre, marca el fin del verano y el inicio del curso escolar. Para Henry (Gatling Griffith), a punto de iniciarse en séptimo grado, es sólo un caluroso fin de semana más en el que tiene que cuidar de su madre, Adele (Kate Winslet), deprimida y agorafóbica, incapaz de salir de casa más que una vez al mes, y abandonada por su exmarido, ahora felizmente arrejuntado con la secretaria –primer cliché pero no último-. Todo cambia cuando Frank (Josh Brolin), presidiario, se escapa del hospital tras una operación de apendicitis y acaba “secuestrando” a esta inusual pareja para que le resguarden en su casa hasta la noche. Como Frank es un convicto bueno, a pesar de estar en la cárcel por asesinato, enseguida se gana el corazón de madre e hijo y se convierte en el marido y padre que tanto anhelaban tener.

Es cierto que las comparaciones son odiosas pero no es menos cierto que en muchos casos son inevitables. El tórrido fin de semana de Adele y Frank recuerda, por momentos, a aquel que viven Francesca y Robert Kincaid entre los puentes del condado de Madison en la muy superior obra de Clint Eastwood. La comparación, como la de Gatsby, es pertinente pero no del todo exacta. Al contrario que en la historia de Francesca, en la película que nos ocupa la narración pertenece al niño y su punto de vista condiciona el nuestro. Menos en el último tercio del filme en el que, por alguna razón que se me escapa, Jason Reitman decide hacernos partícipes de esa maravillosa charla entre Fran y Adele en la que él dice “he venido a salvarte” en un alarde de sutileza, vivimos ajenos a todo lo que no sucede delante del crío, para nuestra desgracia. Tal vez si Reitman hubiese cambiado el punto de vista más a menudo y nos hubiese mostrado otras charlas entre la pareja, hubiésemos entendido qué hace que se atraigan mutuamente, además de la soledad común o de lo guapos que son los dos. Sin embargo elige que permanezcamos, como Henry, extraños a la profundidad de la historia de amor que se supone el centro de la trama.

Sin embargo, sí que vivimos el otro romance, una suerte de relación paterno-filial que surge entre Henry y Frank y que sorprende por su convencionalismo y la vagancia de sus concreciones. Kate Winslet se ha juntado con personajes que de tan buenos daban asco, como el Jack Dawson de Titanic, así que no debería provocarnos recochineo lo maravilloso que resulta ser Frank (si obviamos el asesinato). Pero Jack Dawson por lo menos se reía de algunos ricos y se enfadaba ante determinadas situaciones. Frank parece un ángel (de cartón piedra) bajado del cielo y, además, con unas cualidades extremadamente comunes, como si a la escritora o al guionista les hubiese dado pereza definirlo a través de detalles más específicos y únicos: es un manitas que arregla la casa entera y cambia las ruedas al coche (y enseña al niño a hacer lo propio por si en algún momento ha de impresionar a una chica, Dios nos libre de que enseñe a Adele, la conductora de la familia, a ensuciarse las manos), cocina tartas de melocotón (en una escena demasiado larga, metafórica y ridícula), escucha atentamente cuando le hablan, sabe jugar al béisbol, es simpático con los vecinos y, por la pinta, es un buen amante. Una pena que hasta el tercer día nadie le sugiera que se dé una ducha y se cambie de ropa, porque se gana la colada a pulso. La irrealidad de su figura se ve exacerbada por la bondad exagerada de su pasado pre-cárcel, y la revelación de cómo pagó injustamente por una serie de catastróficas desdichas. Es la concepción de Frank como alguien a quien adorar, sin claroscuros, lo que derriba un drama tan intenso y que deja tan pocas concesiones, además de la poco sutil definición en él del hombre “hombre” necesario para mantener una casa y hacer feliz a una mujer. No hay ningún momento en el que Frank pierda el control, no hay discusiones entre él y Adele, no hay cabreos por los errores cometidos… Es todo tan plácido y trágico que resulta antidramático y algo indignante.

La participación de Kate Winslet en la película es casi igual de incomprensible que la de Reitman. Winslet se ha labrado una carrera encarnando a mujeres independientes que querían sobreponerse a las circunstancias y decidir sobre su propio destino, ya fuese en la mencionada Titanic, en Revolutionary Road, en ¡Olvídate de mí! o en The Holiday. En todas ellas, las relaciones amorosas son un impulso a la voluntad de cambio ya intrínseca al personaje, no la totalidad del objetivo. Adele no sólo renuncia a todo tras la depresión, sino que cuando Frank llega, supuestamente a salvarla, su antigua pasión o su contagiosa alegría, mencionadas por su exmarido como las cualidades que ella tenía antes de desmoronarse, siguen sin hacer acto de presencia. Frank no la salva como Jack Dawson salvaba a la Rose de Titanic, sacando lo mejor de ella, aquello que la hacía única en el pasado y que puede regenerarla. Frank la salva proporcionándole una nueva persona en la que apoyarse. Adele nunca se convierte en un ser humano completo por ella misma, como confirma la última frase de la película, sino que es constantemente dependiente de otros. El único cambio es que ese “otro” pasa a ser Frank en vez de su hijo. La carencia de profundidad en el personaje de Frank pone de manifiesto la carencia de profundidad en el de Adele; ambos, como la secretaria con la que se fuga el padre de Henry, son puros clichés de una historia húmeda sobre un largo y cálido verano.

Y que el hombre que nos trajo a Juno o a la Mavis Gary de Young Adult se haya conformado con dibujar así a los personajes –uno culpa al material original sólo hasta cierto punto-, es una decepción sólo salvable por las imágenes que recibimos de la pantalla, un consuelo ínfimo pero que nos recuerda esos veranos americanos que tantas veces hemos vivido en pantalla grande y que tantas otras satisfacciones nos han proporcionado.

http://www.youtube.com/watch?v=vLZ8nRHD4vs