El silencio y el mar

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Crítica

Cuando todo está perdido (2013), de J. C. Chandor

Por Claudia Lorenzo

Como asturiana que soy – como costera también, que nos pasa a muchos más que los cantábricos-, mi amor por el mar se mezcla con el respeto que le tengo habiéndolo visto en acción. Siendo uno de los fenómenos naturales más impredecibles de nuestro tiempo, sus embestidas y reacciones nos pillan tan de sorpresa que muchas veces acaban en disgusto. Por eso, aunque también me gustan, vivo con angustia las películas que tienen al mar como enemigo número uno, las historias de aquellos que se quedan perdidos en la inmensidad del océano sin nada más que hacer que pelear. En ocasiones, si tienen compañía, la desgracia se torna en aventura y no hay más vueltas que darle. Pero hay otros momentos en los que el agobio es casi insoportable.

Cuando todo está perdido es la segunda película de J. C. Chandor, premiado director de Margin Call. En ella seguimos a “nuestro hombre”, un Robert Redford al que por fin se le ven los años que tiene – y a mucha honra-, y que sufre una faena marítima tras otra, empezando por el choque de su velero con un contenedor de ropa abandonado en el agua y siguiendo por interminables tormentas que hacen que el iceberg de Titanic parezca un santo bendito. Mientras todo esto sucede, Robert, que está sólo, no habla. Es decir, si Enterrado era una obra maestra de qué hacer con un señor quieto en un ataúd para no aburrir al personal, Cuando todo está perdido es el equivalente con un señor que sí que se mueve pero que no tiene tigre en la barca con el que interactuar. Chandor pone a prueba la paciencia y el aguante del espectador en un filme interesantísimo pero que se pasa de duración algo más de lo necesario.

En él, Robert Redford vuelve a demostrar que además de cabeza visible del mayor festival de cine independiente del mundo, es un actorazo. Por bello, Redford, igual que antes su querido Paul Newman o después su sucesor Brad Pitt, ha tenido que probar constantemente su valía como intérprete. Chandor le encarga la tarea de mantener una obra en pie sólo con su presencia. Y a pesar de que, como algunas críticas dicen, se limita a hacer lo que cualquier marinero capacitado haría en su situación – o eso parece-, lo hace muy bien. Ya desde el comienzo, mete el piloto automático de la supervivencia que todos tenemos dentro y que no nos permite regodearnos en nuestros infortunios si tenemos que hacer cosas más prácticas como tapar el agujero que le han hecho al barco, o intentar no volcar. En esos momentos de lucha es cuando descubres lo poco que Chadnor y Reford dejan ver del personaje, las sutilezas que nos desvela. Porque como todo buen manual de guión dice, para descifrar la personalidad de un protagonista, no le pones a hablar, le haces que actúe. Los estados por los que Redford pasa te sumergen por completo en la historia y, dentro de lo que cuesta empatizar con alguien a quien no llegas a conocer, consiguen que sientas su pesar. La música de Alex Ebert, inexplicablemente ausente de las nominaciones a los Óscar a pesar de su triunfo en los Globos de Oro, se convierte en la respuesta a nuestra necesidad de comunicación, estableciendo un constante y mágico diálogo con Redford.

Sin embargo, si para el espectador el océano es un lugar de temor o angustia, esta película deja de ser una aventura minimalista y se convierte en un sufrimiento. Porque su realidad es mucho más accesible que el pavor que nos produce perdernos en el espacio como Sandra Bullock en Gravity. Por eso, tal vez la gente con alto respeto al agua en cantidades industriales debería abstenerse de verla. Ya lo digo, Chadnor no da tregua y pone a prueba nuestra paciencia alargándola un cuarto de hora, o media hora, más de lo necesario – algo que Cuarón no hacía-. Se requiere aguante.

Decía Redford con muy mala uva en la presentación de la nueva edición de Sundance, cuando le preguntaron por su ausencia entre los nominados al Óscar a mejor actor este año, que la culpa había sido de la distribuidora que no había puesto la película a disposición del público. Sin embargo, y a pesar de que él hace una gran interpretación, es comprensible que la audiencia, frente a ver una historia con un título tan pesimista como éste, se inclinase por Bruce Dern, Christian Bale, Leonardo DiCaprio o las más duras caracterizaciones de Matthew McConaughey y Chiwetel Ejiofor. Redford, como abanderado del cine más minorista, debería ser consciente de dos cosas. Una, que atraer a la gente a las salas a ver Cuando todo está perdido no es tan fácil, a pesar del valor que tiene su rodaje y su trabajo. Y dos, que tampoco importa, que las películas que como experiencia merecen la pena acaban encontrando su público, aunque sea sin premios de la Academia.

Pero reitero, mejor abstenerse si uno le tiene aprensión al océano.