El secretismo de la transparencia

Julian Assange en "WE STEAL SECRETS: THE STORY OF WIKILEAKS", de Alex Gibney.  Photo Credit: Focus World

Julian Assange en “WE STEAL SECRETS: THE STORY OF WIKILEAKS”, de Alex Gibney.
Photo Credit: Focus World

Crítica

“We Steal Secrets: the Story of Wikileaks” (2013), Alex Gibney

Por Claudia Lorenzo

Están los dramas y luego las tragedias griegas. La historia que nos muestra “We Steal Secrets” parece más cercana al último caso que al primero. Y es que, en aras de la libertad de expresión, tenemos al mártir endiosado Julian Assange, al protagonista condenado, desde mucho antes de su aparición en los medios, al ostracismo, Bradley Manning, y al Judas que vive día a día con la culpa que le generó desvelar la identidad de aquel que filtró miles de documentos de datos a la web, Adrian Lamo.

Alrededor de ellos, Alex Gibney (director de “Freakonomics” en 2010, o “Enron: the Smartest Guys in the Room” en 2005) reconstruye el nacimiento, desarrollo y probable caída de Wikileaks y de su cabeza pensante, el hoy atechado en la embajada londinense de Ecuador, Julian Assange. Con testimonios de antiguos colaboradores, transcripciones de las charlas privadas entre Manning y Lamo y entrevistas a una de las dos mujeres que denunciaron a Assange por abuso en Suecia, el espectro que presenta la película es tremendamente amplio y, en ocasiones, cronológicamente muy confuso.

Repasemos los hechos rápidamente. Wikileaks, página web dedicada a la transparencia, filtra en 2010 miles de documentos que afectan profundamente a las relaciones internacionales estadounidenses, documentos relacionados con las guerras de Irak y Afganistán, pero también cables sobre sus relaciones diplomáticas con otros estados. Se descubre que Bradley Manning, un soldado del ejército estadounidense con acceso a los documentos, es el autor de las filtraciones. Cuando digo “se descubre” me refiero a que Manning, un joven confuso sobre su propia identidad pero que alegaba problemas de conciencia a la hora de seguir haciendo lo que hacía en su trabajo una vez fue consciente de ello, le da estos datos al pirata informático Adrian Lamo, confiando en él y haciéndole partícipe de muchos de sus secretos. Lamo, sobrepasado por la responsabilidad o temeroso de resultar cómplice, delata a Manning a las autoridades, que le detienen y le someten a un trato vergonzoso (celdas de aislamiento, torturas). A día de hoy, Manning sigue en prisión pendiente de ser juzgado por delito de traición.

Julian Assange, mientras tanto, fue denunciado en Suecia por dos mujeres que le acusaron de haber tenido relaciones sexuales con ellas sin permiso y sin condón. No está en busca y captura para su detención, sino para su interrogatorio. Sin embargo, su decisión personal de quedarse en Londres primero y de pedir asilo a Ecuador después, por miedo a ser extraditado a Estados Unidos desde Suecia (cosa que más de un abogado sueco ya dijo que no se podría hacer), le ha condenado al arresto domiciliario en la embajada, Garzón mediante.

Uno de sus colaboradores, un joven creyente en la teoría de la transparencia que Wikileaks promulgaba en sus primeros años, menciona que el propio Assange decidió no separar su cruzada personal contra la justicia (por delitos sexuales, que no se olvide) de la cruzada de su empresa contra el secretismo institucional. El trato que muchos seguidores del llamado profeta les han dado a las mujeres que le denunciaron da, sinceramente, asco.

Ahora, con el caso Snowden copando páginas y páginas de periódicos, es un buen momento para hablar de Wikileaks y su cabeza pensante, un hombre paranoico y tremendamente ególatra, que facilitó una plataforma para que otros hiciesen el trabajo sucio. Se llamen Edward Snowden o se llamen Bradley Manning. La voluntad de Assange de colocarse en primera línea de cualquier acontecimiento, a pesar de no haber dado palo al agua en él, le convierte en un personaje hipnótico.

“We Steal Secrets” es, como mencioné al principio, una película llena de datos, fechas y testimonios que tiene un problema cronológico que hace que la información aparezca mucho más mezclada de lo que debería estar. Sin embargo, el ascenso y caída de Assange está ampliamente explorado, rehuyendo las ganas de alzarlo como un héroe pero aceptando su éxito y la valentía de sus primeros ideales, aquellos que inspiraron a muchos y que, a la larga, le alienaron del resto de la humanidad.

Podría ser la historia de Manning o de Assange, podría ser la historia de la página web que los unió. Sin embargo, es la historia de un mundo que se posiciona constantemente en un blanco y negro, que define a aquellos que filtran secretos como héroes o traidores, y a aquellos que defienden la necesidad de los secretos como fascistas o protectores de la humanidad. En todos casos, al final la reflexión ideal sería pensar en qué nivel de grises queremos estar. Porque yo estoy segura de que hay muchas cosas de nuestros gobiernos que deberían ser transparentes, pero no de que todas deban serlo. Igualmente, creo que filtrar 400.000 documentos sin mirar por ellos no es filtrar, sino dar un puñetazo en la mesa sin pensar en si la mesa resistirá. La reflexión final sobre la soledad del chivato es estremecedora.

Snowden es el ejemplo de la ética de la transparencia llevado a la responsabilidad consciente de no poner en peligro a nadie a la hora de filtrar. Las ganas de Estados Unidos de echarle el lazo deberían ser proporcionales a la admiración que su acción causa en el mundo. Dicho esto, una ya ve los tentáculos de Assange moviéndose a su alrededor, deseando frotarse con este nuevo Buda de la transparencia. Que no nos engañe.