El presente

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Crítica

El pasado (2013), de Asghar Farhadi

Por Claudia Lorenzo

En uno de esos giros del destino, dos años después de su triunfo, los logros del filme que arrasó en los Óscar han quedado bastante olvidados. El artista nunca fue una película destinada a pasar a la posteridad, sino a homenajear la nostalgia, y ese homenaje estaba muy bien hecho. Logró, sin embargo, que nos fijásemos en dos franceses interesantes: Jean Dujardin, el hombre del rostro cincelado incapaz de hablar inglés pero expresivo hasta la médula, y Bérénice Bejo, razón de todos los males del protagonista y, a la vez, luz en la oscuridad. La película de Michel Hazanavicius ha acabado colocándose en la estantería en la que muchas galardonadas duermen, la de blufs de temporada de premios. Afortunadamente, no ha ocurrido lo mismo con Dujardin y Bejo.

Ese mismo año de premios, sin embargo, Asghar Farhadi sí que dejó su nombre impreso en la historia gracias a Nader y Simin, una separación, que se llevó el galardón a Mejor película extranjera y bien podía haberse llevado otro puñado de estatuillas. La historia del matrimonio que se enfrentaba a dos opciones, la de una vida mejor para su hija fuera de Irán o la de una vida mejor para el abuelo dentro del país, no estaba exenta de humor, en algunos casos negro, y ese detalle dotaba de mayor maestría al producto final.

El pasado, presentada en Cannes 2013, combina la experiencia de Farhadi tras las cámaras con la presencia de Bérénice Bejo frente a ellas. Ambas no pueden evitar, sin embargo, el tedio que provoca que el drama se alargue más tiempo del necesario.

Ahmad (Ali Mosaffa) es un hombre iraní que regresa a Francia después de cuatro años para formalizar su divorcio con Marie Anne (Bejo). Una vez en París, descubre que la relación entre su mujer y la hija mayor de ésta, Lucie (Pauline Burlet), se ha ido deteriorando progresivamente desde que la madre rehízo su vida junto a Samir (Tahar Rahim). La mecánica de las relaciones en la casa, en donde viven también la hija pequeña, Léa (Jeanne Jestin) y el crío de Samir, Fouad (Elyes Aguis) deja tanto que desear que acaba arrastrando a Ahmad hacia su epicentro, instándole a que averigüe qué ocurrió en el pasado del título para que la situación sea tan complicada hoy en día.

Si hay algo que decir de la dirección de Farhadi es que sabe escoger a sus actores y dirigirlos con primor. Bejo ha recibido alabanzas de todo tipo (y premio de interpretación en el festival francés) por encarnar las dudas de una mujer que se debate entre la felicidad que cree merecerse y las circunstancias que no dejan de ponerle obstáculos. Pero la labor de Mosaffa y Rahim (visto éste último en Un profeta y Perder la razón) tampoco se queda atrás, encarnando fielmente, cada uno a su manera, el personaje de hombre bueno que no encuentra forma de resolver los problemas que le han venido dados. Ahmad es el exmarido que conoce a su exmujer, a las niñas, que sabe dónde pinchar, sobre qué discutir y cómo tratar de solucionar los problemas con honradez. Samir es un tipo que se resiste a creer en la bondad de su situación actual, alguien que ve cómo su alrededor pone impedimentos cada vez mayores para que él viva feliz con Marie.

Quizá lo más sorprendente de la cinta sea, sin embargo, el trabajo de Pauline Burlet y Elyes Aguis. Burlet es una jovencísima Marion Cotillard, con tanto parecido a la actriz francesa que encarnó a la pequeña Edith Piaf en La vie en rose. Su actuación es impecable, mezcla la tontería propia de todo adolescente con el sufrimiento verdadero de quien se siente culpable, para desembocar en una púber a la que habría que encerrar en el cuarto con siete llaves por inconsciente pero que acaba pidiendo a gritos un abrazo de arrepentimiento. Aguis, con su mirada pícara, honesta y triste, encarna al ser más inocente de toda la cinta, el que lo sufre todo y no comprende nada – hasta que lo hace, y duele-. No es un personaje ni una interpretación que pretendan, como en el caso de Burlet, caer bien al espectador, sino mostrarse como son. Aguis lo consigue con una escena en el metro que es, en sí misma, el alma de la película.

La historia, que va desvelándose poco a poco, hipnotiza al espectador gracias a sus actores, a los que uno podría seguir viendo días enteros, pero se ve perjudicada por un ritmo demasiado lento y, en ocasiones, repetitivo. El segundo acto se habría beneficiado de alguna elipsis y la historia no hubiese perdido dramatismo ni profundidad si le hubiesen quitado treinta minutos de metraje.

Aún así, es de agradecer que cineastas como Farhadi sigan haciendo dramas sobre hechos en apariencia pequeños que dejan huella en aquellos que los viven. El pasado es una película con un eje trágico central y claro que, sin embargo, se nutre de detalles. El detalle forma al personaje, y el personaje es quien hace que la historia atrape.

https://www.youtube.com/watch?v=QH-N9TL2f7U