El Padrino

Brando

EL PADRINO| Una crítica del sistema americano

Por Jesús Ceberio

Como ocurre con las grandes cosechas de vino, la valoración de El Padrino (1972) mejora con el paso de los años. Recién cumplidos los 40, no hay lista de las diez mejores películas de la historia que no la incluya, sea por votación popular o de especialistas. Algunos críticos la han tachado, quizá con razón, de excesivamente academicista, poco innovadora, pero incluso ellos no han dudado en apreciar su belleza formal y su tremenda fuerza dramática. Si el propósito del cine es atrapar al espectador y sumergirlo de principio a fin en la historia que se narra en la pantalla, Francis Ford Coppola consiguió con The Godfather una obra maestra.

Nada lo presagiaba durante los preparativos del film. El mítico productor independiente de Paramount Robert Evans había comprado a finales de los 60, por un precio ridículo (12.500 dólares), los derechos cinematográficos de una novela de Mario Puzo aún no publicada, que llevaba el título tentativo de “Mafia” y que  poco después se convertiría en best seller bajo la cabecera “El Padrino”. El cine de mafiosos había registrado algún fracaso reciente, por lo que Paramount desconfiaba del proyecto y se inclinaba por producir una película de bajo coste, a la que finalmente asignó un millón de dólares que se elevarían a seis al término del film.

 Prueba de Robert de Niro como Sonny

Concluida la liturgia, aún le queda un doble ajuste de cuentas, con el ex socio de su padre Tessio y con su cuñado Carlo Rizzi. Su hermana Connie le acusa de ser un monstruo y de haber esperado a la muerte de su padre para matar a su marido. Kay Adams asiste a la escena aterrada y le pregunta si la acusación es cierta. Tras un arranque de ira le dice que no, con una mirada de hielo difícil de olvidar. El último plano registra el besamanos del nuevo padrino que Kay observa a distancia hasta que uno de los lugartenientes cierra la puerta del despacho.

El joven Michael Corleone, al que su padre quería convertir en senador, gobernador o, quién sabe, algo más, asume la herencia paterna como una obligación inexorable tras el asesinato de su hermano Santino. Antes había tenido que huir a Sicilia tras ejecutar personalmente a un capitán de la policía y al mafioso Sollozzo, involucrados en el atentado contra su padre. El código de honor de la familia le habría obligado a apelar al crimen para defenderse cuando incluso la policía conspiraba contra ellos.

La película recibió numerosas críticas por la ambigüedad moral de un relato cuyos protagonistas, a los que rodea cierto halo heroico de ópera trágica, no eran sino los patriarcas de una banda criminal. El primer principio del Código Hays decía: “No se autorizará ningún film que pueda rebajar el nivel moral de los espectadores; nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal, el pecado”. Por fortuna para los amantes del cine, el Código Hays había sido derogado cinco años antes y de hecho los estudios lo venían sorteando ya desde finales de los 50.

La Academia de Cine concedió a El Padrino el oscar a la mejor película de 1972, pero premió como mejor director a Bob Fosse, que había dirigido Cabaret, la gran triunfadora de ese año. Coppola hubo de conformarse con el oscar de mejor guión adaptado, compartido con Mario Puzo. Brando rechazaría el de mejor actor y envió en su lugar a una actriz estadounidense de origen indio para expresar su rechazo por los sucesos de Wounded Knee. Luis Buñuel obtendría ese mismo año el oscar a la mejor película de habla no inglesa por “El discreto encanto de la burguesía”.

Habrían de pasar dos años más para que Hollywood se rindiese al fin ante el virtuosismo de Coppola con la segunda parte de El Padrino, que obtendría seis oscars (mejor película, mejor dirección, mejor actor de reparto para Robert de Niro, mejor guión adaptado, mejor banda de música, mejor dirección artística). Nunca antes una segunda parte había obtenido el máximo premio de la Academia, al que curiosamente optaba también otro film de Coppola: La conversación( 1974).

Prueba de Al Pacino para El Padrino

El Padrino II cierra el ciclo basado en la obra original de Mario Puzo y se desarrolla como una doble historia, con un Robert de Niro que interpreta al Vito Corleone joven (finales de los años 20) que sienta en el Bronx las bases de su territorio y un Al Pacino maduro (finales de los 50) que amplía el imperio heredado de su padre con un reforzado instinto sanguinario. El último plano, en el que aparece Al Pacino tras los cristales de su casa del lago Tahoe, mientras suena un disparo seco con el que su guardaespaldas Al Neri acaba de matar a su hermano Fredo, resulta imposible de olvidar.

La saga se cerraría con una tercera entrega (1990) dirigida por Coppola y con guión compartido también con Mario Puzo, aunque en este caso no había una novela en la que basarse. La película muestra a un Michael Corleone prematuramente envejecido, con una salud precaria por la diabetes, que ha blanqueado sus negocios y que a base de cuantiosos donativos consigue la más alta condecoración vaticana. Sin ningún rigor histórico, la narración concentra en el año 1979 hechos como la extraña muerte del papa Juan Pablo I (ocurrida en 1978) y el escándalo del Banco Ambrosiano (1981-82).  El rehabilitado Michael se ve arrastrado nuevamente a la violencia y el asesinato en una guerra financiera con el Vaticano.

Al igual que en el primer film de la saga, El Padrino III desemboca en una vibrante secuencia de 25 minutos en la que asistimos simultáneamente a la representación de “Cavalleria rusticana” en la ópera de Palermo, protagonizada por su hijo Anthony, mientras sus últimos lugartenientes ajustan cuentas con los banqueros vaticanos. A falta de la densidad narrativa de las dos primeras entregas, este padrino tardío deja en la memoria el plano agónico de un Pacino que durante segundos angustiosos permanece con la boca abierta, en las escaleras de la ópera de Palermo, antes de exhalar un grito atroz tras el asesinato de su hija Mary.

Al margen de los altibajos de calidad que los críticos aprecian en los distintos episodios, El Padrino ha dejado una huella imborrable en la historia del cine. Decenas de directores le han rendido homenaje en sus películas, con citas más o menos explícitas. Hay un auténtico rosario de frases que ya forman parte del lenguaje popular en diversos idiomas: “No es personal, solo negocio”, “me rompiste el corazón”, “le haré una oferta que no podrá rechazar”.  La banda sonora de Nino Rota permanece en la memoria colectiva 40 años después. Pero más allá de la belleza formal, incluso académica, de este clásico del cine sobrevive la feroz crítica que hace Coppola del sistema americano, donde la Mafia encuentra amparo en la corrupción de senadores, jueces y policías. 

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