El otro precio de la droga

Crítica

The House I Live In (2012), de Eugene Jarecki

Por Claudia Lorenzo

En 2012 Sundance parió una cantidad de documentales de excepcional calidad que será imposible de superar. “How to Survive a Plague”, “The Invisible War”, “Chasing Ice”, “Ai Weiwei”, “Marina Abramovic”, entre otros, competían en la categoría de mejor documental. Eugene Jarecki, galardonado anteriormente por “Why We Fight,” se llevó el gato al agua con “The House I Live In”, documental duro e intenso sobre la “guerra contra las drogas” que Richard Nixon declaró en América en 1971, una política que consume más y más recursos cada año sin éxito ninguno.

“The House I Live In”, otra de las joyas documentales del Atlántida Film Fest de Filmin, junto a “Stories We Tell” o “Los invisibles” (por mencionar sólo los que he visto), sigue los pasos de la niñera de Jarecki, una mujer afroamericana cuya familia se ha visto diezmada por las drogas y por la lucha gubernamental contra ellas. Ella nos sirve de hilo conductor entre decenas de testimonios de empleados del sistema judicial, convictos, celadores, familiares y periodistas (las declaraciones de David Simon, creador de “The Wire”, son de lo mejorcito) que pretenden demostrar que hay algo mal planteado en esa declaración de guerra.

Eugene, hermano de Andrew Jarecki (director de “Todas las cosas buenas”, también en el Atlántida), se pierde, a la hora de desarrollar la tesis, en las afirmaciones de muchos de sus invitados, recuperando el pulso en un final que, o convence de que las medidas que se están tomando son erróneas, o aleja al espectador totalmente de la visión planteada. Un poco confuso en su parte intermedia, el documental peca de querer abarcar mucho sin un orden lógico.

Lo que merece la pena, y lo que mantiene al espectador atento e indignado, son la cantidad de datos estadísticos abominables -el aumento de presos en las cárceles, los mínimos exigidos en las condenas, las clases más afectadas- y las consecuencias directas que estos tienen en la población, datos que, aunque la dejan a una un poco mareada tras las dos horas de documental, también justifican el hecho de que el tema merezca el tiempo empleado.

Sorprende que el propio Nixon pretendiese dedicar dos tercios del presupuesto de la “guerra” a rehabilitación, y un tercio a combatirla. Como pueden imaginar, estos porcentajes se intercambiaron a medida que cada nuevo presidente llegaba a la Casa Blanca.