Entrevista con Nacho Ruiz Capillas

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‘El montaje se fragua con los actores en el diálogo’

Por Christian De González

Nacho Ruiz Capillas, montador de cine, ganador de un Premio Goya por Los otros y con varias nominaciones a sus espaldas, es uno de los técnicos españoles más reputados en su campo. Ha realizado el montaje de películas como Noviembre, La lengua de las mariposas, El bola, Nadie conoce a nadie, Los lunes al sol o Azuloscurocasinegro. Nos recibe en su casa de Madrid para hablar de su trabajo, un trabajo que a menudo pasa desapercibido para el gran público y que resulta imprescindible.

La Crítica: ¿Cómo empezaste en el mundo del montaje?

Tuve la suerte de trabajar para una serie de cortos que producía Elías Querejeta en los años ochenta. El proyecto se llamaba 7 huellas y estaba dirigido por gente joven. Entré en el equipo de montaje y finalmente yo mismo monté tres de los cortos. Ya había trabajado como meritorio en una película americana de serie Z, pero aún no tenía pulida la técnica y aquello fue mucho mejor que una escuela. Además trabajaba con Querejeta que en ese momento, y creo que a día de hoy, ha sido el productor más importante que ha tenido España.

Y de ahí a Fernando León de Aranoa…

Con Fernando León la primera que hice fue Familia y hasta la fecha he hecho todas sus películas.

¿Lo medios fueron muy arcaicos?

En realidad no. Familia acabó teniendo mucho éxito. La producía Querejeta y una de las cosas que tenía es que siempre procuraba que tuviésemos buenos medios. Podíamos pasarnos seis meses haciendo la película hasta que consiguiésemos el mejor resultado. De hecho, ha sido el único productor que yo he visto capaz de repetir un rodaje porque no le gustaba.

¿Eres de esos montadores que gusta estar en los rodajes?

En realidad no, porque no es mi medio. Hay rodajes en los que se requiere al montador, aunque luego normalmente no tienen mucho tiempo para ti. Me da igual trabajar en mi oficina que en un hotel. Pero no soy muy asiduo a los rodajes.

¿Cómo es trabajar de manera tan íntima, al final, con el director de una película?

Los rodajes son como colegios mayores: relaciones muy intensas que duran unas semanas y durante muchas horas, y el que menos disfruta de eso es precisamente el director. Donde más disfruta de su trabajo creo que es en el montaje, es donde menos presionado está. Es ahí donde el director empieza a jugar con su película. Normalmente acabo haciéndome amigo de los directores, amistades duraderas, salvo raras excepciones.

¿Con alguno has disfrutado especialmente?

Cualquier respuesta que diese políticamente correcta no sería creída. En realidad te adaptas al director. Lo que sí sucede es que si estás haciendo un drama social lo que más te va a apetecer después es que te llamen para una comedia. En este caso verdaderamente en la variedad está el gusto. Y normalmente me sucede. Tengo la suerte de tener un trabajo en el que no me aburro. Lo que hace divertido este trabajo es que los proyectos vayan cambiando.

Ganaste el Goya con Los Otros. ¿Es cierto que Amenábar quiso hacer toda la película en contrapicado?

(Ríe) A mi no me llego nada de eso. Quizá tendría la idea, pero toda la película sería una locura. Lo desestimarían, imagino. Supongo que algún contrapicado hay porque es muy de ese género. Es posible que tuviese esa idea al principio. Desde luego él no me dijo nada al respecto.

¿Y Ágora? Es la película más grande, en todos los sentidos, a la que te has enfrentado ¿Fue difícil?

Todos teníamos una conciencia de estrés en esa película porque era la más cara hasta la fecha del cine español. Estábamos presionados por eso. Pero al final son ocho horas delante del ordenador y te olvidas de lo demás, de que es una película sobre Alejandría con mil extras. En el fondo el mecanismo no varía. En mi opinión, donde se fragua el montaje es con los actores, en el diálogo, por mucho que se ponga el ojo en la acción. La acción es relativamente fácil. Está muy bien cubierta y al final usas lo que más impacta. Es divertido. Es en los diálogos, en promover y resaltar emociones, medir los tiempos… donde está el pico y la pala. Como editor ahora eso es lo que me interesa mucho más que la espectacularidad, que sí me gustaba mucho al principio.

¿Todo el trabajo lo realizas siempre en post-producción o hay excepciones?

Normalmente hago un pre- montaje mientras se está filmando. Ese trabajo no tiene otra intención que comprobar que todo está correcto y que el resultado funciona. Un monstruo sin intención. El trabajo realmente empieza con el director. Ahí él te hace cambiar la idea que tú tenías, o viceversa. Se desarrolla y consigues la narración. Lo demás son esbozos.

¿Se siguen haciendo volcados?

Bueno, es que todo ahora mismo está digitalizado. Se suele hacer un transfer con el archivo para todo lo que necesites. Ahora cada película es ya un disco duro.

¿Alguna película ha sido infernal?

Por supuesto que sí, pero no daré nombres. He tenido suerte y no he sufrido mucho en general. Normalmente me lo he pasado bien.

¿Los documentales te resultan más complejos?

De alguna manera sí. Para empezar es un trabajo que se hace sobre todo por amor. Hay que entrar con fuerza, es un montaje muy sacrificado. Es necesario ver muchísimas horas de material. Lleva mucho más tiempo. No tener hilo narrativo lo complica. El guión se hace en el montaje. Es casi un trabajo periodístico para mí, sobre todo en los trabajos sociales o políticos.

Tu abuelo fue un técnico importante.

Mi abuelo pertenece a la tradición cinematográfica española. Se inició como cameraman de guerra para el bando mal llamado nacional y cubrió la guerra para la propaganda franquista, junto con algunos reporteros de la revista alemana “Signal” y con el reputado director español Edgar Neville (que por la época era de los que coqueteó con Hollywood en las versiones españolas). Acabada la guerra y ya con Franco de dictador se dedicó al cine de verdad, aprendiendo el oficio de director de fotografía de un exiliado judío alemán que se llamaba Enrique Guerner. Imagino que en realidad su nombre sería algo más parecido a Heinrich Gaertner pero se lo castellanizaron. Posteriormente estuvo muy vinculado a los grandes estudios de la época (Sevilla films, Cea y Bronston) siendo segundo operador en muchas producciones americanas, donde también llegó a trabajar mi madre como script, como por ejemplo en 55 días en Pekín. Era un cine que se rodaba en España debido al bajo coste de un país arruinado que favorecía en mucho a los americanos. En los años 60 ese tipo de cine de estudio empezó a desaparecer y con él mi abuelo, así que pasó a TVE donde muchos años se dedicó a iluminar dramáticos y otros programas.

A pesar de tantas nominaciones, no eres precisamente un seguidor de los premios Goya.

Los Goya son una cosa que se inventa la industria española para parecerse a Hollywood. Y me parece genial. Lo que no me parece tan bien es que nos lo creamos, al menos los que estamos dentro del medio. Yo no puedo porque me nominen o me den un Goya creerme mejor o peor que otro compañero. Recuerdo la primera gala que todo el mundo estaba muy avergonzado y al subir a recibirlo apenas daban un escueto “gracias”. Creo que lo hemos convertido en un espectáculo que se nos ha ido de las manos.