El mal del tango

“Yo no sé qué  me han hecho tus ojos” (2003), de Lorena Muñoz y Sergio Wolf

Por Ana Vidal Egea

En las películas y documentales sucede como en los libros; a veces prima el estilo, la técnica, y otras la historia es lo suficientemente sobresaliente como para que eso colme. Este documental está hecho con escasos medios (a veces se echa de menos hasta el trípode) pero tiene el encanto de una película casera de guión inquietante. el placer perturbador de lo imperfecto. Mi amiga, la cantante Flor Zabala, está preparando su próximo show de tangos, y mientras investigaba tratando de rescatar viejas joyas, dio con este documental que se estrenó en el 2003 y está dirigido y escrito por Lorena Muñoz y Sergio Wolf.

Ada Falcón en 1932

Ada Falcón en 1932

La cinta gira en torno al misterio que envolvió  los últimos años de la vida de Ada Falcón (1905-2002), una de las cantantes de tango más sobresalientes de todos los tiempos. En Argentina la llamaban “la emperatriz del tango”. Tenía una belleza inusual, de la que destacaba su pelo negrísimo y el color verde de sus ojos, que aunque no puede apreciarse en las fotografías en blanco y negro de aquel tiempo, transmiten su incandescencia. Fue niña prodigio, y desde mediados de los años veinte hasta finales de los treinta vivió convertida en un mito erótico de la época, participó en tres películas y se convirtió en una auténtica diva. Actuaba como tal, rodeada de excentricidades; se rumorea que hasta se secaba el pelo al viento, conduciendo su descapotable.

Pero como sucede en tantas ocasiones, se enamoró del hombre equivocado; en este caso se trataba de Francisco Canaro. Violinista, compositor y director de orquesta uruguayo, Canaro tenía 41 años cuando quedó prendido de Ada (que tenía sólo 24), y compuso en su honor el célebre tango “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”.  Mantuvieron un apasionado idilio que duró más de diez años, un secreto a voces puesto que él estaba casado. Canaro espiaba celoso cómo los multiples pretendientes, entre ellos Carlos Gardel, trataban de seducir a su amante, pero sin embargo, mientras estaba con Ada mantuvo muchas relaciones paralelas con otras muchas mujeres y nunca se planteó llegar a divorciarse de su mujer (quién en una ocasión amenazó a Ada con una pistola).

Pienso en mujeres fuertes caracterizadas por su inteligencia, en eternas amantes, cuya vida completa estuvo condicionada por éste factor; Elizabeth Smart, Edith Piaf, Katherine Kepburn. Y siendo amante la persona que ama (aunque esto no necesariamente trascienda al aspecto sexual) podemos incluir a Emily Dickinson. Pienso en ellas tratando de domar el dolor. En este grupo se incluye Ada Falcón, una mujer con talento, dinero, juventud y éxito, que sobrevivió a dos guerras mundiales y a una revolución y que sin embargo, no pudo sobreponerse a la disolución del que había sido el amor más importante de su vida. “Ada podría ser una heroína romántica pero con una diferencia que la hace interesante: siempre se mostró antisentimental. Nunca admitió ese gran amor que marcó toda su vida”, afirma Sergio Wolf.

Después de varios fracasos al intentar reconducir su relación con Canaro, la relación se rompe de forma definitiva, (como el tirón último de un elástico) y es en 1942, cuando Ada Falcón decide también terminar con su carrera artística. Su vida cambia de forma radical.

Renunció al lujo, donó todas sus posesiones a la beneficencia y acompañada de su madre, se recluyó en un pequeño pueblo de Córdoba cuyo nombre parece una broma pesada; “Salsipuedes”.  Allí decidió entregarse a la vida mística. Fueron muchos los empresarios que la tentaron con volver a la escena musical, pero ella siempre se negó y nunca más se la escuchó cantar en público. Los habitantes del pueblo afirman que la veían siempre con la cabeza cubierta con un pañuelo y con enormes gafas de sol: Ada se había prometido que ningún hombre volvería a ver lo que más admiraban de ella; su pelo, sus ojos. Cuando su madre murió, se refugió en un convento franciscano donde permaneció hasta el final de sus días, recibiendo sólo dos visitas en quince años.

Es una historia demencial, pura vida, un ejemplo de cómo a veces una persona, una acción mal asimilada, o una idea errónea nos marcan de forma rotunda y sin vuelta atrás. De cómo diez años sacuden una vida de más de noventa. Nos alertan del peligro de los sentimientos cuando la emoción equivocada perdura demasiado.

Los documentalistas van en busca de la anciana, la encuentran, y con ellos, los espectadores hurgamos entre su lucidez y su olvido, tratando de entender lo que la empujó a esconderse para siempre del mundo. Esperando que no se acaben las tomas, deseando quedarnos más tiempo con ella, acompañarla, abrazarla.

El documental puede verse aquí: