El horror, el horror

Jake Gyllenhaal y Hugh Jackman en "Prisioneros"

Jake Gyllenhaal y Hugh Jackman en “Prisioneros”

Crítica

“Prisioneros” (2013), de Denis Villeneuve

Por Claudia Lorenzo

Aaron Guzikowski. Que luego se nos llena la boca con el (magnífico) trabajo de Denis Villeneuve y nos olvidamos de los cimientos de la historia. Y estos se deben al guión que Guzikowski escribió, que cayó en las manos de la productora Kira Davis, que la espantó tanto, con su aproximación a la oscuridad, que ella se vio incapaz de rodarlo, que llegó a ojos de Villeneuve, al cual le ocurrió un tanto de lo mismo, que leyó Hugh Jackman y quiso interpretar inmediatamente. Un guión que acabó convenciéndolos a todos con su calidad. “Prisioneros” nace, como las grandes películas, de una escritura de hierro.

Y podríamos analizar el esqueleto argumental, los giros, la complejidad de los personajes, el dibujo de una comunidad podrida; podríamos destripar la historia y dejar el armazón, y técnicamente veríamos que es perfecto, sólido y perenne. Un thriller de los de antes. Pero lo interesante de la historia que nos plantea “Prisioneros” no es tanto la resolución de un caso, el de dos niñas que desaparecen el día de Acción de Gracias, como la exploración de la oscuridad, del bien y del mal. En un estilo parecido al de la serie de televisión “The Killing” y su original danés “Forbrydelsen”, esta película analiza el entorno del crimen tanto como el hecho en sí mismo. Los dos puntos de vista entre los que se mueve la narración son los de Hugh Jackman, que interpreta al padre de una de las niñas secuestradas, y Jake Gyllenhaal, detective encargado del caso. Con motivos diferentes pero mismo objetivo realizan búsquedas paralelas que satisfagan su necesidad de respuestas. No sólo estos dos componen el reparto: Maria Bello, Viola Davis, Terrence Howard, Melissa Leo y Paul Dano les acompañan en un cartel de campanillas. Dano se encarga de interpretar a Alex, uno de los primeros sospechosos descartados cuya liberación desata las iras de las familias. El descenso al infierno del personaje de Hugh Jackman es tan interesante como intentar desentrañar el puzzle que plantean las pistas recabadas por la policía.

Denis Villeneuve es un tipo interesante. Con “Incendies” en 2010 llamó la atención de crítica y público, y acabó nominado al Óscar a la Mejor Película de habla no inglesa. En San Sebastián, como días antes en Toronto, presentó a competición la semana pasada “Enemy”, también protagonizada por Gyllenhaal, y ayer se vino con “Prisioneros” debajo del brazo para arropar al segundo Premio Donostia de este año (siendo el primero Carmen Maura), Hugh Jackman.

Villeneuve se adivina como uno de los grandes directores a seguir, si no lo es ya. Hemos hablado de lo importante que son los cimientos en la película. Hablemos de lo esencial que es tener una cabeza pensante con criterio. Como dijo en la rueda de prensa, él se dio cuenta de que no tenía que hacer un gran trabajo sentando la bases del género, los elementos del misterio ya estaban presentes, pero sí que se necesitaba un pulso dramático para dirigir a los personajes. Y es en su tratamiento de la historia, su uso de la cámara, del ambiente, de los grises visuales y también emocionales, lo que eleva la película y transforma un solvente thriller en un drama maestro. El frío y la lluvia nos hielan los huesos en el patio de butacas mientras todo el elenco camina en una dirección, la de darle entidad a unos personajes que muevan la historia hacia delante, bien sea la madre colgada de los calmantes o la tía angustiada por las sospechas que caen sobre su sobrino. La tensión no da respiro y las dos horas y media que dura la película son necesarias y amenas.

Hugh Jackman y Villeneuve presentaron la película acompañando al premio Donostia, pero “Prisioneros” fue capaz de erigirse como una entidad en sí misma que dejó a todos anonadados.

La llegada de Jackman, no obstante, recreó dignamente momentos de “Con él llegó el escándalo”. El australiano es encantador y, además, sabe serlo. Al analizar en profundidad su participación en la película que traía, no se ahorró ninguna reflexión. “Investigar para este papel ha sido lo más duro que he hecho nunca”, comentó. “Si creen que las situaciones que plantea la película son horribles, les digo que hay muchísimas peores en la realidad. Como padre eso te crea dudas. Yo quiero que mis hijos tengan cuidado, pero no que teman; quiero que exploren el mundo. (…) Creo que todos nosotros tenemos miedo colectivos, miedos que escondemos en el interior y cuya salida prohibimos. Sacarlos a la luz, como hace “Prisioneros”, es una experiencia catártica.”

Jackman se deshizo en elogios hacia sus compañeros de rodaje, tanto Gyllenhall como Paul Dano, con el cual protagoniza algunas de las escenas más duras del filme. “Denis me empujó a llegar ahí, a darlo todo. Pero no hubiese sido posible sin Paul, sin su generosidad. Cuando veo esas escenas me avergüenzo de lo cerca de hacerle daño que estuvimos, en cambio él no hizo ningún aspaviento, confió en mí y reaccionó a elementos improvisados sin exagerar.” Jackman valoró lo importante que es, cuando cuentas una historia como esa, no tener miedo a abrirse, a dejar salir los miedos.

Entre preguntas atiborradas de referencias a sus papeles anteriores, Jackman dio pistas sobre quién le había inspirado como actor: Gregory Peck. Como si Clooney dijese que le influye Cary Grant, en la persona del caballero Jackman se puede vislumbrar el parecido con el Peck más elegante, el de “Vacaciones en Roma”, pero también con el Peck noble, encarnando para la eternidad al Atticus Finch de “Matar a un ruiseñor”. Con más o menos éxito, Hugh Jackman ha sido Jean Valjean en “Les Miserables”, Robert Angier en “The Prestige”, Tomas en “La fuente de la vida” o el mismo Van Helsing en la película homónima. Sin embargo, el papel por el que pasará a la historia será el Lobezno de X-Men. Y, premio Donostia mediante, que un caballero de los de antes sea famoso por un superhéroe de los de ahora dice mucho del mundo en el que vivimos. Que Jackman pretenda trascender esa figura dice mucho de él.