El hambre de las máquinas

Tiempos modernos (1936), de Charles Chaplin

Por Rau García

Algún día tenían que echar el lazo al, nunca mejor dicho, resbaladizo Charlot los policías que siempre andaban persiguiéndole, igual que a los personajes a los que dieron vida sus compañeros Buster Keaton o Harold Lloyd, siempre escapando de disparatadas situaciones, entre ellas de la ley. Charlot, que en esta película es presentado como “un obrero”, no sólo es arrestado, sino que esta vez ingresa en prisión por liderar una manifestación, a los ojos ciegos de la justicia, claro. Siendo inocente, es acusado de comunista en la ficción, lo que recuerda irremediablemente a la asfixiante caza de brujas que sufriría unos años más tarde en la vida real. En Tiempos modernos Chaplin retrata una vez más la época que le tocó vivir, en este caso el contexto histórico es la Gran Depresión, pero los temas que trata siguen estando muy presentes en la actualidad, pues son temas que van unidos a las crisis económicas: los derechos de los trabajadores y la libertad de manifestación frente a la explotación laboral, el paro, incluso va más allá, la reinserción después de haber cumplido una condena en la cárcel, la pobreza, el sueño de una vida mejor… Unos sueños difícil de realizar, a pesar de que en el fondo estos personajes sólo aspiren a lo fundamental: tener una vida digna y ser felices, pues este sistema frena el progreso para ser más vulnerables y manipulables, empuja a vivir para trabajar y no al revés, a trabajar para otro y no para uno mismo.

Estos son los “tiempos modernos” a los que se refiere Chaplin, en los que se trabaja en alineación militar, prácticamente como robots. Chaplin estaba a favor del uso de las máquinas, si hacían más fácil el trabajo, pero no si convertían al obrero en una pieza más del engranaje. Es a lo que incitó inicialmente el estricto sistema “científico” de organización laboral denominado “taylorismo”, por Frederick Winslow Taylor, que priorizaban ante todo la producción masiva, reduciendo gastos a base de una severa dosificación de los tiempos de trabajo, descansos y comidas, todo ello estructurado en jerarquías y en la que influían factores como el miedo a perder el empleo si no se aceptaban las inflexibles condiciones por unas larguísimas jornadas de trabajo muy mal remuneradas, que a menudo les pasaba factura a la salud. Por otro lado estaba el “fordismo”, método de trabajo cuyo nombre se debe a Henry Ford, fundador de las primeras cadenas de montaje (en su empresa de fabricación de automóviles Ford Motor Company). De hecho, en Tiempos modernos, Chaplin compara la vida en la cárcel con la de las fabricas, y viene a decir que no hay mucha diferencia. Esta opresión nos hace recordar a la “Edad del Gran Hermano” que describe el visionario George Orwell en “1984”, novela escrita en 1948 que ha inspirado a tantos artistas.

Y el amor, cómo no, en medio de todo, como trama secundaria que va tomando más protagonismo a medida que avanza la película, con un amargo mensaje final de esperanza, mientras suena la versión instrumental de “Smile”, maravillosa canción compuesta por el cineasta, a la que añadirían letra John Turner y Geoffrey Parsons en 1954, que ha sido interpretada por Nat King Cole, Judy Garland o Michael Jackson, entre tantos otros. No era la primera vez que Chaplin cerraba así una película, caminando hacia el horizonte, pero esta vez sería especial. El de Tiempos modernos es uno de los finales más inolvidables de la historia del cine, de la mano de Paulette Goddard con la que se casó en secreto y compartió su vida durante nueve años. Ni su creador (y alter ego) lo sabía aún, pero esta sería la despedida de Charlot, aunque alguno de sus futuros personajes nos sigan recordando al él, en esencia.

Ante el secretismo del rodaje y la campaña para desprestigiar a Chaplin que algunos periodistas ejercían, muchos trataban de adivinar sobre qué iba a tratar su próxima película y lanzaban diferentes rumores en los medios de comunicación que se empeñaban en etiquetar a Chaplin de un lado u otro, ideológicamente hablando. Pero Tiempos Modernos no es propaganda política. En todo caso hace campaña a favor de la humanidad, está más cerca del cine social, aunque Chaplin siempre se distanció de cualquier insinuación, quizá para evitar problemas (hay quien ve en este personaje la intención de boicotear la fabrica). Pero su película habla por sí sola. La denuncia estaba camuflada bajo un aparentemente inofensivo y cada vez más sofisticado sentido del humor, que por los temas que toca, se convierte en una tragicomedia magistral. Chaplin reflexiona en Tiempos modernos sobre la peligrosa dirección que está tomando la absorbente revolución industrial y su repercusión en la sociedad, como colectivo, pero también como individuos, especialmente alarmante para la clase obrera. La metáfora del principio nos da una pista de por dónde van a ir los tiros en esta película: un rebaño de ovejas que funde con la salida del metro de una masa de personas que se dirige a sus trabajos “como borregos”, o como una fila de hormigas trabajadoras o de abejas productoras de miel…

Este anuncio producido por la marca Chevrolet llamado Triumph of America (1933), resume a la perfección los valores de esta época en Estados Unidos regida por el capitalismo, un espejo en el que hoy nos vemos nítidamente reflejados. Y a continuación los primeros minutos del documental: Humain, trop humain (1974), de Louis Malle y René Vautier sobre la fabricación en serie de coches Citroën:

Tiempos modernos se rodó cuando el cine sonoro ya llevaba unos años dando sus primeros pasos, pero Chaplin aún se resistía a introducirlo. Conserva en ella los clásicos intertítulos del cine mudo (sólo los necesarios), pero con algunos efectos sonoros y musicales de los que Chaplin tenía un don especial para sacar provecho, como ya demostró en Luces de la Ciudad (1931), y una sorpresa reservada para los últimos minutos: una tronchante canción, “Je cherche après Titine”, de Leo Daniderff, con sonido sincronizado, es decir, una de las primeras veces que se escuchaba en directo la voz de Chaplin/Charlot en pantalla. Esto hará que la mayoría de historiadores la consideren una película sonora, pero no hablada, pues se ve dialogar a los personajes, pero no se les escucha. Sin embargo fue promocionada en su estreno como su primera película hablada para que el público fuera a verla, aunque sólo hable (o cante, mejor dicho) un par de minutos. Una escena con grandes dosis de gesticulación, que al mismo tiempo hace alusión al gran paso que estaba apunto de dar, pues el personaje de Paulette Godard le dice haciendo señales al de Chaplin, que se mira la muñeca como si se mirara un reloj invisible: “¡Canta, no importan las palabras!”, para que hable a su público al que pide paciencia. Una inminente actuación que pone muy nervioso a Charlot, haciéndole caminar ridículamente hacia atrás, situación que intenta retrasar y de la que no sabe cómo escaparse. Algo que se puede extrapolar a lo que le estaba sucediendo a Charles Chaplin (cineasta y personaje se confunden). El joven invento del cine crecía a pasos de gigante, las películas mudas eran ya cosas del pasado, el público ahora demandaba películas habladas, también conocidas como “talkies”. El arte que tanto dominaba se le estaba revelando.

“De la noche a la mañana el cine se convirtió en una industria fría y seria. Los técnicos de sonido estaban renovando los estudios y construyendo complicados aparatos acústicos. Cámaras del tamaño de una habitación avanzaban por el escenario con un ruido sordo, como monstruos marinos. Se instalaron complicados equipos de radio, que contenían miles de cables eléctricos. Hombres ataviados como guerreros de Marte se sentaban con los auriculares puestos, mientras que los actores representaban con micrófonos suspendidos sobre ellos, como cañas de pescar. Todo aquello era muy complicado y deprimente. ¿Cómo se podía crear algo con toda aquella chatarra alrededor? Sólo el pensarlo me horrorizaba”, cuenta Charles Chaplin en su autobiografía.

Él sabía que era un riesgo hacer otra película así. La tecnología cinematográfica y Hollywood avanzaban deprisa y él se estaba quedando atrás en este sentido. Hasta las salas de cine tuvieron que adaptarse poco a poco e instalar equipos de altavoces. Pensaba firmemente que una película hablada, por buena que pudiera llegar a ser, no podría nunca superar la calidad artística de su pantomima, pues éstas se centraban en la palabra y la acción pasaba a ser secundaria. Incluso afectaba a la forma de interpretar, mucho menos expresiva, y los actores ya se estaban olvidando de cómo actuar en el cine mudo. Después de haber “obligado” a su personaje a cantar una canción, cuya letra Charlot no se sabe y se ve obligado a improvisar una sin sentido y mezclando francés con italiano, Chaplin se enfrentaba a un gran dilema: ¿cómo debía hablar Chalot?: ¿con monosílabos o simplemente musitar?, ¿o hablar normal? Su preocupación fue tan grande ante estos problemas que bloqueó su inspiración durante varios meses y llegó a plantearse, en un impulso que afortunadamente nunca llevó a cabo, dejarlo todo e irse a vivir a Hong Kong. Una etapa que significaría un antes y un después en su cine, pues su próxima película, cuatro años después, sería El gran dictador (1940), obra maestra en la que ya sí utilizaría el sonido para los diálogos también. La introducción del sonido en el cine dio trabajo a muchos profesionales técnicos, pero también fue el fin de muchas exitosas y largas carreras de actores y directores de la época que no supieron, pudieron y/o quisieron adaptarse a estos tiempos modernos. A Charles Chaplin le costó, pero finalmente lo consiguió. Sobre esta cuestión el cineasta italiano René Clair afirmó: “El cine hablado no es lo que nos asusta, sino el deplorable uso que nuestros industriales van a hacer de él”.

Tiempos modernos puede interpretarse también como una crítica al rumbo que estaba tomando Hollywood, cuna de la industria cinematográfica convertida en fabrica de películas que a menudo prioriza el éxito en taquilla antes que la calidad artística. Costó un millón y medio de dólares y se filmaron setenta y cinco mil metros de pelcula virgen. Se estrenó el 5 de febrero de 1936 en el Rivoli Theatre de Nueva York causando una gran expectación, pero con opiniones divididas, precisamente por la decisión de Chaplin de seguir apostando por el cine mudo en la era del sonido cinematográfico. Fue prohibida en Italia y en Alemania y censurada en la Unión Soviética, pues el cine, además de arte, entretenimiento y negocio, puede ser, entre otras cosas, un poderoso arma de propaganda, o un eficaz aliado para despertar conciencias, y esto no les interesaba a los gobernantes de esos países, a los que Chaplin daría una lección con su siguiente película, El gran dictador. De momento, en ésta los tiempos estaban dictados por el ritmo de las máquinas.

Pincha aquí para leer el artículo sobre el paralelismo existente entre Metropolis (1923), de Fritz Lang y ¡Viva la libertad! (1931), de René Clair, con Tiempos modernos (1936), de Charles Chaplin.