El espíritu de La Movida

TodosEstanMuertos3

Crítica

Todos están muertos (2014), de Beatriz Sanchís

Por Claudia Lorenzo

Hay algo en el rostro de Elena Anaya que transmite paz. Será eso que enamoró a la cámara mientras usaba un vibrador en Lucía y el sexo o cuando confesaba su identidad en el final de La piel que habito (uno de mis momentos favoritos del último cine español por exagerado y almodovariano), el caso es que Anaya sufre el síndrome DiCaprio y parece que en vez de hacerse mayor, rejuvenece con los años y es capaz de encarnar a una loca de la Movida en los 80 y a la misma persona, obsesionada con las tartas de manzana, en los 90.

Atacar la Movida, como atacar la Transición, es algo arriesgado en el cine español. Después de todo, son esos momentos en la historia de nuestro país que parecen no tener pegas pero que, al rascar un poco, descubren su horror. En Todos están muertos, sin embargo, no hay SIDA, no hay drogas, no hay más que amor libre y roto y música, el epicentro de la década. Música olvidada por muchos y recordada por pocos, y también arte, diversión y magia, mucha magia.

Lupe (Elena Anaya) es una madre soltera que ejerce de madre tanto como de soltera, es decir nada. Desde una tragedia vivida años atrás, se niega a salir de casa tanto como a ocuparse de su hijo, Pancho (Christian Bernal), un preadolescente tímido y encantador a cargo de la abuela Paquita (Angélica Aragón), inmigrante mexicana de armas tomar que descubre que sus cuidados van a llegar a un fin y que tiene que ponerle las pilas a su hija. Para ello convoca al espíritu de su hijo Diego (Nahuel Pérez Biscayart), causa de toda la tristeza de Lupe y antiguo líder, junto con su hermana, del exitoso grupo Groenlandia, únicamente recordado por unos pocos. Mientras tanto Pancho, un chaval que nunca encaja en ningún lado, consigue hacerse amigo de Víctor (Patrick Criado), un joven que lleva escuchando los discos de Groenlandia en su casa desde que tiene uso de razón.

Encajar un fantasma en una historia que pretende tener los pies en el suelo es algo arriesgado que, sin embargo, Beatriz Sanchís salva sin problemas. Al fin y al cabo, hablar con un espíritu que duerme en la bañera acaba siendo lo mismo que hablar con nadie en casa, como hablar sola. Y Lupe, un personaje antipático por roto al principio, necesita hablar. Ayuda mucho que Pérez Biscayart tenga esa mirada entre rota y cándida y esos ojos que dan ganas de abrazar a su personaje y decirle que nada irá mal. También ayuda que tanta fantasía se vea contrarrestada por el carácter que le imprime a su personaje Angélica Aragón, una madre y una abuela que ha sufrido su buena dosis de tristezas pero que no tiene tiempo ni ganas de seguir llorándolas, porque hay un niño en casa que necesita atención. Bernal logra que el público empatice con su historia y sus ganas de cambiar el destino de su madre, y también con su adoración por un Víctor que en ocasiones merece una colleja y al que, sin embargo, Patrick Criado dota de encanto adolescente, en ocasiones rebelde, en ocasiones caprichoso.

Es obviamente Elena Anaya, ganadora del premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga por esta película, la que inyecta a la película de corazón y energía. Energía perdida que se detecta en esos VHS del pasado en donde, entre música de sintetizadores y colores flúor, se la ve disfrutando como una enana de las canciones que componía su hermano y ella tocaba, energía que dedica a hacer tartas de manzana y energía que acaba empleando en sí misma y Diego, en intentar averiguar si es capaz de ser una persona completa sin ayuda de nadie.

Todos están muertos es una película con corazón, con espíritus con los que hay que convivir y con música de esa que tanto nos recuerda a los 80 españoles. Es, al fin y al cabo, el retrato encantador de una época con claroscuros que aquí se presenta como unos años que han sido idolatrados con algo de razón.