El drama desfigurado

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Crítica

Phoenix (2014), de Christian Petzold

Por Claudia Lorenzo

Siguiendo opiniones de la crítica internacional, y teniendo que seleccionar por narices películas dentro de esta Sección Oficial tan extensa y que, de momento, tan interesante parece, la alemana Phoenix, dirigida por Christian Petzold (Barbara), era una apuesta segura. Sin embargo, tanta certeza se desmoronó cuando pregunté a un compañero sobre ella y dijo “si te la crees, bien”.

¿Si te la crees? ¿Qué había que creer en la historia de una mujer que sale de un campo de concentración desfigurada, con la cara irreconocible – aparentemente-, el corazón roto y la sospecha campando a sus anchas? ¿Qué hay que creer de la interpretación de Nina Hoss, en permanente estado de confusión y amnesia emocional?

Pues mucho porque, efectivamente, Phoenix es un filme en el que hay que entrar de lleno. Quedarse al margen, observándolo todo a distancia, no vale. Nelly (Hoss) es una superviviente que vuelve al Berlín casi apocalíptico de después de la Segunda Guerra Mundial buscando un cirujano plástico que le reconstruya lo que el Holocausto machacó. El médico sugiere recrear una nueva cara sobre su rostro, una que nadie conozca, pero Nelly se aferra a la idea de su antiguo yo y pide volver a ser ella misma. Su amiga Lene (Nina Kunzendorf) intenta alejarla de su marido Johnny (Ronald Zehrfeld), alegando que él fue quien reveló su escondite a los nazis y que ahora sólo busca su herencia. Pero Nelly, locamente enamorada, comienza a pasear las calles nocturnas de la ciudad hasta que da con él y descubre, sorprendentemente, que él no es capaz de reconocerla. Sin embargo, en una segunda visita, Johnny observa su parecido con el de su antigua mujer y se decide a contratarla para hacerla pasar por ella misma y, efectivamente, cobrar el dinero.

La complejidad en la historia que nos transmite Phoenix, a pesar de la belleza estilística y sus interpretaciones, es la confusión que causa saber que nosotros somos capaces de ver en el nuevo rostro de Nelly, casi con exactitud, la mujer que fue, pero su propio marido es incapaz de hacerlo. Con muchas semejanzas a Vértigo, empezando por el cambio que Johnny pretende darle a la débil mujer llegada de los campos para asemejarla a su antigua y glamurosa pareja, cuando en aquella comprendíamos que la obsesión de Jimmy Stewart era el velo obvio que impedía que distinguiese a Kim Novak una y otra vez, aquí es confuso confiar en que un marido sea incapaz de reconocer a su mujer en otra que, como él bien dice, se parece a ella tanto que hasta tiene sus mismos ojos. Por supuesto, existe la opción de creer que él sabe quién es desde el principio y se ve incapaz de asimilarlo, pero no queda claro si esa ambigüedad viene dada por la necesidad del espectador de entenderlo todo o lógicamente por la intención del director.

Todo el drama y su requerido salto al vacío se compensan, sin embargo, con una ambientación y una atmósfera a cine de época bien hecho, la interpretación de su protagonista, que viene a postularse como una de las candidatas a Concha de Plata, e, indudablemente, por una escena final que tiene un poder y una carga emocional tal que cierra la película con broche de oro y deja mucho mejor sabor de boca que otros traspiés del resto del metraje. Phoenix tal vez no sea la perita en dulce que se anunciaba, pero sin duda nos ha dado el mejor cierre de historia de lo que va de festival.

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