El club de los cuatro (suicidas)

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Pierce Brosnan, Toni Collette, Imogen Potts y Aaron Paul en ‘Mejor otro día’

Crítica

Mejor otro día (2014), de Pascal Chaumeil

Por Claudia Lorenzo

Hay actores o actrices que hacen que ir al cine merezca la pena. Toni Collette es una de ellas. Da igual que haga un papel principal, secundario o cameo; desde su “momento Muriel”, Toni se ha revelado como una actriz capaz de encarnar a una mujer con múltiple personalidad (United States of Tara), una organizadora familiar nata (Pequeña Miss Sunshine) o una madre a punto del colapso (Un niño grande). Collette florece con los años y su interpretación de Maureen en Mejor otro día se beneficia de ello.

Sin embargo, al contrario que en las anteriores adaptaciones de Nick Hornby a la gran pantalla (especialmente Alta fidelidad y Un niño grande), Pascal Chaumeil (Llévame a la luna, Los seductores) y su guionista, Jack Thorne, son incapaces de encontrarle el tono a un argumento basado en la novela En picado. En ella, más o menos como en la película, Martin Sharp (Pierce Brosnan) es un presentador de televisión que lo ha perdido todo tras un escándalo sexual. La noche de fin de año decide encaramarse a uno de los edificios más altos de Londres y acabar con su vida tirándose de él. Con semejante plan tan poco preparado, Sharp no repara en que el 31 de diciembre es una de las fechas más comunes para cometer suicidios, y su tranquilidad en la azotea se ve interrumpida por Maureen, que pretende hacer lo propio, igual que más tarde intentan Jess (Imogen Poots) y J. J. (Aaron Paul). Lo que al principio Martin considera una invasión de su intimidad se acaba convirtiendo en una alianza. Los cuatro se prometen no intentar acabar con su vida antes de San Valentín. En esas semanas tendrán que enfrentarse a la prensa, a sus seres cercanos y, sobre todo, a sus demonios interiores.

Partiendo de la base de que se puede hacer comedia de todo, se puede hacer comedia del suicidio y de la situación hilarante – pero tremendamente posible- de que dos o más personas coincidan a la hora de finalizar su tiempo sobre la tierra. Sin embargo esa base sugiere al menos un principio de humor negro, que sí mantenía la novela, que puede acabar siendo un canto esperanzador a la vida y al amor pero que, para eso, necesita tener una dirección concreta y una evolución de la que Mejor otro día carece.

En cualquier clase de guión se aprende que el diálogo revela al personaje. Es decir, si Martin dice algo, esa frase a su vez dice algo de Martin. Es curioso cómo la película se empeña en cambiar de boca muchas de las frases de la novela (a todas luces tremendamente comprensible) sin percatarse que eso cambia al personaje, algo que es totalmente permisible en las adaptaciones pero que ha de hacerse con sentido y con conocimiento de qué implica ese cambio de diálogo.

“Necesitas un cerebro”, le dice J. J. a Martin en el último tercio del filme, dando a entender la superficialidad del carácter del personaje. Y es una frase que choca con lo que se ha mostrado de él. Martin es egocéntrico y cometió un error brutal con su vida, pero hasta el momento en el que J. J. lo revela como estúpido, y Brosnan pone por primera vez en la historia cara de tonto, la audiencia no sospecha que Martin no sea medianamente inteligente. De hecho la mayoría de las grandes decisiones de la película vienen de él, la planificación exhaustiva del suicidio, la confrontación con el padre de Jess, el trato que deben tener con la prensa, el viaje para conseguir huir de Inglaterra… La transmutación de James Bond en un tontolaba en un instante es un ejemplo muy concreto que revela uno de los grandes problemas de la película. Con tal de llegar a donde la historia quiere llegar, al optimismo que quiere transmitir, no importa sacrificar la identidad de los personajes que se nos han presentado hasta ahora.

Mantener al J.J. del libro, con su personalidad, dándole una historia completamente diferente, no funciona porque un personaje así no haría lo que su personaje hace en pantalla. Evadir, por ejemplo, las razones de la depresión de Maureen – cosa que no hace Hornby- no ayudan a su comprensión. Si el personaje, sus circunstancias y su forma de actuar se mantienen, pero se cambia algo tan básico como la “justificación” de un suicidio –justificación que puede ser polémica en algunos sectores políticamente correctos de la audiencia pero que no deja de ser entendible-, vacía de contenido lo narrado. Y dulcificar a Jess simplemente para que sirva como vehículo de una historia romántica, sin pensar en cómo afectan los cambios a su personalidad, denotan poca vista por parte del guionista y del director.

Mejor otro día es una película agradable, inofensiva, que puede verse sin problemas, pero que no entrega la comedia que promete porque no desarrolla suficiente la historia como para poner el dedo en la llaga de lo que es doloroso y divertido a la vez. Y que, sobre todo, desaprovecha vilmente a un gran plantel de actores que podían haber dado muchísimo más de sí. Alta fidelidad o Un niño grande siguen siendo opciones mucho más recomendables de las adaptaciones de Hornby a la gran pantalla.

https://www.youtube.com/watch?v=Bf2Rtq29ViM