El caos inherente al orden

Crítica

Enemy (2014), de Dennis Villeneuve

Por Pablo Álvarez

“Se le erizó el cabello y se desplomó exánime del horror que sentía. ¿Y cómo no? El Señor Goliadkin había reconocido enteramente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo, el propio Señor Goliadkin, otro Señor Goliadkin, pero absolutamente idéntico a él… En una palabra, su doble”. 

Extracto de “El Doble”, de Fiódor Dostoievski.

El mito del Doppelgänger, cuya traducción del alemán significa “el que camina al lado”, ha sido fuente de inspiración desde hace siglos para la creación de diversos relatos, generalmente enmarcados dentro del romanticismo literario del siglo XIX. La idea de la existencia de un gemelo cuyo aspecto exterior es indistinguible del nuestro, es algo que ha fascinado a numerosos autores como Andersen, Hoffman o Poe. El propio Jung explicaba su interpretación psicológica sobre la cuestión con un arquetipo al que denominó “sombra”, para determinar aquellos aspectos del inconsciente que no se reconocen como propios y que en último término, pueden adquirir cierta autonomía.

El argumento de la cinta que nos ocupa gira en torno a un hombre que un día descubre providencialmente que tiene un doble idéntico a él. A partir de ese momento hará todo lo posible por encontrarle.

Denis Villeneuve, cineasta de origen canadiense que llamó la atención internacionalmente con trabajos tan sobresalientes como Incendies (2010) o la más reciente Prisioneros (2013), afronta la tarea de llevar al cine la novela “El hombre duplicado” escrita por José Saramago, apoyándose en el libreto escrito por el guionista español Javier Gullón. El director amolda el argumento de la historia a su concepción personal de la misma, dando forma a un inquietante thriller psicológico en el que resuenan los ecos de Polanski, Hitchcock, Kubrick y Cronenberg. Villeneuve se sirve de recursos tales como la fotografía tenebrista de Nicolas Bolduc o la estridente música de Danny Bensi y Saunder Jurriaans, logrando una puesta en escena que transmite una constante sensación turbadora. Las localizaciones de Toronto por las que deambulan los personajes, casi siempre desiertas e impregnadas por una permanente luz amarillenta, o el uso de los tendidos eléctricos entrelazados que se asemejan a telas de araña,  conforman un escenario enrarecido que evidencia las propiedades metafóricas con la que están dotados todos los aspectos de la propuesta. La trama avanza de forma laberíntica, llevándonos por caminos por los que parece que van a desvelarse los secretos que encierra, para darnos de bruces con nuevos interrogantes. No obstante, pese a la aparente opacidad del relato, el director suministra constantemente las piezas del puzle que  lo constituyen, estimulando al propio espectador a que las junte simultáneamente al desarrollo de la historia.

La labor de Jake Gyllenhall en el doble papel protagonista, supone uno de los mayores aciertos de film, dando forma al que probablemente sea su mejor trabajo hasta la fecha. Por un lado interpreta a Adam, un profesor de universidad apocado que parece dejarse arrastrar por la monotonía del día a día, y por el otro Anthony, un actor de reparto cuya existencia parece estar impulsada por la satisfacción de todos sus deseos. Su interpretación resulta encomiable, logrando matizar suficientemente las diferencias entre ambos para que, paradójicamente, podamos distinguirlos en todo momento. Las actrices Mélanie Laurent y Sarah Gadon, dan vida convincentemente a las mujeres que acompañan a los dos personajes, cuyas características sirven para remarcar aún más las distintas concepciones de la vida que tiene cada uno de ellos. Curiosamente, el hecho de que ambas tengan el cabello rubio, supone un claro homenaje a Hitchcock y a su archisabida predilección por las actrices con ese color de pelo. Destaca también la breve presencia de Isabella Rosellini en una escena cuya importancia resulta determinante.

Enemy se presenta como una parábola sobre la pérdida de la identidad del hombre en la sociedad actual y la reafirmación de la misma, mientras se plantea el eterno dilema de escoger entre lo que se tiene y lo que se anhela. Una pesadilla kafkiana que atrapa al espectador durante todo el metraje, abierta a distintas interpretaciones que invitan a la reflexión posterior a su visionado, enriqueciendo la experiencia y prolongándola más allá de la sala de cine. Sin duda una de las películas más estimulantes estrenadas en los últimos años y una obra llamada a convertirse en clásico de culto.