El arca de la vida

NOAH

Crítica

Noé (2014), de Darren Aronofsky

Por Claudia Lorenzo

Fue en un curso temprano de la ESO en el que una de mis profesoras de ciencias, monja, recibió de sopetón, sin venir a cuento, la pregunta de cómo podía ella, religiosa de pro, enseñarnos la evolución de la especie y el Big Bang, cuando estaba claro que los católicos del mundo leían la Biblia y creían todo lo relatado en ella a pies juntillas. Mi profesora, muy socarrona ella, nos miró con cara de “Diosmíoaguantartodoslosañoslomismo” y nos dejó claro que una cosa eran las fábulas del libro sagrado, los cuentos, las parábolas, la forma que los creyentes han elegido para transmitir una serie de valores, enseñanzas y dogmas de fe, y otra la ciencia. La fe no está para ocupar el hueco de la ciencia sino, como un amigo lo puso, “los nichos” que deja. Durante siglos se acudió a la religión a recibir respuestas a las preguntas que nadie más podía solucionar de forma lógica. Una vez esas preguntas quedaron respondidas, la religión ocupó el lugar que siempre habría debido tener, el filosófico. El de los porqués.

Por esa monja y por mi confianza total en la razón de la mayoría de los católicos, no me cabe en la cabeza que Noé vaya a causar polémica más allá de en los cuatro grupos histéricos creacionistas que aún no se han enterado de que viven en el siglo XXI.

Noé, según la Biblia, es uno de los protagonistas del Antiguo Testamento, un hombre a quien le encargan una de esas tareas que sólo pueden explicarse teniendo mucha fe y santa paciencia: construir un arca en la que meter una pareja de animales (macho y hembra) de cada especie, además del mismo Noé, mujer, hijos y nueras, y esperar semanas dentro a que caiga el diluvio universal y se lleve de la Tierra a todo ser humano corrupto (y a todos los animales que, a pesar de ser buenos, mueren como el resto).

Adaptar cualquier pieza del Antiguo Testamento al cine requiere esfuerzo y mucho trabajo por dos razones concretas. La primera, a pesar de lo gordo que es el libro, no entra a explicar demasiado cada historia. Noé ocupa sólo tres capítulos y medio del Génesis, lo cual podrá parecer bastante pero es una miaja. A partir de ahí, es labor del guionista (Aronofski y Ari Handel en este caso) crear todo lo demás. Y la segunda, lo que suena plausible en la Biblia es, de repente, inverosímil en pantalla grande por una simple razón: los guiones son concretos, son exactos. Un guión no dice “El hombre lee un libro”, sino que define al hombre y da título al libro. La Biblia en cambio es una ristra de deus ex machina histriónica. Intentar responder a todas las preguntas que plantea un texto tan básico y a la vez tan complejo como el Génesis es arriesgado como guionista, elegir momentos en los que no hacerlo es arriesgado como director que busca la coherencia.

Es cierto que Aronofsky da solución, por ejemplo, a quiénes eran las nueras de Noé, de dónde venían, y por qué no pudieron salvar a sus familias. Estará mejor o peor traída la respuesta – el incesto sobrevuela peligrosamente la historia del repoblamiento de la Tierra y el “fructificad y multiplicáos”- pero es una de ellas. Es más discutible la necesidad de incluir al pie de la letra la referencia bíblica a los gigantes, sobre todo si la solución pasa por recordarnos demasiado a los encantadores Ents de Tolkien y Jackson. Hay detalles en el filme que exigen saltos de fe tan cualitativos que no merecen la pena. Precisamente porque hay grandes cuestiones sobre las que sí se debe reflexionar.

Noé es un producto atípico y confuso, tan pronto es un filme de catástrofes como una reinterpretación de las cuestiones esenciales de la vida. La primera mitad de la película, las charlas con el Creador, la construcción del Arca, las peleas humanas y, finalmente, las olas que cubren el mundo entero, apuntan a la versión Roland Emmerich del relato. Pero lo que hace de Noé algo interesante, a pesar de sus altibajos narrativos, es la segunda mitad, la reflexión sobre qué ocurre una vez la tierra se ha inundado.

Ahí Aronofsky se adentra peligrosamente pero con valor en la lógica de un fanático religioso. Todo lo que sabemos de Noé (interpretado por Russell Crowe) tiene sentido porque tenía fe, fe infinita en el Creador – la palabra Dios nunca se menciona-. Sin embargo esa fe infinita en que alguien dé respuestas con señales a nuestras preguntas mortales es altamente cuestionable. Esa adoración al que lo da todo por su religión, por su Creador, no se aleja de quien se inmola en un autobús y se lleva con él a otros veinte. Aronofsky plantea que recibir la llamada del Señor de esta forma y hacerle caso sin tener dudas es arriesgado porque, a la hora de someternos a la fe, podemos empezar a perder nuestra humanidad. La religiosidad que Aronofsky plantea es la de la ética, la que es complementaria a nuestros valores, no sustitutiva.

Noé pierde el norte de su historia y de su vida porque se entrega completamente a ese Creador que no le ofrece misericordia ni apoyo cuando ha de dejar que mueran miles de humanos, porque su tarea para con el Ser Superior le ciega. Ahí sirven de contrapunto las creencias terrenales del resto de los habitantes del Arca. Su mujer, a quien da brillo Jennifer Connelly (porque da brillo a todo lo que toca), sus hijos Seth y Cam (Douglas Booth y Logar Lerman), especialmente este último (que en el relato bíblico traerá otra vez la corrupción al mundo) y su hija-nuera Ila, a quien Emma Watson ha definido como un personaje con toques shakespearianos, son las nuevas voces de la religión, esas que tienen fe y también bondad, amor y compasión en su interior. Al colocarnos dentro del Arca, con la claustrofobia inherente a la situación, Aronofsky no idolatra a su héroe trágico, ése que ha de escuchar los gritos de aquellos que mueren fuera y que no debe hacer nada por evitarlo. La historia está llena de claroscuros, de dudas que surgen si el espectador se aleja de la trama religiosa y la mira con ojos escépticos.

A ratos algo pesada, a ratos interesante, Noé es una compleja reedición de una historia de siempre. Hay momentos muy acertados en su narración, especialmente aquel en el que el protagonista cuenta La Historia, el Génesis, mientras en la pantalla se proyectan imágenes del Big Bang y de la evolución celular de las especies, un poco al estilo de Mallick en El árbol de la vida – elegantemente, Aronofsky obvia el detalle, una y otra vez al mencionar el Paraíso, de lo pecadora que fue la mujer y lo libre de tentaciones que estaba el hombre, algo que las espectadoras hartas de escucharlo agradecemos -. A propósito de esto, es afortunada la reflexión que el filme propone sobre el medio ambiente y la responsabilidad humana para con nuestro entorno. Tristemente, el vegetarianismo de la familia – ¿o veganismo?- es demasiado machacón y en ocasiones recuerda a actualizaciones en Facebook de quien defiende su opción alimenticia llamando asesinos al resto.

Noé está destinada a polarizar a la crítica, al público y a las religiones. Gustará más o menos, pero es extremadamente interesante verla.