El amigo americano

Study for “Nighthawks” (1941 or 1942)/Courtesy Heirs of Josephine N. Hopper/Whitney Museum.

Study for “Nighthawks” (1941 or 1942)/Courtesy Heirs of Josephine N. Hopper/Whitney Museum.

 

Por Bernardi Roig

Lo fascinante de que el cielo siga siendo azul cada mañana, no es que sea azul, sino su falta de memoria de la negrura de la noche anterior. Así suele ser en las ciudades del medio oeste americano, ni muy grandes ni muy pequeñas, pero lo suficientemente anodinas que todavía pueden garantizar los acontecimientos. En las ciudades no hay más que problemas, dicen, unos más íntimos que otros, pero al fin y al cabo problemas.

El inmueble hace esquina, está situado en una pendiente no muy inclinada y a veces, sobretodo en verano, a la luz se le olvida doblar la esquina y se empotra de golpe contra el fondo dando una extraña sensación de plenitud. Es un edificio seco, de ladrillo rojo, tiene dos plantas y las ventanas no tienen cortinas.

La planta de abajo es un bar, el bar de Wanda, y en la planta de arriba se suelen alquilar habitaciones. Dos de ellas están ahora ocupadas pero Wanda no les cobra alquiler a sus inquilinos porque uno de ellos, el hombre que cojea, es todavía un fragmento de su propio pasado malherido, y el otro, se acaba de incorporar a la historia.

Delante del edificio hay un puente y la luz que domina la escena es una luz interior aunque solapada con la luz del día que está iniciando. Debe de haber alguna ventana abierta o semiabierta porque una ligera brisa da volumen a las palabras. Wanda, la dueña del bar, observa a Georgia desde el rellano de la escalera con las manos apoyadas en la barandilla, primero, y con la barbilla apoyada en las manos, después. Sabemos de su escepticismo porque lleva el pelo demasiado corto, como para ya no gustar a los hombres, y su único aliado es una montaña de recuerdos que por alguna razón están descuartizados. De hecho, ella ni siquiera está ahí, ni ha estado ahí nunca,seguramente porque no ha estado nunca en ninguna parte.

Georgia está de pie delante de la puerta semiabierta de su habitación, se acaba de despertar. Ha dormido mal y lleva el pelo alborotado. La bata semiabierta y algo  transparente nos dice que ahí hay abajo hay un cuerpo joven y hermoso que contiene una alma herida. La tristeza es su único consuelo y en su extremo inmovilismo su sombra queda serigrafiada en el suelo.

Wanda: ¿Sabes la verdadera razón de que abra mi local cada día por la mañana…?

…porque no hay mejor momento del día para ver salir el sol.

Fuera no llueve; pero si lloviese los coches, inexplicablemente, seguirían descapotados.

Georgia vuelve a su habitación, cierra la puerta y se sienta en la cama. Hay tanto espacio dentro de la habitación que casi no hay sitio para ella. Entones ve la carta sobre la mesilla de noche. La coge, la abre y la lee.

“Si mirásemos la boca de una mujer y no sus ojos nos engañaría mucho menos.

Date la vuelta y siempre estaré ahí”.

Obviamente ahí nunca habrá nadie. Ese ahí no es más que el sudario de nuestra soledad absoluta. Ese ahí ni siquiera es un lugar, o sea justo detrás de uno, sino el vacío que no deja de temblar a nuestro alrededor. Ese ahí  es como una gran nada, siempre seductora que acaricia los despojos de lo que ya no tiene posibilidad de ser amado. Es un ahí tramposo y por culpa de ese ahí uno permanece inmóvil durante toda la eternidad, sentado en el borde de la cama con una carta entre las manos en la que se te dice que ya no existes. Pero este no es el final de la historia, solo la parte de en medio. O la del principio, justo después de que alguien saliese de la cárcel por un crimen que cometió otro. O quien sabe…De lo que estamos seguros es que es sólo un fotograma, o dos, o tres, o varios, eso es difícil saberlo. Todo ha ocurrido antes y todo ocurrirá después. La escena desprende el aroma de un instante de tiempo congelado o, también, como si el telón se hubiera levantado y la representación todavía no hubiese empezado. Todo parece muy real pero esa es su extrañeza. Wanda y Georgia no son extrañas entre ellas sino cada una de si misma. Saben que, como suele decirse, hay un territorio de curiosidad y deseo que no se debe cruzar.

Es extraño volver a estar con la gente y lo único que queremos de ellos es su olor .No su compañía, ni su amor ni su odio, solo su olor porque el olor es inofensivo -podría pensar Wanda- pero no lo piensa. Y el teléfono sigue sin sonar. Pero nosotros, como no podría ser de otra manera, solo vemos la escena desde fuera, desde la butaca del ojo,  protegidos por el imperturbable silencio de la mirada. Y tenemos muy claro que la historia podría volver a comenzar a partir del mismo fotograma y ser completamente diferente aunque el edificio de ladrillo rojo que hace esquina,  seco,  de dos plantas sea el mismo, el bar de Wanda en la planta de abajo y las habitaciones para alquilar en la planta de arriba, dos de ellas ocupadas, sean también las mismas y siga siendo por la mañana, muy pronto, y Wanda siga en el rellano con las manos apoyadas en la barandilla primero, y con la barbilla apoyada en las manos después, y le diga la razón de porque abre el bar cada mañana a Georgia que la escucha delante de la puerta de su habitación, recién levantada y con el pelo alborotado, y así sucesivamente hasta que Georgia se sienta en el borde la cama y lee la carta que alguien dejo de   madrugada en la mesita de noche. Pero la carta no pone lo mismo sino exactamente todo lo contrario y solo confirma la voracidad de la soledad.

E. H. solo estuvo un año en París, de 1096 a 1907, el año en que Picasso destrozó para siempre los rostros. No se contaminó del cubismo pero como alguien dijo una vez,  río arriba, Edward Hopper le confesó a un  joven Raymond  Carver, pescador del esturión como él, y también experto en silencios… “que los artistas americanos se dividen en dos categorías: los que entran en crisis cuando van a Europa y los que entran en crisis cuando vuelven. Yo tardé diez años en recuperarme. A mi me gusta definir mi trabajo como impresionismo modificado”.

Bernardi Roig (1965) Born in Palma de Mallorca (Spain) Is a worldwide known artist. Roig is obsessed with death and immortality, aesthetics and eroticism, and the “idée fixe” that the thinking man must reclaim his forfeited ability to relate to others on an intimate level. He realizes that to truly communicate, we need a dialogue of more than the spoken word