El “algo bueno” de todo

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Crítica

Emperador (2012), de Peter Webber

Por Claudia Lorenzo

Mi profesora de filosofía en el colegio, mujer sabia donde las haya, solía decir que si nos gustaba algo mucho, leer, ver películas o escuchar música, incluso de aquellos productos mediocres o malos conseguiríamos sacar algo bueno. Emperador, con todas sus faltas, es una lección de historia interesante.

Es una pena que La historia no contada de Estados Unidos nos haya arruinado la mitad de las películas hollywoodienses. Tras ver los capítulos de esta lección en América que Oliver Stone presenta, todas y cada una de las decisiones tomadas por sus ejércitos, especialmente las que se han transmitido como heroicas, acaban en el equivalente a la cuneta de nuestra cabeza. Ver cómo se sentenció a Hiroshima y Nagasaki es una de ellas. Todas las causas y las consecuencias de ese acto, que de alguna forma ha pasado a formar parte de la épica yanqui, trágica pero épica, son centrales en la narración de Stone, hasta el punto de crear escalofríos en espectadores que se imaginan cómo, un día cualquiera, unos habitantes cualquiera de una ciudad media cualquiera, se despertaron como siempre y ya nunca se acostaron como tales. El terror que provoca ese hecho, su sistematicidad, no queda lejos de la aterradora organización que hubo tras el Holocausto.

Por eso, ver Emperador es una tarea algo más difícil de lo que, probablemente, hubiese sido si Oliver Stone no se hubiese metido en nuestras casas con sus vídeos de historia contemporánea. En la película de Peter Webber asistimos a la llegada del General Douglas MacArthur (Tommy Lee Jones) y del General Bonner Fellers (Matthew Fox), entre otros, a un Japón destruido tras la Segunda Guerra Mundial y ocupado por los americanos, los mismos que acuden a facilitar su reconstrucción. “Debemos ser vistos como liberadores, no conquistadores”, puntualiza MacArthur ante la trágica ironía de la situación, y encarga a Fellers, especialista en cultura japonesa, la tarea de averiguar si hay pruebas de la culpabilidad del Emperador Hirohito en los crímenes cometidos durante la guerra – sí, la paradoja no puede ser más evidente-. Mientras que el Presidente, presionado por los votantes estadounidenses, cree que debería ser juzgado para satisfacción de sus ciudadanos, MacArthur no está seguro de que eso sea lo mejor que le pueda pasar a Japón en ese momento. De ahí la presencia de Mellers, que tiene diez días para realizar la investigación y un interés personal en el país: buscar el paradero de Aya Shimada (Eriko Hatsune), su novia de la universidad, de quien no sabe nada desde hace tiempo.

En la batalla Sawyer contra Jack de Perdidos, personalmente siempre fui más de Jack. Me parecía que había una honestidad intrínseca al personaje que Fox plasmaba extremadamente bien, a la vez que ejercía de líder de la comunidad sin perder la cabeza – y en Perdidos todos perdíamos la cabeza sin estar en la isla-. Así que, por contraste, el poco carisma que tiene Fellers en la película no creo que se deba a Fox, sino a la forma en la que su personaje está narrado. Si bien la historia de amor con Aya le da una profundidad emocional a su interés personal por Japón, ésta no es tan esencial para la narración como para comerse media película, sobre todo porque suponemos que Mellers amaba la cultura oriental antes de conocer a la chica. Aya, como personaje romántico al servicio de un protagonista, no tiene una personalidad propia evidente que haga que nos interese demasiado su destino, y al final nos apetece más ver los intercambios entre su padre y Fellers que los bellos planos de ella y su novio corriendo entre el bambú.

Sin embargo, a pesar de esta narrativa sentimental que cojea, el argumento principal, el veredicto sobre la inocencia o culpabilidad de Hirohito en los ataques japoneses, contiene muchos más elementos de interés – es una pena que su tiempo en pantalla se reduzca por la historia paralela-. Entre sus grandes bazas encontramos a Tommy Lee Jones pasándoselo en grande, disfrutando como un enano de ese MacArthur que tan pronto se ríe del Presidente como se hace fotos con todos los mandatarios posibles para allanar su camino al Despacho Oval. La relación de MacArthur con Mellers, la confianza que deposita en él y las borderías que igualmente suelta, mezclando la arrogancia yanqui con la campechanería de la América profunda, le acercan mucho más al espectador que cualquier romance con una japonesa.

Además, el cierto respeto que la película tiene a un país al que Estados Unidos acababa de asesinar se agradece, así como la escena final – esto es historia, los spoilers son relativos-, que emociona por su integridad y por la maravillosa actuación de Jones y Takatarô Kataoka. No es un filme que por su técnica, por su narración o por su tratamiento de la historia vaya a revolucionar el día. Es un producto solvente, entretenido, que podría haber sido mejor, y que se beneficia de un secundario de lujo que todo lo hace bien. Y es una buena lección de historia. Como diría mi profesora de filosofía, de todo se puede sacar algo bueno.