El agujero en el alma de Omar

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Crítica

Omar (2013), de Hany Abu-Assad

Por Claudia Lorenzo

Mi padre tiene una costumbre horrorosa que practica durante el visionado familiar de películas de misterio, thrillers o cualquier filme que tenga algún tipo de intriga oculta en la trama. Estoy segura de que muchos amigos o familiares de quien esto lee también harán lo mismo, y personalmente me pone de los nervios. En el momento en el que, previo a la acción, él se da cuenta de algo que pueda ser semejante a un giro de guión, lo anuncia a bombo y platillo sin importar lo que haya discurrido la audiencia que le acompaña, que solemos ser mi bendita madre y yo, que pecamos de inocentes hasta extremos vergonzosos. El caso es que el spoiler repentino pone de mal humor. Y el hecho de que él averigüe lo que va a ocurrir antes que yo, también. Porque, para qué mentir, en el 90% de los casos el hombre tiene razón.

En las reglas más básicas del guión se encuentra la lección de que la resolución a algo tiene que haber estado ahí, disponible para el público, durante toda la historia, de modo que resulte lógico encajar sus piezas, pero sin hacerlo tan obvio como para que la gente se entere, muy al estilo de mi padre, media hora antes de lo que quieres. Eso es aplicable también a los giros repentinos (por ejemplo, El sexto sentido).

Yo no sé si será la edad, que me ha hecho menos inocente, o el hecho de haber visto y leído demasiada ficción, pero a veces pongo en práctica la agilidad mental de mi padre. Y me suele mosquear, porque normalmente soy bastante dada a sumergirme de la historia y no intentar hacerme la lista de antemano. Me gusta saber por dónde pretenden llevarme sin avanzar por mi cuenta y si consigo sospechar antes de tiempo, juzgo, porque convencerme a mí de algo es muy fácil y hacer que no me crea algo, no tanto.

Por eso los dos agujerazos de guión de Omar me rompieron el corazón. Omar venía precedida, no sólo de excelentes críticas, sino de una nominación al Óscar a mejor película extranjera (que se llevó La gran belleza) y del Premio Especial del Jurado en la sección Una cierta mirada de Cannes 2013. Y en otro caso, en otro lugar, en otro momento del metraje, hubiese podido mirar a otro lado y hacer como que esos tropiezos no eran tales. Pero cuando uno desencadena el segundo acto entero, y el otro se lleva el desenlace por delante, en un cúmulo de desgracias que, si estuviesen justificadas, tendrían mucho más sentido que como lo hacen, con el director exigiéndole a la audiencia que se abstenga de hacer las preguntas que Omar no parece tener, en esos casos no se puede hacer la vista gorda. Es imposible no acabar la película y pensar: “¡Por Dios, chaval, si es que yo me lo llevaba oliendo desde hace veinte minutos!”

Vayamos por partes. Omar, dirigida por Hany Abu-Assad (también cabeza pensante de la nominada al Óscar Paradise Now), cuenta la historia del chico del título, un panadero palestino (Adam Bakri) que vive en Cisjordania y salta todos los días el muro para ver a la chica de la que está enamorado, Nadia (Leem Lubany), hermana de su mejor amigo Tarek (Iyad Hoorani). Omar es también un guerrillero que no tiene miedo a los ataques a las patrullas israelíes. Tras formar parte del asesinato de un soldado, es capturado y obligado a actuar de informador para el enemigo, quien le exige que entregue al responsable de su último golpe.

La historia promete, y entrega, giros de guión, sorpresas y un amor imposible a partes iguales. De hecho, lo bello del argumento es que casi todo lo que mueve las acciones de Omar es su profundo sentimiento por Nadia, y la autenticidad de esa parte hace que muchos de sus actos resulten creíbles. Pero eso también se torna en incongruente, porque precisamente por su voluntad de solucionarlo todo para poder, por fin, estar con ella, su convicción de luchar contra la opresión de Israel se difumina bien rápido. De hecho, la mayor rebeldía contra la autoridad que Omar ejerce con justificación son sus saltos de la valla. Pero nunca queda claro que tenga de verdad tanto empeño en la lucha armada como para matar. Parece que debemos asumirlo por el hecho de que es palestino, cuando no es así. Además el mismo espejo de Tarek demuestra que hay gente que sí está convencida de su posición cueste lo que cueste. Omar, en cambio, parece que sólo pasaba por allí y que su máximo deseo es mantener un perfil bajo y no meterse en problemas para poder estar con Nadia (que bastante complicado es ya por sí sólo).

Las dos dudas de guión que me surgen, y que no voy a explicar para no desvelar la trama, tienen una importancia enorme. La primera propicia su colaboración con los israelíes a pesar de que en un diálogo queda claro que van a pillarle. La segunda, sin embargo, es mucho más sangrante porque viola la regla de que si muestras algo en una película después debes darle una utilidad. Omar ve una interacción que no tenía que ver pero sus prguntas sobre dicho encuentro, cuando llegan, son tremendamente superficiales.

Cabe la posibilidad de que, sobre todo en este segundo caso, Abu-Assad quiera dejar claro que las sospechas de Omar son fruto del clima de desconfianza en el que se mueve, y que por eso cree que las preguntas son innecesarias. Pero a punto de tomar una decisión que afectará toda su vida, no sabría qué decir al respecto. Personalmente sentí que Omar se merecía una buena colleja por tonto.

Sin embargo, no todo son gatillazos de guión. Omar es tensa, entretenida, un thriller con unas interpretaciones muy buenas y un protagonista, un Bakri magnético de quien aprecias su sonrisa dentona siempre que la luce, porque transmite pura honestidad. Y a pesar de su vagancia en el guión, Abu-Assad sabe perfectamente dirigir la película de género que tiene entre manos y llevarla con el pulso que se merece. Dentro de la cartelera de verano, probablemente no sean si mucho menos los fallos de historia más sangrantes.