El actor es grande, pero no tanto

Al Pacino Dan Hedaya Dianne Wiest

Crítica

La sombra del actor (2014), de Barry Levinson

Por Claudia Lorenzo

La sombra del actor tiene varios problemas, pero uno muy claro. Y es que las comparaciones son odiosas pero en este caso son demasiado obvias. El problema de este filme se llama Birdman, una película que, salvando ese tercer acto en el que Iñárritu se cree Peter Jackson y enlaza final tras final, tiene mucha más consistencia en su desarrollo que la última obra de Barry Levinson, pero una premisa parecida. De ahí que ponerlas en paralelo sea inevitable. Y eso que el asunto prometía.

Partiendo de una obra de Philip Roth, a quien le encantan las historias de señores mayores obnubilados por jovencitas, Levinson articula un filme en torno a un actor que tuvo mejores vidas y que ve cómo la realidad y la ficción se mezclan en su mente hasta convertir su existencia en un hilo de confusiones. ¿Les suena? Pues seguimos. Simon Axler, protagonista de estas desventuras, es un tipo con mucho que perder y poco que ganar. Tras un desafortunado incidente en una representación de Como gustéis, y un descacharrante intento de suicido a lo Hemingway, Axler se decide a ingresar en un centro de rehabilitación, en donde sucede lo más interesante de la película. Es aquí donde el actor (el ficticio y el Pacino real) aprovecha una reunión de pacientes para confesar el profundo terror que le tiene a lo que le está ocurriendo: está perdiendo su arte, su talento, su capacidad para empatizar con sus personajes. Esa obsesión por la interpretación queda patente cuando una compañera, Sybil (Nina Arianda), le pide por favor que escuche su loca confesión y, mientras un incómodo relato de abusos sexuales a menores se sucede, Axler sólo es capaz de pensar en la sobreactuación de quien lo narra. El monólogo es profundo y conmovedor y la posterior escena anticipan un desarrollo y un análisis de la indentidad del artista que no se cumplen.

Desafortunadamente, Simon Axler abandona el centro y se vuelve a su casa. Es precisamente allí donde coincide con el personaje más enigmático, y no para bien, de la función, Pegeen (Greta Gerwig), la hija de unos amigos de la familia, lesbiana expulsada del hogar por su orientación sexual, que confiesa su atracción por Axler desde que tenía edad para profesar sentimientos impuros y que, poco a poco, se abre camino hasta el corazón del actor. Al menos eso es lo que él le cuenta a su médico, un desaprovechado Dylan Baker (de quien tanto saca The Good Wife), cuando mantienen sesiones de terapia por Skype. La relación entre Simon y Pegeen nunca transmite lo que los personajes cuentan que debe transmitir, y es ahí donde el relato de la estrella que ha vivido tiempos mejores se desmorona. Los actorazos con papeles excesivamente tópicos se suceden (Kyra Sedgwick, Dianne Wiest, Dan Hedaya) y la historia de amor nunca despega.

Tal vez el mayor problema que tenga The Humbling no sea, después de todo, Birdman, aunque en determinados momentos recuerda tanto al filme de Iñárritu (las representaciones, la confusión entre ficción y realidad, el quedarse fuera del teatro antes de su propia representación). El mayor problema es que las expectativas de toda esta gente delante y detrás de las cámaras no se cumplen. Levinson es un tipo que ha sido capaz de hacer filmes inteligentes, aunque no excesivamente sobresalientes, a lo largo de su carrera. Buck Henry, co-responsable, junto a Michal Zebede, de llevar la novela de Roth a la gran pantalla, tiene en su haber los guiones de El Graduado y Qué me pasa doctor, dos películas históricas. Pacino, a pesar de sus últimos vaivenes, es Al Pacino. Y Greta Gerwig es una actriz muy potente cuando cuenta con el material necesario para hacer volar esa potencia (como en Frances Ha).

Sin embargo, aquí ninguno de ellos juega en la gran liga más que Pacino, que tiene que encargarse de levantar por sí sólo una empresa cuyo desarrollo dificulta lo que podía haber sido un gran retorno a los buenos personajes. Pacino es, efectivamente, el gran Al Pacino. Pero no es un mago. Si The Humbling hubiese desbarrado menos por el terreno del viejo conquistado por un personaje femenino que no tiene ni pies ni cabeza, y hubiese hecho un estudio más mordaz del ocaso de una leyenda, el resultado hubiese sido muy distinto. Tal vez hubiese sido Birdman. O tal vez no, tal vez hubiese sido mejor.