El abuelo y la Historia

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Crítica

El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2014), de Felix Herngren

Por Claudia Lorenzo

Siempre es difícil ganarse a la prensa una vez se ha liado algo en el pase, en el caso que nos ocupa el que, sin previo aviso, la película se presentase en versión doblada en vez de original. Sin embargo, a pesar de ser puristas, una buena película con un buen doblaje no impide obviamente el disfrute de la misma. Tristemente, el abuelillo que inició su huida por la ventana – saltar es un término algo exagerado- no ofreció garantías para recobrarnos del español que escuchábamos por boca de estos suecos. Es más, el anciano, pobrecito él, comenzó una caída que las dos horas de metraje no detuvieron. Siendo más graciosa o menos, hay algo que una comedia nunca debe ser: aburrida.

Mucho se ha escrito comparando esta película sueca, el mayor éxito del país escandinavo por delante de los Millennium de Lisbeth Salander, con Forrest Gump y su costumbre de integrar al protagonista en los eventos más populares de la historia americana del siglo XX. Hay una diferencia básica que no se menciona tanto: la trama personal de Forrest, por muy plagada de anécdotas que estuviese, corría en paralelo a las mismas. Pedirle al mismísimo Kennedy orientación para ir al baño no era nada más que un detalle que se correspondía con la idiosincrasia del personaje, pero era su historia de superación, su amor por Jenny, su amistad con el capitán Dan y la deuda contraída con la educación que su madre le había dado lo que nos hacía invertir tiempo, emoción, risas y lágrimas en Forrest. Bueno, y Tom Hanks. El abuelo que saltó por la ventana y se largó apela al cariño que el público normalmente tiene por un anciano para hacer que empaticemos con sus aventuras con nulo éxito, empezando porque el actor que interpreta al supuesto centenario tiene cincuenta años y se nota, y siguiendo por el hecho de que el personaje y su personalidad se reducen a la travesura excesiva y el alcoholismo general, que provoca alguna sonrisa al principio pero que en veinte minutos cansa.

La película, basada en la novela homónima de gran éxito escrita por Jonas Jonasson, narra la vida de Allan Karlsson (Robert Gustafsson), un adicto a los explosivos que, en el día de su 100 cumpleaños, decide huir por la ventana de la habitación del geriátrico, comprar un billete de autobús hasta donde le alcance el dinero del bolsillo y, en el camino, robar una maleta con 50 millones de coronas suecas. Mientras la aventura en tiempo presente se va desvelando, también lo hace la vida de Allan, plagada de anécdotas con Franco – es necesario confesar que, aunque ridícula, la imagen del caudillo bailando flamenco tiene un puntito kitsch que provoca la risa española-, Truman, Stalin, Gorbachov, el hermano tonto de Einstein y otros muchos. Desafortunadamente, la parodia, que es a lo que aspiran los flashbacks, no es divertida (a unos cuantos les vendría muy bien volver a la escuela de los Monty Phyton y ver qué ocurría entonces) y tampoco hace nada por mostrar la personalidad del protagonista. Desconozco si el libro usa estas escenas para revelar características del personaje, que es a lo que todo buen guión debe aspirar, pero la película sólo nos deja claro su amor por los petardos – mucho odio hacia El viento se levanta por no referirse a las implicaciones bélicas de los aviones pero aquí se pasa por la bomba atómica como si no fuese nada-, por el alcohol en todas sus variantes y su escasa vida amorosa – viendo el percal, casi mejor no saber cómo se hubiese tratado el elemento femenino-.

No hay un guión cerrado y con sentido, no hay una historia que más o menos importe – en este caso mantenerse en el presente hubiese sido mucho mejor que mezclar la trama con viñetas del pasado que no aportan nada-, no hay una dirección de comedia lógica y, sobre todo, no hay un abuelo frente a la cámara, sino maquillaje. Son dos horas de película, de supuesta comedia, en las que he de confesar que hice lo que siempre intento evitar: mirar el reloj. Quedando cuarenta minutos para el final ya no encontraba postura. Para reír, llorar, involucrarse en una historia y ver cómo ésta, larga, pasa en un suspiro, vayan a ver Bajo la misma estrella. Un plan mucho mejor.