Edison, el malo de la película

El inventor ideó y filmó en 1903 la electrocución en público de una elefanta llamada Topsy, que un circo de Coney Island quería sacrificar por haber matado a tres hombres, para demostrar lo peligrosa que era la corriente de la competencia.

Por Rau García

Antes de que un ser humano ingiera, se aplique o emplee cualquier tipo de producto cuyas consecuencias pudieran ser perjudiciales para nuestra salud, se suele recurrir a la experimentación con todo tipo de “animales de laboratorio” que sufren en su organismo, en sus músculos y en su piel, lo que nunca deberían haber sufrido, por el bien de la humanidad. Para que ese alimento, medicina, producto o maquina sea apto para el ser humano, y así quedé garantizado, seguramente se habrán estudiado cientos de reacciones en estos animales, que antes de los experimentos estaban sanos, y luego habrán sido sacrificados después de una breve “vida” y de haber padecido multitud de enfermedades en sus jaulas de plástico transparente. No olvidemos tampoco a los animales que son enviados al espacio, en la mayoría de los casos, sin intención de que regresen. El dilema viene cuando se pueden salvar millones de vidas humanas gracias a la investigación con animales vivos. Este sistema científico es común, legal y aceptado por la sociedad, a excepción de una minoría que se resiste a tolerar estas barbaridades.

Cuando los productos de origen animal llegan a nuestros platos, a nuestros mercados, a las tiendas de decoración, etc., Ya vienen listos para su consumo. Nos han ahorrado el desagradable proceso de matar al animal, de mirarle a los ojos, de escuchar sus gemidos de dolor, de mancharnos las manos con su sangre. Por tanto, al no haber sido ni siquiera testigos de su sufrimiento, no hay cargo de conciencia. Alimentarnos de su carne, vestirnos con sus pieles, fabricar utensilios con sus huesos o usar su fuerza y resistencia como vehículo de transporte de personas y mercancías es algo que hemos heredado involuntariamente de nuestros antepasados, así que no es nuestra toda la responsabilidad, podría pensarse.

En todo caso seremos cómplices, pero la conciencia de la mayoría está tranquila, “limpia”, porque no somos los ejecutores, sino el último eslabón de la cadena. La capacidad del ser humano para mentirse a sí mismo es inagotable. Hace tiempo que este sistema inmoral ha perdido su carácter estrictamente de supervivencia en los países desarrollados, y sin embargo, seguimos matando a animales en cantidades industriales y no solo para que no muramos de hambre ni de frío.

No hace falta ser un activista por la defensa de los derechos de los animales, ni si quiera vegetariano, para sentir empatía por cualquier animal que sufre o que tiene una lamentable existencia, ni para tener conciencia; esa capacidad que los seres humanos a menudo anulamos para poder vivir sin fustigarnos cada vez que hacemos algo, directa o indirectamente, que sabemos que está mal, ya sea por gusto, por costumbre o por necesidad. Por eso, quizá no soy el más indicado para tratar este tema, porque contradictoriamente, yo soy una de esas personas que fallan a sus principios para poder saborear un solomillo a gusto o para vestir una chupa de cuero sin sentirse culpable, y luego soy incapaz de matar a una mosca y hago todo lo posible para salvarle la vida, si se encontrara en apuros. Este ejercicio, el de la automanipulación, es relativamente fácil, pues se tiende a pensar, por comodidad, que todavía hoy sigue vigente la ley de la selva y que los animales existen casi exclusivamente para servir al hombre, porque la especie humana es superior, empezando por su inteligencia. Que la vida de cualquier animal vale menos que la de cualquier ser humano. Y si así lo tenemos asimilado desde hace siglos, ¿porqué no íbamos a seguir utilizándoles, además, para nuestro entretenimiento? (y para cultos religiosos, guerras, etc.). ¿Qué nos detiene? A continuación no voy a enumerar todas las salvajadas de la historia relacionadas con la cultura y los animales que se vienen practicando hasta nuestros días, porque necesitaría un desplegable. Intentaré centrarme en una que, desgraciadamente, forma parte de la historia de la ciencia y del cine.

Hay imágenes que se quedan grabadas en la mente como si se hubiera utilizado el sello de hierro al rojo vivo con el que se marca al ganado. En este caso, solamente hizo falta un visionado para tatuármelas en el cerebro. Me estoy refiriendo a Electrocuting an elephant (1903), de Thomas Alva Edison. Dirigido y filmado por él mismo, nos muestra a una elefanta dando sus últimos pasos hacia una explanada donde va a ser electrocutada, falleciendo segundos después, en Luna Park, Coney Island, NY. Se llamaba Topsy, era una elefanta india de treinta y seis años y seis toneladas, y pertenecía al Circo Forepaugh. Su delito fue matar en tres años a dos de sus cuidadores y a un domador en pleno espectáculo, pero parece ser que cuando uno de estos empleados se emborrachaba, presuntamente, torturaba a Topsy metiéndole cigarrillos encendidos en la boca, entre otros castigos, tal y como recoge la prensa de la época. Así que su conducta agresiva tenía justificación. Se puede decir que lo hizo en defensa propia, porque fue provocada, pues no es difícil de imaginar la mala vida que le dieron. Aunque sean cuales sean las causas y las consecuencias, lo que no tiene justificación es lo que le hicieron. Ese mismo empleado, llamado “Whitey”, acostumbraba a dar paseos a lomos de Topsy por Coney Island. Un día, se puso nerviosa y acabó con la cabeza encajada en la puerta de una comisaria. También fue utilizada para transportar materiales pesadísimos en la construcción del parque de atracciones Luna Park. Después de algunas calamidades más y unos cuantos sustos más, la dirección del circo decidió sacrificar a Topsy y hacer pública la noticia, para no ganarse mala fama, pues un circo no puede tener en su espectáculo familiar a animales que supongan un peligro para los espectadores.

Antes de ser ejecutada por electrocución, se pretendía ahorcar a Topsy (catorce años después sí se llevaría a cabo el ahorcamiento público de una elefanta de otro circo), pero la American Society for the Prevention of Cruelty to Animals protestó y consiguió paralizar el proceso para que se buscaran otras alternativas. Es entonces cuando apareció muy astutamente Edison con la solución que contentaría a todos, en la medida de lo posible, pues era un sistema más humano para dar muerte a un animal. Su propuesta era aplicarle la electricidad en la que estaba trabajando otro ingeniero, inventor y empresario llamado George Westinghouse, basándose en las patentes del ex compañero de Edison, Nikola Tesla. Edison quería demostrar que este tipo de electricidad podía ser mortal para los seres humanos y para desprestigiarla empezó una retorcida campaña, que se convirtió en la denominada “Guerra de las Corrientes” (Corriente Continua, de la Edison General Electric Company versus Corriente Alterna, de la Westinghouse Electric Company), en la que no solamente lo pagaron con Topsy, sino con otros animales como perros, gatos, ovejas y caballos, que también murieron electrocutados. Años antes, estos macabros y todavía deficientes experimentos se practicaron incluso con presos que estaban condenados a pena de muerte, siendo ejecutados en la silla eléctrica, hasta que este procedimiento se instauró definitivamente en algunos estados. Me gustaría poder quitarle peso al asunto, diciendo: ¡bah… eran otros tiempos! (Ha pasado un siglo y diez años), pero en la actualidad se siguen practicando cosas exactamente iguales o muy parecidas. El 4 de enero de 1903, Edison y su equipo de ingenieros reunieron a unas 1.500 personas en el Luna Park de Coney Island, y como si fuera una atracción más del parque de atracciones neoyorquino, los empleados de la Edison Company colocaron unos electrodos en la patas derecha delantera e izquierda trasera de Topsy y la electrocutaron con 6.600 voltios de Corriente Alterna. Bastaron diez segundos para que la elefanta cayera al suelo completamente rígida envuelta en una espesa nube de humo. La cámara de Edison fue testigo de esa cruel escena.

Previamente, como medida de seguridad, un veterinario la envenenó con la comida favorita de Topsy, zanahorias, que contenían una dosis de 460 gramos de cianuro de potasio, pero no llegó a hacer efecto. Dos minutos después de que Topsy cayera al suelo, el veterinario confirmó su muerte. En la noche de aquel mismo día, el individuo que adquirió los restos de Topsy, después de practicarle la autopsia, los despachó. A excepción del esqueleto, que conservó, y sus órganos, que donó al departamento de biología de una universidad, el resto lo vendió, como su cabeza para disecarla, su piel para transformarla en cuero y tapizar sillas o sus patas para fabricar paragüeros. En el año 1944 hubo un incendio devastador que destruyó gran parte de Luna Park y en el que perdieron la vida muchas personas. En la prensa se habló de “La venganza de Topsy.”

En este mutoscopio, invento parecido al kinetoscopio de Edison, se puede ver Electrocuting an Elephant por un céntimo de dólar, en memoria de Topsy. Coney Island Museum.

Se pueden encontrar ejemplares de esta grabación muda en el que este acto atroz se acompaña con música o incluso con ruidos de electricidad. Personalmente, la primera vez que presencié la ejecución de Topsy proyectada en la pizarra blanca de la escuela de cine donde estudié, diría que me produjo una sordera psicológica porque no recuerdo haber escuchado absolutamente nada hasta unos segundos después, cuando empecé a recuperar el ritmo normal de mi respiración. Pero ahí están las melodías tocadas al piano o al órgano, que subrayan su carácter trágico o le dan un toque de suspense, como si fuera la secuencia de una película de ficción. Pero no lo es. Eso es lo más escalofriante. Ni siquiera  tiene el objetivo de ser un documental (aunque lo es al mismo tiempo), como La sangre de las bestias (1949), de Georges Franju, en el que se nos muestra explícitamente cómo se sacrifican a animales en mataderos. Simplemente es un cruel experimento convertido en show.

Posiblemente fue el primer anuncio filmado de la historia, y con un gran alcance además, pues Edison se dedicó luego a exhibirlo por todo el país como parte de su estrategia comercial de discutible ética. Con esto no pretendo invalidar la importante labor que Thomas Alva Edison hizo para la humanidad, pero sí discrepo del camino que tomó para llevar a cabo esta espantosa investigación en concreto, que convirtió en un lamentable y condenable espectáculo (que, por cierto, recuerda a otros que hoy se siguen permitiendo).

En la ficción también existen ejemplos de maltratos o matanzas reales de animales que ponen la carne de gallina. La vaca sacrificada en un ritual de Apocalypse now, el pulpo comido vivo de Old boy, el caballo empujado por unas escaleras de Andrei Rublev, las gallinas aplastadas entre los cuerpos de un hombre y una mujer de Pink Flamingos, la tortuga, la rata, la tarántula y el mono de Holocausto caníbal… La lista es larguísima, espero que no interminable (existen algunas leyendas urbanas sobre películas que causan sufrimiento a animales, sobre todo en Internet, con esto hay que tener cuidado). En su defensa se dice que son obras de arte o que los animales iban a ser sacrificados de todas formas, porque fueron comprados en mataderos, por ejemplo, como si esto fuese un blindaje contra toda crítica. Pero si los actores, cuando tienen que morirse en una película, no lo hacen de verdad, sino que interpretan la muerte de su personaje, ¿por qué los animales, en ocasiones, sí mueren, o son lastimados, de verdad? Cuando un espectador presencia una muerte en una película, sabe que es de mentira, que está asistiendo a una representación ficticia de la realidad, y sin embargo, puede llegar a emocionarse. ¿Entonces por qué hay diferencia entre la muerte del hombre y la del animal, si los dos son seres vivos y animales? ¿Para qué están los efectos especiales, el maquillaje, los trucos de montaje, y ahora, las técnicas digitales?

Hace años que la vi y todavía tengo en la retina una escena de The Misfits (1961), de John Huston, en la que Marilyn Monroe, como Roslyn, en uno de los papeles más estremecedores de su carrera, explota emocionalmente al no comprender porqué sus compañeros, tres cowboys, provocan tanto sufrimiento a unos caballos salvajes que quieren atrapar para venderlos, en un intento por impedir que sigan adelante con su objetivo. Es una escena dramáticamente potentísima, que encierra muchas metáforas y de una belleza abrumadora, pero me tranquilizaría saber que los caballos sabían y disfrutaban de lo que hacían, como el resto de los actores. Pero me temo que no. Los caballos no sabían que estaban rodando una película, que la avioneta que les perseguía no les iba a hacer daño y que después de enredarles las patas con una cuerda atada a un neumático y estar un rato forcejeando les dejarían otra vez “libres.” El miedo que sintieron fue real.

Se habla de “animales actores”, pero no nos engañemos, por muy domesticados y entrenados que estén para hacer cualquier cosa, por las buenas o por las malas, los animales no conocen el arte dramático ni la industria en la que están metidos, o mejor dicho, a la que están sometidos. Cathy, uno de los cinco delfines que daban vida al personaje de Flipper, protagonista de la famosa serie de los años sesenta, se suicidó en los brazos de su entrenador, Richard O´Barry, tal y como él mismo afirmó. Llevaba unas semanas deprimida, probablemente debido a su cautiverio y el estrés que le produjeron las jornadas de entrenamiento y rodaje. Tras está tragedia, un durísimo golpe para O`Barry , que fue uno de los primeros entrenadores de delfines del mundo, cambió radicalmente de perspectiva, abandonó la serie y actualmente se dedica a proteger a estos animales de la industria que él mismo ayudó a levantar, como se puede ver en el documental The Cove (2009), de Louie Psihoyos, ganador, entre otros premios, de un Oscar. Otro uso ilícito de los animales es, precisamente, el de algunos documentales. Aunque pretendan reflejar la realidad tal cual es, a veces también es manipulada, por ejemplo, para que dos animales luchen entre ellos.

Un caso parecido al de Topsy es el de la elefanta Tai en Agua para elefantes (2011), de Francis Lawrence. Coincidiendo con su estreno, la asociación Animal Defenders International, que llevaba tiempo investigando a Have Trunk Will Travel, la empresa que entrena a elefantes para películas, anuncios, videoclips y todo tipo de eventos que contrató la productora, denunció que se estaban empleando métodos violentos con este fin, como golpes y electroshocks, aportando grabaciones ocultas de los duros adiestramientos previos al rodaje de la película, en las que se aprecia también la esclavitud de estos elefantes. Pero el objetivo no es matarles, como en Electrocuting an elephant, sino que aprendan a obedecer, por las malas, a realizar cualquier movimiento o ruido.

Eso sí, en el rodaje todos encantados porque nadie vio nada extraño, ni siquiera la American Humane Association (en los créditos afirma “No animals were harmed”), que se encarga de supervisar los rodajes en los que intervienen animales en Estados Unidos. Tai ya venía asustada de casa, según da a entender la asociación defensora de animales. Por supuesto, no siempre se cometen estos abusos, cada vez menos afortunadamente, pero es muy habitual, sobre todo con los más salvajes, los menos dóciles. Casualmente una de las tramas de la película trata sobre el cruel adiestramiento de una elefanta india adquirida por un circo. Una experiencia que la propia Tai sufrió, sufre y sufrirá en sus propias carnes, en la vida real, si se confirman los malos tratos y se salen con la suya los de Have Trunk Will Travel, y que Topsy conoció a muy temprana edad, pues ella también fue la atracción estelar de la que hablan en Agua para elefantes, siendo presentada ante el público como “The baby elephant” (tenía ocho años cuando llegó a América “en brazos” de Adam Forepaugh).

Edison le dio la muerte a Topsy. Lo que él nunca se hubiera imaginado es que también le daría la inmortalidad, pero no es algo de lo que sentirse orgulloso. Todo lo contrario. Vergüenza.

Marilyn Monroe en un fotograma de The Misfits (1961)