Edimburgo baila en español (y no es sólo flamenco)

Integrantes de Cambuyón

Integrantes de Cambuyón

Por Claudia Lorenzo

Lo de “Cambuyón”, co-producción canaria y catalana, es de traca. La energía y alegría que el público siente al acabar la función existe porque, entre otras cosas, los chicos y chicas de “Cambuyón” se lo están pasando bárbaro en el escenario. Al bailar, cantar y tamborilear a todos se les escapa una sonrisa de sudor y felicidad. Y eso es imposible de ignorar.

“Cambuyón” es un gran espectáculo de baile, percusión y música. Pero es también una historia con payasos y fanfarrones, con amores imposibles y presumidos incorregibles. Es todo y es mucho más que la nada, porque es ruido y también la música que surge de cualquier ritmo. Durante la hora en la que tenemos el privilegio de verles en acción, recorremos el mundo en barco, yendo de puerto en puerto, abrazando cada uno de los compases con los que los marineros entran en contacto. Hay claqué, hay salsa, hay hip-hop y hay flamenco, claro que sí. Aunque no seamos sólo eso, somos un país con tradiciones e influencias. Al finalizar el espectáculo, con el público aplaudiendo a rabiar, alguien desde el escenario pregunta: “¿Queréis más?” ¿Más? ¡Lo queremos todo! Desde la gracia y maestría de Rubén Sánchez a las contorsiones y el ritmo de Berta y Clara Pons, desde las palmadas de Jep Meléndez a los ritmos vocales de Raúl Cabrera, desde las cerillas de Néstor Busquets a la percusión de Jonatan Rodríguez. Lo queremos otra vez, claro que sí. Y si pueden hacer el juego de las luces y sombras mientras dan palmas, mejor.

Dejadme que me aparte del tema que nos ocupa un segundo y me meta de cabeza en la crisis o, peor, en su virus: la moral española de hoy en día. Parece que nunca saldremos del pozo económico y, si lo hacemos, será con muchísimos daños colaterales, entre ellos las artes. El pesimismo generalizado me contagia al ver todo lo que nos falta para llegar a un nivel de amor por la cultura, propia y ajena, como el que tiene Escocia (algún día os hablaré de cómo el fanático religioso John Knox se empeñó en que toda la nación aprendiese a leer para que pudiesen hacer lo propio con la Biblia y, con tremenda normativa, salvó a la población de la incultura). Sin embargo todas las dudas se me pasan al ver la lista de españoles en Edimburgo estos días. Desde obras amparadas por el Centro Dramático Nacional a creaciones colaborativas que incorporan a jóvenes de dos países y tratan temas actuales que nos afectan a todos, pasando por la danza de “Cambuyón” (y muchas que me quedan por ver), todo indica que, aunque el camino sea difícil, nada ahoga completamente la cultura de un país, aunque la apriete, porque sigue siendo un organismo vivo.

Es en el “otro” festival, el Edinburgh International Festival, en el que está la compañía de danza Gelabert-Azzopardi. Ya os hablé de Dance Odysseys y de su exclusiva vinculación con el Scottish Ballet. Bien, pues era exclusiva con una excepción: Cesc Gelabert. Premio Nacional de Danza y Medalla de Oro al Mérito en las Artes Escénicas en nuestro país, Gelabert se presentó en el Festival Theatre con el espectáculo “Im Goldenen Schnitt I”, reconstruido en los 90 a partir de la coreografía de Gerhard Bohner. Acompañado por música de Bach y esculturas de Vera Röhm, el bailarín se mueve sin aparente esfuerzo por el escenario examinando su cuerpo y los movimientos que es capaz de hacer. La languidez fingida con la que todo se realiza provocó abandonos del espectáculo y abucheos y pataleos en el patio de butacas una vez finalizado todo.

Hay una anécdota que circula por Internet, vinculada a Picasso, que puede muy bien ser mentira podrida pero que a mí me encanta. Alguien se acercó a Picasso y le dijo: “¿Me dibujaría algo en una servilleta?” Picasso hizo lo propio, le pasó la servilleta y contestó: “Son (insertar una cantidad brutal de dinero aquí)”. “¡Pero si sólo le ha llevado treinta segundos hacer eso!”, replicó el fan. “Sí, pero he tardado cincuenta años en aprender a hacer eso en treinta segundos.” Una y otra vez esa leyenda resonaba en mi cabeza a la hora de observar qué estaba haciendo Cesc Gelabert en el escenario. No olvidéis que yo venía de ver a siete tipos y tipas sudando y haciendo ruido en otro teatro. Gelabert en cambio, pausado y, en ocasiones, un poco tedioso, era una visión hipnótica. Los movimientos que concebía con su cuerpo y la sencillez con la que estos ocurrían indicaban la inmensa técnica que este hombre tiene a sus espaldas. Por no hablar del valor de hacer un espectáculo solo, presentando algo que poca gente se esperaba. El riesgo y el controlado abandono que hay que tener sobre el escenario gritan mucho más que el ruido que se formo a la salida.

Y aún así, después de todo, ¿no es ése el último objetivo del arte, hacer ruido? Pues lo hemos conseguido.