Eclecticismo en el Fringe

Lillian Boutté

Lillian Boutté

Por Claudia Lorenzo

Hay espectáculos en los que te das cuenta, ya en los cinco primeros minutos, que te has equivocado al meterte en ellos. No por malos, no por carentes de talento o de ambición, sino porque no eres para nada miembro de su público objetivo. Eso me pasó a mí cuando fui a ver “The Complete History of the BBC (Abridged)”. En mi ansia por asistir en vivo y en directo a una obra sobre (yo creía) el emblema del periodismo británico me olvidé de leer los resúmenes en los que se detallaba que el estilo de la obra tenía más relación con la programación clásica de la cadena. Es decir, era una obra que parecía divertida y deliciosa, llena de referencias a programas de radio, series, presentadores y concursos de los que yo no había oído hablar jamás. El único momento en el que sentí que entendía algo fue cuando uno de los protagonistas mostró su estupor al enterarse de que “Downton Abbey” se emite en ITV y no en la BBC. Créame señor, los extranjeros sentimos lo mismo.

Personalmente, la narración me entretuvo y los actores, haciendo de un matrimonio que nos intenta contar la historia de su compañía favorita, estaban completamente entregados al trabajo. Alix Cavanagh, guionista del espectáculo y protagonista femenina, le da la justa réplica sarcástica a su marido, interpretado por Paul Thomas, que derrocha muecas y expresiones exageradas, pareciéndose en ocasiones a Mr. Bean pero sin llegar a cansar al personal. Juzgando por las carcajadas de mis compañeros de sala, todos británicos (hubo una encuesta al comenzar la obra y la única extranjera era la que esto escribe), la narración daba en el clavo mientras repasaba con cariño, ironía y mucha nostalgia la historia de la British Broadcasting Corporation. No sé cómo no montamos una nosotros sobre Televisión Española, si tenemos anécdotas para aburrir.

Por la noche asistí al concierto de la cantante Lillian Boutté, americana de Nueva Orleans, con una energía a prueba de bomba y bondad que emanaba de todos los poros de su piel. Mientras ella bailaba la segunda canción del espectáculo recuerdo que pensé que darle un abrazo a semejante mujer debía ser reconfortante, por la luz que transmitía. No tuve que esperar mucho. Al final, a la vez que el público entonaba una y otra vez el “What a Wonderful World” de Satchmo, Lillian fue uno por uno abrazándonos y diciendo que la gente ya ni se toca tanto ni, para su desgracia, baila tanto. Y hay que bailar, decía, el mundo sería un lugar mucho mejor.

Vaya si lo sería. Ella misma logró ponernos a todos en pie mientras cantaba la canción que le da título al espectáculo, “Barefootin’”. A pesar del limitado espacio de la sala, íntimo e ideal para el jazz más lento pero claustrofóbico a la hora de querer saltar y bailar, Boutté logró con su voz dejarnos a todos clavados en nuestras sillas una buena parte de la noche, hasta que decidió ordenarnos que, por favor, levantásemos y moviésemos nuestras posaderas. Había un señor con movilidad limitada que siguió sus órdenes y balanceaba sus caderas de derecha a izquierda. Semejante alegría no había que dejarla escapar y Boutté dio unos cuantos bises antes de que nos fuésemos.

Desde el sur más sureño de Estados Unidos llega la alegría de vivir al Outhouse de Edimburgo. Y desde la frialdad londinense, un homenaje a uno de los pilares de la cultura británica. El Fringe es un poco así, mezcla constante de espectáculos que pueden no tener nada en común en apariencia pero que sí lo tienen en esencia: los artistas y los intérpretes saltan a ciegas a una piscina que no se sabe si dará sus frutos, y acaban plantándose ante la audiencia casi desnudos, con la pasión por su obra como única vestimenta. Suerte para ellos, estos dos espectáculos que menciono consiguen agotar entradas día tras día. La sala será pequeña, pero el logro es máximo.