Desentrañando las razones para vivir

Jane Alexander y Michael Caine

Crítica

Mi amigo Mr. Morgan (2013), de Sandra Nettelbeck

Por Rau García

El otro día viendo en mi casa Contrato en Marsella (1974), de Robert Parrish, protagonizada por Michael Caine, reconocí el parque parisino donde se rodó una escena de esta película. Era el Parc des Buttes-Chaumont, donde yo estuve años después. Ayer, viendo en el cine Mi amigo Mr. Morgan, reconocí otro parque donde estuve años antes de que Michael Caine rodara allí, el Parc Monceau. Este dato sería insignificante si Michael Caine no fuese mi actor favorito. Al darme cuenta de que he estado, por casualidad, en un lugar donde había rodado y rodaría Michael Caine, sin yo saberlo previamente, me sentí más cerca de él y al mismo tiempo más lejos, por haber coincidido en espacio, pero no en tiempo.

A la izquierda Michael Caine y Anthony Quinn en “Contrato en Marsella”. A la derecha Michael Caine y Clémence Poésy en “Mi amigo Mr. Morgan”.

Quizá nunca llegue a conocerle en persona, aunque nunca se sabe, pero acabo de remediar lo de que no coincidamos en un mismo lugar a la misma hora. Ya tengo la entrada para A night out with… Sir Michael Caine, un homenaje al actor que se celebrará el 1 de octubre en el Royal Albert Hall de Londres, en la que además de hacerle una entrevista en la que repasará toda su carrera, a él y a otros amigos que asistirán, la London Symphony Orchestra y cantantes como Joss Stone o Lance Ellington interpretarán en directo la música de las bandas sonoras más emblemáticas de su filmografía mientras proyectan la película en una pantalla gigante.

Al día siguiente del estreno de Mi amigo Mr. Morgan, se publicó un artículo en Babelia (El País) sobre libros que tratan sobre la pérdida de un ser querido y de cómo y por qué se enfrentan los escritores a estos textos. No he leído la novela en la que está basada esta película, La douceur assassine de Françoise Dorner, pero si no difiere demasiado de su versión cinematográfica, quizá podría entrar dentro de esta lista. Mi amigo Mr. Morgan podría ser la hermana, o mejor, la prima amable, optimista y romántica de Amor (2012), de Michael Haneke, aunque en el fondo no se parezcan mucho. Ambas películas transcurren en París y parten de un mismo tema, con diferentes enfoques, y desde ahí derivan a otras subtramas que orbitan alrededor de la principal que tienen en común, pero una es más trágica y la otra más melancólica. En este caso, Mi amigo Mr. Morgan, además de adentrarse en el duelo de un hombre mayor profundamente enamorado de su difunta esposa, toca otros temas como la soledad, los prejuicios, el rencor y el perdón en un contexto de conflicto familiar, o la química y la bondad entre desconocidos, sin dobles intenciones. Cuando aparece, como un ángel de la guarda, la francesa Pauline, a la que da vida una brillante Clémence Poésy, el profesor de filosofía jubilado que encarna de forma entrañable el actor inglés, que aquí hace de norteamericano, empieza a replantearse una cuestión crucial en el duro momento que está atravesando: los motivos para seguir viviendo. Ha perdido todo, sólo le quedan bienes materiales de los que quiere desprenderse, menos de uno, que tiene un valor sentimental estrechamente unido a su mujer. El personaje de Michael Caine, cuya verdad conquista desde los primeros segundos, recuerda lejanamente a otro suyo en una película que también explora el final de la vida y en la que establece otra relación de amistad muy especial, esta vez con un niño que vive en una residencia de ancianos; la maravillosa ¿Hay alguien ahí? (2008), de John Crowley.

La inocente traducción del título en español de esta coproducción germano-belga parece pretender dejarle claro al público que no se trata de una relación entre un hombre mayor y una mujer joven. A pesar de ello, hay espacio para quien lo interprete así, pero no hay morbo en el asunto, es un amor puro que les evoca una figura importante de sus vidas, sin llegar a reemplazarla. Figuras a las que echan de menos y otras a las que odian parecerse. Personalmente, prefería el título original Mr. Morgan’s Last Love, que es un poco más ambiguo. Una historia de amor y amistad, para longevos matrimonios y parejas que empiezan, para padres e hijos con asuntos pendientes, para hermanos y amigos, para cualquiera que extrañe a alguien, es decir, para todo el mundo. Sandra Nettelbeck aprovecha París, como localización, lo justo, pero le otorga un sentido, y aunque por los temas que trata podía haber sido una película mucho más dura, elige un tono, un ritmo y un punto de vista que transmiten paz y cierto consuelo agriduclce, lejos de ser una película oscura y turbia, acompañada por una discreta música compuesta por Hans Zimmer. Como dato curioso, la esposa del actor, Shakira Caine, con la que lleva 41 años casado (media vida), aparece en los créditos finales en “agradecimientos”. No lo sé a ciencia cierta, pero supongo que algo tuvo que ver en la construcción del personaje de Mr. Morgan.

La directora y guionista Sandra Nettelbeck.

La directora y guionista Sandra Nettelbeck.

Decidieron rodar la película en otoño por la tonalidad de grises, marrones y amarillos que le daría a la fotografía y la atmósfera que querían conseguir en sintonía con los sentimientos de los protagonistas (hay un plano, cuando salen a navegar en barca, especialmente hermoso), en localizaciones de Bretaña, Bruselas y en estudios de Colonia, además de París. Un guión adaptado y dirigido por Sandra Nettelbeck, que nació en Hamburgo (aunque estudió cine en San Francisco), donde empezó su carrera profesional en los informativos, como redactora y productora, y dirigiendo películas por encargo para la televisión alemana, por los que recibió ya algunos premios. Entre su filmografía se encuentra Deliciosa Marta (2001), de la que se hizo una versión americana protagonizada por Catherine Zeta-Jones (Sin reservas, 2007), Sergeant Pepper (2004) o Helen (2009).

Hace unas noches soñé con Sir Michael Caine, no era la primera vez. Estaba rebuscando en una tienda de DVD´s y vinilos de segunda mano del barrio londinense del Soho para ver si encontraba algún tesoro, de mi actor favorito, claro, ya que en su país hay material que en España no está ni editado, o está descatalogado. Pero no había nada interesante. En cambio encontré algo aún mejor. Al levantar la vista, miré a través del cristal de la puerta de la tienda, repleta de carteles de cine, y allí estaba él, cruzando la calle con el cuello de la gabardina subido, hacía frío, y sin sus características gafas de pasta, he de puntualizar. Y a pesar de que su bufanda le ocultara medio rostro, le reconocí. Temblándome todo, pero con el valor que se necesita para aprovechar esta oportunidad que presentía nunca más iba a repetirse, salí a la calle deprisa y le hablé. Creo que lo soñé porque un amigo me preguntó días antes que si tuviese la oportunidad de hablar con Michael Caine, qué le diría. No lo recuerdo con exactitud, pero seguramente me presenté diciendo que soy un gran admirador de su trabajo, que colecciono todas sus películas, libros y merchandising que encuentro, pero que aún me queda mucho por descubrir, y eso me alegra. Que le tengo un respeto y un cariño inmenso, como actor y como persona, bla, bla, bla. Cosas de fans, supongo. Él se detuvo y estuvo encantador, cercano, aunque estaba empezando a llover (no llevaba paraguas) e iba con prisa porque había comprado comida caliente para llevar. Intercambiamos tres o cuatro frases banales, nada de fotos ni autógrafos, y nos despedimos estrechándonos las manos. Ambos con una gran sonrisa, pero la mía batió records de felicidad, lo que prosiguió con un montón de lagrimas por haberse cumplido, dentro del propio sueño, mi sueño de conocerle.

Dicen que es mejor no conocer a tus ídolos porque te arriesgas a que se te caiga un mito, pero yo siento que le conocí, y no me decepcionó, aunque ocurriera en sueños y lo recuerde incompleto, como éstos se recuerdan, con una nebulosa visual, sonora y mental. Fue como si me encontrase de repente con un buen amigo al que echo de menos, y con el que sin embargo perdí el contacto: con distancia física, porque la confianza se ha enfriado, pero con calidez al mismo tiempo, por la fuerte relación que nos unió. Cuando en una escena de Mi amigo Mr. Morgan le vi comiéndose un perrito caliente, reviví inmediatamente las sensaciones de este sueño. Me siento un poco como Pauline cuando se encuentra con Mr. Morgan. Si ven la película me comprenderán.