Demasiado pavo

Crítica

“L’âge atomique” (2012), de Hélena Klotz

Por Claudia Lorenzo

Recuerdo la adolescencia como ese momento en mi vida en el que sentí muchas cosas. Todo se instalaba en el estómago y era confuso digerir tantas percepciones, tanto sentimiento alrededor. Escribía mucho, demasiado, sobre chicos y amor, pero también sobre esa visión de la vida que comenzaba a tener. Cuando leo mis diarios de la época me da vergüenza, ajena hacia aquella que los escribió, y propia porque algo de esa cursilería debe permanecer viva en mí.

Todas esas cosas que sentimos en la adolescencia del “Primer Mundo”, esa época tumultuosa pero también mitificada en exceso, es lo que “L’âge atomique” busca recordarnos. En ella, durante poco más de una hora, seguimos a dos amigos, jóvenes parisinos dispuestos a comerse la noche, que se dan constantemente de bruces contra sus propios prejuicios y deseos. Pero, al menos a mí, no me dan ganas de quererles ni desear seguir sus aventuras.

Visualmente, “L’âge atomique” es eléctrica, llena de deseos que transmitir. Sin embargo, igual que me sigue dando vergüenza leer a mi yo de 15 años, me da vergüenza escuchar a estos chicos quejarse de la agonía de la vida adolescente y de sus intensos problemas de bragueta. También respiro un cierto aire a pretenciosidad en el peor sentido de la palabra, algo de lo que todos hemos sido víctimas a su edad. Queda patente el egoísmo adolescente en sus decisiones y el chantaje emocional al que se someten entre ellos, por eso que la historia defienda que lo único que nos puede salvar de “esa edad oscura” sean los amigos, se antoja poco menos que burlón en este asunto.

Como rata de guión que soy, a pesar de algún escarceo con Malick que otro, “L’âge atomique” me deja fría con lo que muestra, porque contar cuenta bien poco. Al contrario que la reciente “To the Wonder”, que a pesar de ser crítica con sus protagonistas te recuerda al amor y todo lo que esto provoca con sus imágenes, en este caso, por muy bello que sea todo, Victor y Rainer son dos chicos con los que, a mis dulces 15 años, no hubiese pasado una tarde. Tampoco interesan en una noche llena de bailes, desventuras, groserías y sesgos de incomprensión que van lanzando allá donde pasan. Lo único que pides es que maduren y que, por Dios, se les pase la tontería.

Personalmente, puestos a recordarnos sin miedos y con gracia, me quedo con los personajes adolescentes de John Hughes.