Demasiado familiar

Tokio1

Crítica

Una familia de Tokio (2013), de Yôji Yamada

Por Claudia Lorenzo

Una pareja de ancianos viaja a Tokio a visitar a sus hijos. No salen mucho de su pueblo, localizado en una isla, pero tienen ganas de ver cómo les va a los retoños en la capital.

De entrada el pequeño, Shuji, se confunde y va a recogerlos a la estación de tren equivocada, así que la pareja se ve obligada a coger un taxi para llegar a casa del hijo mayor, Koichi, médico y padre de familia, que les agasaja con una reunión familiar y una comida copiosa. Como no es oro todo lo que reluce, tras el esfuerzo inicial cobra vida la teoría de que los padres, aunque encantadores, son un incordio para el hijo, así que se trasladan – o les trasladan- a casa de su hija, Shigeko, propietaria de una peluquería. Ella tampoco está demasiado contenta con los ocupantes y, además, tiene una reunión que organizar en su casa y necesita el espacio que los ancianos ocupan. Entre ella y Koichi deciden enviarlos a un hotel cerca del mar, un lugar lujoso e impersonal que se supone que tiene que epatarlos. Pero tras una incómoda noche los padres deciden volver a casa de sus hijos. Ni Shigeko ni Koichi pueden acogerlos por la noche, así que la madre decide instalarse en casa de Shuji y el padre queda con un antiguo amigo y acaba emborrachándose. A la mañana siguiente, un abuelo resacoso hace acto de presencia en casa del hijo mayor y, tras limpiarle la casa a su pequeño, la abuela se encuentra con él. Viene feliz tras haber conocido a Noriko, novia de Shuji. La tragedia arrecia y, al final, los hijos desvelan su verdadero rostro ante sus padres y aquella chica ajena a la familia se convierte en la esperanza de la misma.

¿Les suena? Probablemente porque, salvando las distancias –sobre todo temporales-, es la historia que filmó hace sesenta años Yasujirô Ozu en Cuentos de Tokio. Actual hace años y actual hoy en día, la película nos recuerda cuáles deberían ser las prioridades en cualquier vida que merezca la pena. Y no, no me refiero a trabajar duro, ganar dinero y tener una buena posición social. Lo que los artículos poco sutiles y evidentes pregonan cada día en Facebook – ah, ironías de la vida-, nos lo contó Ozu hace décadas y este año, con Espiga de Oro mediante, Yôji Yamada en Una familia de Tokio.

Una familia de Tokio es una película pausada, bonita y con un mensaje claro – aunque la insensibilidad de los hijos en el tercer acto roza la caricatura-. Retrata a la sociedad japonesa de puertas para adentro como ningún reportaje periodístico es capaz de hacer –y como hizo Una separación con Irán-, y contiene unas interpretaciones bárbaras de todo el elenco, destacando a la pareja protagonista que derrocha benevolencia, interpretada por Isao Hashizume y Kazuko Yoshiyuki. Una mirada de Yoshiyuki vale por una entrada de cine.

Sin embargo, conociendo a su predecesora y siendo conscientes de qué lugar ocupa en la historia del cine, no cabe más que preguntarse: ¿era necesario versionar una película que ha envejecido tan bien?