De vuelta de todo

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Crítica

Lucy (2014), de Luc Besson

Por Claudia Lorenzo

En cuarto de la ESO – con quince años, por si ya no existe ese sistema educativo cuando leáis el artículo- decidí huir de las ciencias y hacerme una mujer de letras, con tan mala suerte que al final, por no llegar al mínimo requerido, tuve que conformarme con las ciencias sociales – que no están mal, pero no eran mi principal opción-. Sin embargo, aunque la física y, sobre todo, la química me espantaban, decidí apuntarme a biología porque tenía una curiosidad extrema por lo que se enseñaba en la clase. No estaba equivocada, y salí maravillada de aquella asignatura, a pesar de que hoy en día casi todo se me ha olvidado. Sin embargo, hay un momento histórico que probablemente recuerde siempre. Estudiando a Lucy (la histórica, no la de la película), una de mis compañeras levantó entonces la mano y, cuando el profesor le dio paso, se dispuso a preguntar: “¿Y cómo sabían que se llamaba Lucy?”.

He aquí la prueba fehaciente del mito de que los seres humanos sólo utilizan una parte de su cerebro, al menos en las ocasiones en las que más empanados estamos. En un artículo de Indiewire, uno de los críticos comentaba que el 65% de los habitantes de Estados Unidos cree de verdad la leyenda urbana de que sólo usamos un 10% de nuestro cerebro. Tristemente, un 5% menos cree en la Teoría de la evolución, lo que viene a significar que preferimos confiar que somos tontos pero podemos llegar a ser muy listos en vez de asumir que venimos del mono.

Cuando lean esta crítica probablemente ya les habrán bombardeado, por activa y por pasiva, con la información de que eso del 10% es una mentira como una casa. Y lo es. Sin embargo, en nombre de los nueve años que Luc Besson pasó planeando la película que nos ocupa, Lucy, hagamos como que no lo sabemos.

La protagonista del título (Scarlett Johansson) es una estudiante que vive en Taipei. Su rollo de una semana la engaña para que entregue un maletín a un poderoso traficante y, una cosa por la otra, la mujer acaba operada y cosida, con una bolsa de polvito azul incrustada en el interior del abdomen. El trato es que haga de mula y vuele a una ciudad con el paquete en su interior, donde se lo extraerán y podrá seguir con su vida como si nada. Sin embargo, unos tipos deciden molerla a palos antes de embarcarla en el avión y el polvito se sale de la bolsa y se mezcla con sus órganos internos, haciendo que desarrolle capacidades hasta entonces desconocidas para los humanos.

Intercalado con todo esto vemos una clase magistral que está impartiendo el Profesor Norman (Morgan Freeman), que explica todo eso de que infrautilizamos el 90% de nuestro cerebro, pero que, si usásemos más porcentaje del mismo, seríamos no sólo listos como el hambre sino superhéroes. Seríamos, nos dice la película, como será Lucy. Y ya que lo dice Freeman, durante unos segundos asentimos absortos. Ese hombre es capaz de vendernos lo que sea.

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El problema de Lucy es que, una vez que la muchacha comienza a desarrollar sus capacidades, la tensión desciende hasta desaparecer. Nadie es capaz de hacerle frente, nadie puede interponerse en su camino, no hay ni habrá un antagonista racional y existente (de ahí los bien hallados 90 minutos de duración). Hay, es verdad, una carrera contrarreloj para vencer a su propia naturaleza pero, teniendo en cuenta que la mujer consigue dormir a diez o quince paisanos armados con un movimiento de manos, dudamos mucho que algo la vaya a parar.

La locura llega hasta el punto en que Besson decide ignorar todas las leyes de la lógica y pedirnos que, si hemos dado un salto gordo asumiendo la tontería del 10%, ahora debemos darlo aún más, ya que alcanzar el potencial total de nuestras capacidades significa mover a los demás, controlar las ondas y la materia y, sobre todo, tener poder sobre el tiempo. Y el tercer acto, ay el tercer acto que es como tomarse un tripi antes de ver El árbol de la vida, es una ida de olla bastante impresionante. Besson tiene la capacidad de saltarse a la torera cualquier tipo de estructura preexistente en un filme de acción y salir por peteneras. Lucy, como tal, es un ser, una mujer, mucho más ocupada consigo misma y con qué hacer con su poder, como para perder el tiempo liándose a mamporros con los mafiosos de la droga, los policías franceses o cualquier otro que se interponga en su camino. La gente habla de Scarlett Johansson como heroína de acción, pero reparte mucho más en las películas de la Viuda Negra que en Lucy. Precisamente porque está a otras cosas.

Ahora mismo hablar de las maravillas de la Johansson resulta tremendamente redundante. Llevamos viviendo con ella años y cada vez que se saca algo nuevo de la manga (choni en Don Jon, máquina de voz seductora en Her o alien en pelotas en Under the Skin) nos sorprende. En Lucy, Scartlett no es mejor que en Capitán América: El soldado de invierno, o más letal que la extraterrestre. Sí es, sin embargo, una heroína nueva, un tipo de personaje que deja a los demás pegarse por sus cosas, por sus tonterías, mientras ella se dedica a más importantes menesteres. Es el icono de acción que demuestra que una película encabezada por una mujer no significa que la mujer se tenga que dedicar a lo mismo que el hombre.

Es fácil recordar en ella a la Samantha de Her, y también es sencillo remitirnos, en una escasa escena en la que habla por teléfono con su madre, a la vulnerabilidad de la Charlotte de Lost in Translation. Pero, sobre todo, es divertido compararla mentalmente con la LeeLoo del Quinto Elemento, esa mujer venida del espacio, más perdida que un pato en un garaje en la Tierra, que absorbe conocimientos del ordenador como si fuesen zumos de frutas, que se pega con quien haya que zurrarse, y que se siente abrumada por la responsabilidad que le ha caído en gracia.

Homenajeando al Chris Tucker de esa película, definiría los conceptos científicos y lógicos de Lucy como “verdes, super verdes”. Pero si dejamos el 90% de nuestro cerebro en taquillas antes de entrar a la sala, el viaje, y sobre todo el colocón final, serán amenos, interesantes y, en ocasiones, divertidos. Han sido nueve años de la vida de Luc Besson, al menos veamos en qué ha invertido su tiempo.