De tour por Norteamérica

Cartel de The Bloody Ballad

Cartel de The Bloody Ballad

Por Claudia Lorenzo

En los festivales pasan, de vez en cuando, cosas bonitas. Hace unos días hice un tour literario por los pubs de Edimburgo, en el que dos actores nos contaban la vida de los escritores más importantes de la ciudad a partir de los bares que habían frecuentado. Así Robert Burns, Walter Scott o Robert Louis Stevenson volvieron a la vida mientras pasábamos por The Beehivee Inn, The Jolly Judge o Ensign Ewart, clásicos locales de la zona vieja. En el tour conocí a Paul Thompson, un canadiense que venía a Edimburgo como director de un espectáculo en el Fringe, “Hirsch”. Nos habló del mismo y nos comentó que deberíamos intentar incluirlo en nuestro horario.

Así que una de las chicas de tour y yo hicimos lo propio y fuimos, en el tercer día de Fringe, al Pleasance a ver esa obra de teatro. La zona del Pleasance, que está compuesta de varias salas alrededor de unos patios, bullía entre cervezas, perritos calientes y helados. Como su nombre indica, el festival es una fiesta y durante el fin de semana se ve que la ciudad se lo ha tomado en serio. Así que, acompañadas por el jolgorio, nos dirigimos a la representación, en la que observé mayor asistencia de público que en las anteriores obras a las que acudí. Claro que no sabía yo, tuvo que decírmelo otro canadiense del público, que mi compañero de tour, el tal Thompson, era una institución en su país.

“Hirsch”, una vez más una pieza con un solo actor en escena, cuenta la historia de John Hirsch, húngaro huérfano tras la Segunda Guerra Mundial, que emigró a Canadá a finales de los años 40 siendo un niño y que se convirtió en uno de los directores teatrales más importantes del país. La producción pertenece al Stratford Festival, importante cita anual de la dramaturgia anglosajona, y el texto está escrito a cuatro manos por Thompson y Alon Nashman, que también es su intérprete.

Introduciendo la pieza como un homenaje a Hirsch, Nashman inmediatamente se transforma en él para explicarnos cómo fue su infancia, su juventud, su lucha por crear una producción dramática importante en Winnipeg, primera ciudad canadiense en la que vivió, su co-dirección y posterior dirección a solas del mismo Stratford Festival y, sobre todo, la propia búsqueda de una identidad húngara, judía, homosexual y teatral. Ahogado por los demonios de su pasado durante la ocupación nazi, por los recuerdos de toda su familia, muerta en la guerra, y por lo que significó y significaría abrazar su religión y su cultura, Hirsch volcó toda su pasión en el drama, y dirigiéndolo lo llevó a cotas insospechadas. Nashman interpreta en soledad a este hombre, y también a todos aquellos personajes que pasaron por su vida. Incluso se recuerda a sí mismo de joven, trabajando en una obra dirigida por el maestro y siendo maltratado verbalmente por él. El texto no huye de todos los claroscuros que poblaron la personalidad de Hirsch y Nashman tampoco lo hace, provocando lágrimas y carcajadas en diferentes momentos de la representación, con una puesta en escena básica pero en constante movimiento que deja claro que, si hay una historia sólida que contar, el público se cree que una sábana blanca en el suelo representa sin duda alguna la nieve helada de Canadá.

Y de Hungría y el norte más norte de América, al medio-oeste de Estados Unidos. La compañía de teatro Gagglebabble presenta, en la sala Roxy de Edimburgo (otra de las grandes), la obra “The Bloody Ballad”. Escrita a partir de una leyenda galesa, la historia se re-localiza en los años cincuenta y se llena de rock ‘n’roll en algo que se podría definir como un “’Grease’ con ambientación de ‘Malas Tierras’ y chorretones de sangre muy a lo Tarantino”. Mary es una joven que regenta la gasolinera de su padre y vive miserablemente en uno de esos pueblos perdidos de la América profunda. Pero un día Connor, un nuevo chico, llega a la ciudad e intenta cortejarla. El amor da paso a la traición, y ya se sabe que de ahí al asesinato sólo hay un susto. Entre medias, mucha música a cargo de Lucy Rivers (co-creadora de Gagglebabble, protagonista, cantante, guitarrista y violinista), Hannah McPake (segunda cabeza de Gagglebabble, actriz secundaria en la obra, coros, bajista, acordeonista y violoncelista) y los chicos Tom Cottle, Dan Messore y Oliver Wood (Connor). A pesar de sus acentos, todos venidos de Gales.

Sí, acostumbrada a otro tipo de espectáculos, cinco personas en un escenario, un porrón de instrumentos, gente que se desdobla, se viste y se desviste en un santiamén y es capaz de entretener, con esta historia de amor y dedos que vuelan, a una audiencia de mediana edad que acaba dando palmas con la canción final, se merecen una ola. La cantidad de talento por metro cuadrado que había ante mis ojos abruma.

Por cierto, el Tattoo ha comenzado y tras cada uno de sus espectáculos tiran fuegos artificiales. Eso significa que tenemos dosis diaria de los mismos y sesión doble los sábados. Edimburgo, ya lo he dicho, es una fiesta.