De jóvenes rebeldes

Tamsin Egerton (Ophelia) y Callum Turner (Bill Rohan) © Sophie Mutevelian. Courtesy of BBC Worldwide North America

Tamsin Egerton (Ophelia) y Callum Turner (Bill) © Sophie Mutevelian. BBC Worldwide.

Crítica

Reina y patria (2014), de John Boorman

Por Joan Colás

¿Cuántas veces hemos visto lo mismo en el cine? jóvenes rebeldes que no acatan las normas establecidas, soldados con secuelas psicológicas provocadas por la guerra, militares con miedo de ir al campo de batalla… Ahora John Boorman trata estos y otros temas reconocibles en la continuación de su película de 1987 Esperanza y gloria.

Reina y patria comienza con las imágenes de Bill, el protagonista de su anterior film antes de que empiece la II Guerra mundial y sigue con él a los 18 años contemplando como en su casa se rueda la muerte de un soldado. Es 1952 en un pequeño pueblo de Inglaterra y Bill empieza su camino a la edad adulta. Pero poco tiene que ver con Antoine Doinel.

La última película de Boorman es mucho más liviana y se centra en el camino a la madurez de Bill. El director sigue los pasos de ese niño de la guerra que ahora, a los 18 años, es reclutado para cumplir el servicio militar obligatorio. Pero ha crecido, y si de pequeño quería a Hitler por haber empezado la guerra y dejarle sin colegio, ahora aborrece la educación castrense.

En la mili encontrará un aliado, Percy, otro joven rebelde que se burla de la disciplina y con el que se enfrentará a sus superiores y a sus primeras escapadas amorosas teniendo la absoluta certeza de que viven en un país libre y vencedor donde no hay nada que temer y pueden campar a sus anchas. Por eso Boorman abandona el drama para seguir la historia de amor de Bill con una joven. Con estas superficiales aventuras amorosas Boorman realiza un film correcto a nivel técnico y con buenas dosis de humor y sin olvidar ciertos retratos de la sociedad en los que el cineasta es todo un experto.

Y precisamente en esos momentos, cuando abandona las aventuras y picarescas de los jóvenes protagonistas y se centra en los encuentros familiares y escenas más íntimas, el director inglés despliega su talento y su mirada afilada para profundizar en la mentalidad de todos y cada uno de los personajes en pantalla, con pocas líneas de diálogo, acercándose a los rostros de los personajes y dejando claro que pese a los problemas hay que seguir adelante. Boorman ofrece una pequeña joya que se acerca a lo intimista, con una gran gestión de los tiempos, evitando que el ritmo de la película decaiga. Y es entonces, cuando poco importa que la historia se haya contado mil veces, si el resultado final es tan decente como Reina y patria.