De intercambios y herencias

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Crítica

De tal padre, tal hijo (2013), de Hirokazu Koreeda

Por Genoveva Santiago

El enfoque en principio no es nada artificioso. Dos familias descubren que sus hijos, ahora de seis años, fueron intercambiados al nacer. El conflicto es claro desde el principio: el hijo al que han estado criando todo este tiempo no es realmente de su sangre. Conocemos el problema primero desde el punto de vista de la primera familia, y sobre todo del personaje protagonista, el padre, un hombre de negocios obsesionado con su trabajo en la oficina, cuya familia vive en un piso impecable que parece un hotel, y cuyo hijo único intenta agradar a su padre aunque la disciplina férrea cotidiana a la que es sometido no sirva para estimular en él dotes que no posee. Pronto se nos presenta a la otra familia, un matrimonio de clase humilde con tres niños, cuyo padre administra una curiosa tienda de ésas que es un batiburrillo de cachivaches y donde él se dedica a arreglar todo tipo de cacharros.

Orden, rigor, disciplina, instrucción frente a vorágine, flexibilidad, vínculo y esparcimiento. Comienza la partida.

La herencia. Un caos de preguntas, y en medio la cuestión de la sangre. El vínculo. ¿Cuáles son los lazos que de verdad importan?

El argumento de la sangre parece incontestable para nuestro protagonista, y pronto comprendemos que también él lo ha mamado desde pequeño. Para su familia, nada hay más importante que la herencia genética. Y esas frases que resuenan sin cesar después de salir del cine: “Ese niño no se te parece” o “Ahora lo entiendo todo”. O los incesantes “¿Por qué?” de dos niños de 6 años que de pronto son el centro de una misión que no llegan a entender del todo. Parecerse. Toda una obsesión.

Soshite chichi ni naru (De tal padre, tal hijo) está llena de escenas conmovedoras de comunicación, de contacto, de convivencia. Un padre y un hijo tocando a dúo el piano, un niño en el cole construyendo un regalo para su padre, una cena familiar… Y sobre todo un progenitor, el de la segunda familia, que es todo amor y devoción para con sus hijos. Menudo contraste… Rigidez y seriedad frente a juego y cariño. Un iceberg congelado de pronto descubre el calor de una chimenea.

Y una marea de preguntas subterráneas: ¿cómo será mi hijo genético? ¿Se me parecerá más que el que tengo ahora? ¿Será más hábil, tendrá más cualidades para triunfar que mi hijo…?

Y el espectador también se interroga: ¿puede un protagonista así, tan ambicioso e individualista (egoísta, me surge decir); un hombre moderno que se ha consagrado al trabajo por encima de la vida familiar, cambiar su forma de ver el mundo y su papel en el seno de su propia familia? A bote pronto parece complicado, pero este director se ha tomado el tiempo de hacer un retrato maravilloso de cada personaje, sus contradicciones y su evolución, de tal forma que no necesitamos clichés ni melodramas para darnos cuenta de que, simplemente, un padre puede no sentir un gran vínculo con su hijo. Y viceversa.

El argumento es tremendamente sencillo y carece de alardes más allá de lo que es, pero Hirokazu Kore-eda logra que su película sea distinta, sutil, una invitación a la reflexión y una inmersión delicada y aguda en el imperio de la emoción, la de verdad. Punzante, pero suave. Y persistente.

Familia, linaje, sangre. La sensibilidad que irradia esta película por medio de una puesta en escena deleitosa y sosegada, una banda sonora que mece a través de unos pocos acordes de piano, y todos los elementos cinematográficos conjugados con esta singular tranquilidad, sutileza y depuración, hacen que sea una película muy recomendable para sentir e imaginar.