De cisnes al todo gratis

Roulston & Young en Songs for Cynics. Fotografía de Justin David.

Roulston & Young en Songs for Cynics. Fotografía de Justin David.

Por Claudia Lorenzo

Recuerdo un número del ¡Hola! de cuando yo era pequeña. En la portada, una mujer guapa, bellísima, emergía del agua mirando a cámara, con el pelo mojado peinado hacia atrás. Le pregunté a mi abuela quién era y me dijo que, ay, Gracia de Mónaco, una princesa de cuento de hadas que había muerto muy joven. Me llevó algunos años darme cuenta de que esa Gracia era Grace Kelly, actriz de Hollywood, musa de Hitchcock y cisne convertido en pájaro enjaulado. Porque no sé si sabéis que el ¡Hola! nos mintió descaradamente.

Grace Kiley (está bien escrito, lo juro) interpreta en el Fringe “Longing for Grace”, obra de teatro con una única actriz, en la que Grace Kelly, testigo en su propio funeral, nos cuenta cómo fue su vida y de qué cosas se arrepiente. El texto hace especial hincapié en el hecho de que Kelly renunció, o fue obligada a renunciar, por ser miembro de la realeza, a aquello que más la enamoraba, la interpretación. A través de los pasos que dio antes de casarse con Raniero de Mónaco y de la existencia que vivió después, la actriz exterioriza la angustia de alguien que pudo tener toda la libertad del mundo y que acabó siendo víctima de su propia vida. Es escalofriante el momento en el que se narra cómo los monegascos se opusieron a su vuelta a Hollywood para rodar “Marnie, la ladrona” y cómo eso la rompe por dentro definitivamente.

A mí la Kelly no me da ninguna envidia, pero sí que me la da la Kiley, que escribió el texto de este proyecto tan cercano y personal. Como el encargado de “The Hat, the Cane, the Moustache”, la actriz se echa a hombros ella sola el espectáculo completo, un monólogo de una hora en el que cubre las diferentes edades de Grace Kelly e intenta explicar cómo fue la vida de la actriz reconvertida en realeza. A pesar de las ironías y la risa, a una se le rompe el corazón.

Si bien la mañana del festival fue un tanto trágica, la tarde fue más graciosa. Siguiendo la máxima escocesa de que podemos tener doscientas mil estaciones en un mismo día, lo que parecía un huracán lluvioso se transformó en un día cálido y soleado y la Nueva Ciudad, que ha abrazado el ambiente festivo tanto como el casco antiguo, se llenó de gente decidida a disfrutar de un trago y un buen espectáculo.

Dejadme que os hable ahora del Fringe gratis, porque es una parte importantísima del asunto. Mientras que muchos espectáculos, como cualquier obra de teatro normal, requieren una entrada, hay otros tantos que ofrecen el proceso inverso: lo ves y, si te gusta, contribuyes al finalizar en un cubo que van pasando y en el que se deja la voluntad. Este sistema de pago no es, por supuesto, obligatorio. Si el espectáculo ha gustado pero no hay calderilla, siempre aconsejan correr la voz.

A uno de esos fui yo, un cabaret llamado “Songs for Cynics” (Canciones para cínicos), creado por el dúo británico Roulston & Young, piano y voz respectivamente. Fue brillante. Divertido, irónico, con su dosis permitida de cinismo, un humor inteligente impreso en las letras de las canciones y una cantante con una voz bonita. A través de la música cubrieron aspectos descacharrantes de las relaciones, el amor, la maternidad (la canción titulada “Por favor no me hagas coger a tu bebé” es dramática hasta que te dan la razón de la petición: “tu bebé es feo como el demonio”). Lo mejor es verlos en acción (el álbum de su actuación se puede escuchar y comprar en la Red, pero no es lo mismo) y recomiendo, a todos los que estén en Edimburgo o vayan a estarlo en próximas ediciones, encontrar un bar que programe espectáculos gratis e ir a probar suerte un día. Lo mejor que puede pasar es toparse con algo como lo que yo me encontré ayer, que reafirma la teoría de que hay mucho más talento en el mundo que capacidad para absorberlo, porque no es medio normal que esta gente no sea más conocida.

El Fringe gratis ha sido todo un descubrimiento hasta desde el punto de vista del negocio. Porque si un espectáculo con entrada sólo reúne a siete u ocho (se considera que para ser “un éxito” se deben tener de media seis espectadores por función) pero uno gratis consigue unas veinte o treinta, que al final dan dinero, igual es más rentable abrazar la gratuidad. Al menos al inicio. Y si eres consciente de que tu montaje merece la pena.

Seguiremos estudiando el asunto.