Danzad, danzad, malditos

El Arlequín y Columbina en "Pierrot Lunaire"

El Arlequín y Columbina en “Pierrot Lunaire”

Por Claudia Lorenzo

La imagen es preciosa. Pierrot, rodeando con los brazos la barra de una estructura alta, se balancea mirando a la luna. Es inocente, está medio dormido y, como personaje, nos encandila enseguida. Pero llega Columbina, mujer fatal de la Commedia dell’Arte y, tras juguetear con él se va, para volver a aparecer rodeando con sus brazos el cuerpo del Arlequín. Pobre Pierrot.

A partir de la traducción al alemán (a cargo de Otto Erich Hartleben) del poema “Pierrot Lunaire” de Albert Giraud, el compositor Arnold Schoenberg creó a principios del siglo XX un conjunto de canciones destinadas a ser interpretadas por una narradora, normalmente soprano, que las leería en estilo Sprechstimme, cuya traducción literal es “canción hablada”. La composición incluye veintiuno de los poemas de Giraud, en los que Pierrot habla del amor, sexo, religión, violencia, blasfemia, crimen y, finalmente, de su vuelta al hogar. El conjunto musical que acompaña a la narración se compone de una flauta, un clarinete, un violín, un cello y un piano. Semejante grupo se denominó, desde entonces, el “conjunto Pierrot”.

En 1962 el coreógrafo americano Gen Tetley presentó con su compañía un ballet inspirado en esta composición, en el que mezclaba la danza moderna con la clásica. Y ahora, en 2013, la compañía nacional escocesa, el Scottish Ballet, ha puesto en pie esa coreografía. Como parte del Festival Internacional de Edimburgo se ha presentado una sección completamente dedicada a esta compañía llamada “Dance Odysseys”. Como parte de ella, además de diferentes coreografías, es posible asistir a charlas, proyecciones y demás actividades relacionadas con la danza. Pero el grueso es, obviamente, lo que ocurre sobre el escenario.

Ayer se presentó en el Festival Theatre de Edimburgo el “Pierrot Lunaire” del Scottish Ballet. El teatro estaba a rebosar, lo cual nos lleva a observar una vez más que en Edimburgo, o en Escocia, no sólo son capaces de mantener a una compañía de danza propia, con producciones propias y bailarines contratados. ¡Es que además venden entradas! Algún día os comentaré cómo cada pueblo perdido de esta nación tiene un festival de artes o de libros y os corroerá la envidia. Pero volvamos al hecho de que el ballet llena, noche tras noche, el patio de butacas del teatro.

Los tres solistas (Pierrot, Arlequín y Columbina) abrazaron con bravura el empeño. Bailaron con convencimiento, arte y, en ocasiones, mucho despliegue físico. En otros momentos, a la hora de hacer algún que otro arabesque, se podía percibir el tembleque de los bailarines. Más de uno temimos que se dejasen los dientes en el empeño, pero los titubeos no fueron a mayores. La puesta en escena, minimalista, con una única estructura como decorado por la que las figuras subían y bajaban, era perfecta para la ambientación y su necesidad de espacio. El vestuario, en ocasiones largo y vaporoso, ocasionó algún que otro rompedero de cabeza a los intérpretes, que tuvieron que navegar estratégicamente alrededor de él para no anudarse el pie en alguna prenda de ropa.

En resumen, “Pierrot Lunaire”, como parte de Dance Odysseys del Festival Internacional, es un esfuerzo loable que, sin ser perfecto, es visualmente bello.

En el Fringe, las compañías Théâtre Sans Frontières, británica, y Teatro Tamaska, canaria, ponen en pie “Canary Gold”, una historia de bucaneros y engaños que comienza con las aventuras del pirata Drake hace 500 años y finaliza en una reunión de inversores. Sobre toda la historia planea el valor de unas botellas de vino de Malvasía y las trampas y mentiras de siglos de banqueros y poderosos. Sin ser demasiado sutil, la historia es una sátira sobre la situación económica contemporánea. Está interpretada en tres idiomas, inglés, español y francés, y resulta entretenida aunque, entre tanto flashback y cambio de personajes (todos están a cargo de los cuatro actores principales), es confuso entender qué es cierto y qué es farsa en este cuento porque la narración intenta ser tan fragmentada que en ocasiones es difícil encontrar la unión.

Aunque el Fringe lleva casi tres semanas en pie, ni los espectáculos ni las calles de Edimburgo dejan ver el cansancio de sus ciudadanos (y ha de ser mucho, porque hay gente hasta debajo de las piedras). Quedan aún incontables cosas por ver y muchas recomendaciones que seguir.