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Crítica

Truman (2015), de Cesc Gay

Por Claudia Lorenzo

Se requiere talento y mucho trabajo para hacer que algo difícil parezca sencillo. Presentar y sostener un trabajo como Truman puede parecer simple pero si fuese así, tendríamos Trumans todos los viernes.

Valiéndose de las interpretaciones de sus dos protagonistas, unos Ricardo Darín y Javier Cámara con estupenda química, Cesc Gay y Tomás Aragay escriben una historia contenida en cuatro días, los que pasa Tomás, venido de Canadá a Madrid, con su íntimo amigo Julián, un actor aquejado de un cáncer terminal que ha decidido interrumpir su tratamiento. Los guionistas, en una decisión sabia, deciden dejar fuera del filme todo aquello anterior o posterior a los días en los que tiene lugar el reencuentro y se apoya en sus intérpretes para establecer, sutil pero efectivamente, la importancia de su relación y la trascendencia de su cariño. Tampoco abrazan Gay y Aragay la melancolía ni la tragedia de la muerte desde una perspectiva dramática, sino que se apoyan en el humor, en ocasiones negro, en ocasiones básico, que surge entre los diálogos de dos personas cuya confianza, como dice el dicho, da asco.

Así Darín, en un papel grandioso en el que desaparece, empequeñecida su grandeza en beneficio de la trascendencia de su situación, se enfrenta a su inminente final con el objetivo de colocar a su perro, Truman, en una familia adoptiva. Y Cámara, ejerciendo de amigo fiel, ése que puede objetar pero que, en última instancia, comprende, recibe las excentricidades, confesiones y observaciones de su colega con una tolerancia magnífica y una atención significativa en un actor que se entrega a su personaje. Ambos son capaces de abrazar la eternidad de su relación y el trato que nunca cambia, pero también de asimilar las circunstancias extraordinarias de esos momentos y utilizarlas como munición para sus intercambios. Gay no tiene ningún pudor en recrearse en el viaje de dos compañeros que no tienen mucho más que hacer que pasar tiempo juntos, pero enriquece de tal forma a los personajes y sus conversaciones que uno podría estar horas escuchándoles y formando parte de su amistad.

Con un guión clavado que parece sencillo, unos diálogos inolvidables que requieren mucho trabajo para ser auténticos y espontáneos y una ristra de escenas descacharrantes y emotivas (en las que participan muchos de los sospechosos habituales del cine de Cesc Gay), Truman pretende hacernos creer que una joyita como ésta simplemente sale. Pero no es así, y por eso celebramos el lujo de poder compartir tiempo con Tomás y Julián. Aunque sea poco.