Cuando las cosas no suceden como se han previsto

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Crítica

La segunda mujer (2012), de Umut Dag

Por Paco Montalbán

Año 2012, en un pueblo de la Turquía profunda. La joven Ayse (Begüm Akkaya) celebra su boda con Hasan (Murathan Muslu) y la pareja se traslada a vivir a Viena, donde reside su familia política. Pero cuando llega allí la cosa no es lo que parece. En realidad se ha casado con Mustafá (Vedat Erincin), padre de Hasan y mucho mayor que ella, a instancias de Fatma (Nihal Koldas) su primera mujer, que quiere que una segunda esposa cuide de su familia cuando ella falte. Tres chicas –una de ellas casada con un maltratador y con un hijo- y dos varones –el mayor emigrante en Alemania- completan la célula familiar, en torno a la cual gira toda la película. Ayse es recibida con división de opiniones, pero Fatma la integra en la unidad y la trata con cariño para prepararla cuando llegue el fatal desenlace. La bondad de Ayse se irá imponiendo en la casa, hasta que realiza una acción que transformará la vida de todos.

La segunda mujer es una película sobre las relaciones entre los miembros de una familia turca emigrada a Austria, con los padres apegados a las tradiciones musulmanas, mientras que las nuevas generaciones, ya educadas en la cultura de Europa Occidental, van cambiando de mentalidad.

La cultura musulmana está presente a lo largo del film: mujeres y hombres separados en cualquier acontecimiento, ya sea celebración -comida, baile-, o funeral; asunción de la poligamia, aunque sea a iniciativa de la primera esposa; cráneo en el suelo en los rezos obligatorios; relegación de la mujer a las labores domésticas; bodas pactadas entre cabezas de familia; importancia de las opiniones del resto del colectivo; ocultación de la homosexualidad; todo ello lo experimenta Ayse, quien ha abandonado su pueblo para meterse en una casa de un barrio vienés, al cuidado de toda su familia política, con la supervisión y apoyo de la coesposa. El reducido círculo en el que se desenvuelve la emigración turca en Europa está marcado por los espacios comunes donde se relacionan –parque con los niños y supermercado- y en las visitas a casa de los amigos de la familia.

La articulación de la película a través del punto de vista de las mujeres obliga a que la mayoría de las escenas se desarrollen en el interior de la casa, con predominio de la cocina y el salón. Artísticos planos en cuanto a la composición fotográfica, coloridos contrastes lumínicos y encuadres muy estudiados se suceden en la obra, pero resultan un tanto deslavazados e inconexos en lo que se podría denominar un estilo basado en un esteticismo estático, carente del ritmo cinematográfico necesario para proporcionar dinamismo a la trama.

El director se permite un guiño humorístico con la audiencia cuando a la escena en la que la cirujana comunica a la familia el resultado de la operación -acabada en un fundido en negro-, le sigue una secuencia en el cementerio –al fin una luz exterior de un campo, aunque sea un camposanto- donde el difunto es una persona diferente a la esperada por el espectador. Secuencia en la que se percibe el intento de las nuevas generaciones de romper con la tradición, al situar a dos de los hijos de distinto sexo en una zona intermedia entre la agrupación masculina y la femenina.

La veterana actriz de teatro Nihal Koldas borda el papel de mujer tradicional musulmana y su versatilidad interpretativa se manifiesta, tanto en su vertiente de sacrificada madre y esposa, como en la furia que exhala cuando se siente traicionada por Ayse. Por su parte, la bella y joven actriz Begüm Akkaya interpreta su primer papel protagonista y lo encara con la contención, pero también con el vigor, que requiere el personaje.

El joven director de origen kurdo Umut Dag, de padres obreros emigrantes, se crió en un barrio de Viena y estudió bajo la dirección de Michael Haneke. No cabe duda de que la película le ha supuesto un difícil equilibrio entre la narración de la triste vida de las mujeres musulmanas relegadas a paisajes interiores, y la necesidad de evitar la potencial claustrofobia en el espectador, quien recibe una sucesión de imágenes muy plásticas, pero con lento pulso narrativo. La segunda mujer es su primer largometraje, por lo que habrá que esperar a su próxima obra para tener una idea más precisa de sus aptitudes.