Crítica que algo queda

Opinión

Por Miguel Olid

Hace casi 65 años la revista de cine “Cámara”, fundada y dirigida por el jienense Antonio de Lara, “Tono”, publicó un curioso artículo titulado “Los diez mandamientos del crítico” en el que recogía el decálogo del periodista brasileño Rui Costa que todo buen crítico de cine debía cumplir. Algunos de estos “mandamientos” tienen plena vigencia, como el de no tener intereses comerciales con las películas criticadas, pero a pesar de su obviedad algún caso ha habido en que un crítico de cine ha publicado en un diario la reseña de una película producida por una compañía en cuya plantilla figuraba. No es precisamente muy ético ni estético pero así sucedió. En cualquier caso, los más significativos son los restantes puntos de este peculiar decálogo, como los que señalan que el crítico de cine debe tener al menos 40 años, “pues antes de esa edad no es probable que tenga madurez suficiente para enjuiciar a profesionales veteranos”, o que “debe tener una estatura de, por lo menos, un metro sesenta y siete, porque es frecuente que la exigüidad física despierte sentimientos de inferioridad siempre perturbables de la ecuanimidad indispensable”. Rui Costa insiste en el aspecto de todo crítico de cine al indicar que no debe tener ningún “defecto físico que ocasione recónditos sentimientos de animosidad contra sus semejantes más afortunados” o padecer del estómago, los riñones o el hígado, porque le puede afectar al buen humor. Producto de una época muy determinada, finales de los años 40, en plena postguerra, el decálogo adolece también de buenismo como cuando señala que el crítico debe proponerse hacer siempre el bien con su crítica, sin que sus elogios esperen otros elogios en recompensa, abstenerse de criticar a sus enemigos personales, y en caso de elogiar a un amigo íntimo debe advertirlo al lector. Tampoco olvida que no se debe guiar por las opiniones de su mujer (dando por sentado que sólo los varones pueden dedicarse a este oficio), amigos o jefes.

Con todo, el mandamiento que quizás pueda provocar mayor debate en la crítica es el primero, según el cual “debe ser hombre (de nuevo una veleidad machista, propia de la época) de probado talento y que no haya fracasado previamente en el arte mismo de que se erige en juez”. Ya se sabe que muchas veces se ha dicho (y en más de una ocasión, no sin razón) que el crítico es un director de cine frustrado. Y aunque muchas veces quien se dedica a la crítica lo hace porque no pudo dirigir, por fortuna son más destacados los casos en los que un crítico de cine ha renunciado a enjuiciar las películas de los demás para hacer cine. François Truffaut sería quizás el más relevante, pero en España tenemos también dos ilustres casos, Fernando Trueba y Daniel Monzón. Si bien los tres se labraron un prestigio con sus críticas, si en algo se les recuerda es por sus espléndidas películas. Aunque sólo sea por estos tres ejemplos podremos desautorizar las palabras de ilustres hombres de cine, como David Fincher, que afirmaba que los críticos no sirven para nada y Ed Harris, mucho más contundente y categórico al opinar que los críticos de cine “son una mierda”. A la vista está que no.