Coproducir para triunfar

Ricardo Darín en Relatos Salvajes

Un recorrido por las coproducciones hispano-argentinas en los últimos veinte años

Por Paco Montalbán

“En Argentina siempre hay crisis: cuando no hay inflación hay regresión, cuando no es el FMI, es el Frente Popular; la cuestión es que, si no es en el frente es en el fondo, pero siempre una mancha de humedad en la casa hay”. La frase de un estresado Ricardo Darín en El hijo de la novia (2001) marca la pauta del cine argentino que refleja esa realidad a lo largo de su variada cinematografía. Crisis económica, búsqueda de la identidad, regímenes autoritarios o populistas, corrupción institucional, creación de una personalidad y relaciones de pareja, entre otros, constituyen los temas habituales de las películas argentinas que reflejan las diversas situaciones por las que ha pasado una sociedad de 41 millones de habitantes fruto del descubrimiento español y de la emigración italiana de finales del XIX.

Argentina a principios del siglo XX era uno de los países más ricos del mundo. La profusión de materias primas en la cordillera andina, el cultivo extensivo de cereales y la actividad agropecuaria, configuraban los sectores de exportación que nutrían sus arcas. Pero una dirección política errónea y una economía pendular, con las privatizaciones de empresas públicas, la posterior nacionalización de las empresas privadas o las políticas de corte neoliberal, la acabaron empobreciendo. Los golpes de Estado militares sucesivos y los gobiernos populistas-peronistas con apoyo sindical, generaron un nivel de corrupción que, durante décadas, ha permeabilizado todas las instituciones del Estado. Especialmente crueles fueron los gobiernos militares del periodo 1976-83 en el que la represión se saldó con unos 30 000 muertos y desaparecidos, miles de exiliados, la violación sistemática de los derechos humanos, la derrota de las Malvinas y la multiplicación exponencial de la deuda.

España acogió a grandes actores argentinos emigrados después del golpe militar del 1976. Héctor Alterio (1929) se exilió en Madrid tras sufrir una amenaza de la Triple A, organización paramilitar al servicio de la dictadura. Cecilia Roth (1956) también se instaló en esa época y ha intervenido en las mejores películas españolas como en la mítica Arrebato (1980) de Iván Zulueta y varias con Almodóvar. Federico Luppi (1936) decidió venirse a España después de la implantación del corralito en 2001 y ha sido el actor de referencia de Aristarain. Ricardo Darín (1957) ha trabajado indistintamente en los dos países con éxito reconocido, de tal forma que ahora es el actor más influyente de Iberoamérica. Otros actores como Leonardo Sbaraglia (1970) o Darío Grandinetti (1959) también se encuentran a gusto trabajando en producciones españolas. Y es que para unas industrias cinematográficas en crisis, la fórmula de coproducción plantea beneficios de toda índole: aportación compartida de recursos financieros, acceso a ayudas públicas e incentivos fiscales, disminución de riesgos, ampliación del mercado potencial y, en el caso hispano-argentino, un idioma común. Una muestra de las más representativas se comenta a continuación.

Hilo discursivo frente a lenguaje cinematográfico

Sacristán, Luppi y Gastón Batyi en Un lugar en el mundo

Sacristán, Luppi y Gastón Batyi en Un lugar en el mundo

El director argentino Adolfo Aristarain (1943) recibió la nacionalidad española en 2003 por su aporte a la cultura hispanoamericana. En su cine predomina el hilo discursivo frente al lenguaje cinematográfico. En sus películas no se para de hablar, ya sea una voz en off, o, en forma de diálogos; es un cine teatral que emociona más por sus textos y la interpretación de sus grandes actores, que por su lenguaje y composición cinematográficos. Varias películas suyas triunfaron especialmente en España:

Un lugar en el mundo (1991). Una peculiar familia busca en la Pampa sus raíces perdidas. El amor, la amistad, las relaciones paterno-filiales, los conflictos sociales entre los estancieros y los criadores minifundistas y las costumbres y paisajes rurales están presentes. Los diálogos son el hilo conductor del film, en los que el psicoanálisis, la obsesión por entenderlo y explicarlo todo y el toque revolucionario se imponen, aunque en alguno de ellos ralla la cursilería por su tono trasnochado.

Lugares comunes (2002). La jubilación forzosa de un profesor (Luppi) y sus dificultades económicas posteriores le hacen trasladarse desde Buenos Aires a una finca cercana a Córdoba, dedicada al cultivo de lavanda. La relación conyugal -con la entrega incondicional de su mujer (Sampietro)- y familiar –tensiones con su hijo- planean a lo largo de toda la película que emociona más por su discurso y diálogos –“Puedes venderte pero no entregarte”; “Tuvimos que volver para darnos cuenta de lo bien que lo habíamos pasado”-, que por su lenguaje y composición cinematográficos.   

Una película de culto

Ricardo Darín y Gastón Pauls en Nueve Reinas

Ricardo Darín y Gastón Pauls en Nueve Reinas

A finales de los noventa y después de diez años de gobierno Menem, la voluminosa deuda argentina entró en una endiablada espiral que se manifestó con el elevado déficit público, la caída del crecimiento económico y el aumento del paro; para neutralizarla el gobierno quiso reducir el déficit con subida de impuestos y bajada de salarios y pensiones. Los ingresos fiscales disminuyeron y el Estado tuvo que aumentar los pagos por desempleo y por los intereses de la deuda, con lo que el déficit entró en una espiral de crecimiento tal que el 1 de diciembre de 2001, el gobierno decretó el corralito financiero para detener la salida de divisas del país. El corralito suponía la suspensión temporal de la retirada de efectivo de las cuentas bancarias individuales. Caceroladas y manifestaciones continuas desahogaron a la población, provocaron la caída del gobierno y el cambio de rumbo de la política económica. Este proceso se veía venir y un año antes, el malogrado director Fabián Bielinsky (1959-2006) –muerto prematuramente de infarto con solo dos películas realizadas- rodó un film premonitorio:

Nueve reinas (2000). En el año 2000 en plena crisis económica y un día antes del establecimiento del corralito financiero, la sociedad argentina se tiene que buscar la vida como sea. Descuidistas, culateros, mecheras, garfios, escuchantes, arrebatadores, abanicadores, mequeteros y filos constituyen una fauna urbana que se gana la vida al margen de la ley. La historia que cuenta Bielinsky es la del timador timado. Las Nueve Reinas es una colección de sellos que datan de la República de Weimar y que un millonario coleccionista filatélico español está dispuesto a adquirir por una cifra considerable. Una oportunidad única que desencadena una operación de altura liderada por dos timadores (R. Darín y Gastón Pauls) y su equipo de apoyo, que están acostumbrados a unas operaciones de más bajo nivel. Sorpresas continuas recorren esta película que tiene un ritmo vibrante, un interés creciente y que refleja la sociedad corrupta que acabaría en el corralito.   

Clasicismo y búsqueda de la identidad

Héctor Alterio, Norma Aleandro y Darín

Héctor Alterio, Norma Aleandro y Darín

En ese mismo contexto socio-político se desarrolla una conmovedora historia de amor a varios niveles, que fue candidata al Óscar a la mejor película extranjera:

El hijo de la novia (2001). Rafael (R. Darín) gestiona el restaurante Norma en Buenos Aires fundado por sus padres. Su vida transcurre entre la angustia y la tensión, enganchado al móvil, abrumado por los bancos, los proveedores, las deudas, los impagos, los cheques devueltos, con su madre Norma (Norma Aleandro) enferma de alzhéimer, separado –lo bordes que pueden ser las divorciadas-, padre de una niña, con su novia Nati (Verbeke) con quien no se acaba de comprometer -“Si quieres llévame a la cama, pero no al diván”– , tensión que combate con cafés y abundante tabaco y que se agudiza cuando su padre Nino (Héctor Alterio) le pide ayuda para casarse por la iglesia con su madre, después de estar 44 años juntos; el panorama se completa con la irrupción espectacular de su amigo de la infancia Juan Carlos (Eduardo Blanco). Entre todos encauzarán la agitada, tensa y desorganizada vida de todo un colectivo. Película que destila emoción a raudales, una ternura infinita, con un sólido argumento, un fino e inteligente humor y una línea de desarrollo muy cinematográfica. Iluminación, color con tonos predominantes amarillos, composición de las imágenes de alto nivel expresivo y plástico, ritmo sostenido, encuadres imaginativos –tomas cenitales en la iglesia, escena de declaración en el telefonillo, primeros planos expresivos-, en definitiva, película en estado de gracia con grandes interpretaciones: basta un gesto de Alterio para saber lo que pasa; Aleandro parece una enferma más; pero también los más jóvenes con Darín, el desternillante Blanco o la luminosa Verbeke, contribuyen a calificarla como obra maestra.

Sobre la construcción de la identidad trata una película sencilla pero no exenta de vigor y de una sensibilidad extrema:

El abrazo partido (2003) Ariel (Daniel Hendler) ayuda a su madre en el comercio de lencería, quien fue abandonada por su padre cuando él tenía ocho meses. A través de su abuela, quiere adquirir la nacionalidad polaca y viajar a Europa, porque está confuso y no se acaba de explicar la causa de su abandono. Su padre está instalado en Israel y le propone que le visite. La galería donde comercian está llena de tiendas de compañeros judíos pero también de coreanos e hindúes. Dirigida por Daniel Burman, la película es un fresco del Buenos Aires judío y multicultural, a través de la vida cotidiana de este muchacho de 23 años que busca respuestas y un sentido a su vida que le depara sorpresas. Profusión de primeros planos, rodaje cámara en mano, diálogos incesantes y un hilo verborreico característico de determinadas películas argentinas.

El pasado no se olvida

Guillermo Francella en El Secreto de sus Ojos

Guillermo Francella en El Secreto de sus Ojos

Aunque en 1985 Luis Puenzo había rodado La historia oficial donde afloraba todo el pasado oculto de los gobiernos de las juntas militares –desaparecidos, robos de niños, violación de los derechos humanos-, habían pasado veinticinco años desde el fin de la dictadura y gobernaban los Kirchner, el pasado está presente y había que recuperarlo para no perder la memoria:

El secreto de sus ojos (2009). Expósito (R. Darín), secretario judicial recién jubilado, tiene pendientes dos asuntos que está novelando: la resolución de la causa Morales -la violación y muerte de la joven maestra Liliana en junio de 1974, idolatrada por su esposo- y su relación con Irene (Soledad Villamil), su inmediata superiora judicial. La acción transcurre a finales de los noventa y la narración de esta historia de amor, investigación y venganza discurre en continuos flashback. A pesar de la tragedia y como en todo el cine de Camapanella, una fina capa de humor lo sobrevuela –con un secundario de lujo en el papel de Sandoval (Guillermo Francella)-, así como el fútbol o el discurso socio-político –“La Argentina que viene no se estudia en Harvard”-, plasmados en primeros planos, encuadres sugerentes, contrastes lumínicos y un hilo narrativo que combina thriller, drama romántico e intriga. Obtuvo el Óscar a la mejor película extranjera y dos premios Goya.           

Reacciones descontroladas

Rita Cortese y Julieta Zylberberg  en Relatos Salvajes

Rita Cortese y Julieta Zylberberg en Relatos Salvajes

Y como la capacidad de aguante tiene un límite, las personas reaccionan con violencia ante injusticias que ya no pueden soportar. De eso trata la última coproducción hispano-argentina. Una película exitosa que tiene todas las papeletas para alcanzar los mayores galardones de los premios Goya.

Relatos salvajes (2014) La acumulación de tanta crisis tenía que estallar por algún lado, y eso es lo que plantea la película de Damián Szifrón (1975), la respuesta desproporcionada ante situaciones extremas que van colmando el vaso de la paciencia. Seis historias de la moderna Argentina, sin conexión alguna, que ilustran la explosiva y violenta reacción a la que puede llegar el ser humano cuando se le conduce a una situación límite. En la delirante Pasternak los pasajeros de un avión han sido convocados a ese viaje de forma misteriosa y, aunque no lo saben, todos tienen algo en común. Las ratas trata sobre los escrúpulos de venganza que le asaltan a una maltratada en presencia del maltratador y acosador de su familia y de cómo se hace justicia directa. El más fuerte narra la lucha de dos conductores que circulan por una vacía carretera de las estribaciones andinas, provocada por un incidente nimio pero que se va acrecentando a medida que disminuye la racionalidad y se impone la testosterona. Bombita describe la respuesta de un hombre sólo e indefenso frente a un poder público arbitrario que no se aviene a razones. La propuesta es un fresco de la corrupción bonaerense en la que están inmersos las instituciones públicas y el capital privado y, probablemente sea la que mejor refleja la sociedad argentina actual. Hasta que la muerte nos separe cuenta la celebración de la boda de una pareja de la alta sociedad cuando la novia descubre una relación de su ya marido con una de las invitadas y le jura odio eterno.

La capacidad de síntesis en los relatos –cualquier historia podría haber sido un largo-, unida a la visión demoledora de la sociedad argentina –no se salva nadie, ni los pobres ni los ricos, ni los hombres ni las mujeres, o lo bordes que pueden llegar a ser las abogadas, las juezas y las casadas cuando se están separando en un proceso de divorcio-, y el ritmo vibrante con el que están contadas son suficientes para hacer del conjunto una gran película. El punto de vista del director con sus inverosímiles planos -sitúa la cámara en el interior del maletero del avión; tomas a ras del suelo; en el interior del armario de la cocina; desde dentro de un cajero automático; bajo la rejilla de una alcantarilla, o las del interior del coche, por citar sólo algunas- aporta una visión singular en la forma de narrar las historia y refleja la libertad compositiva con la que abordó esta obra.

Szifron conoce la clave del éxito de público en la inmadura sociedad actual, a quien las tragedias más desoladoras hay que administrárselas como píldoras indoloras; de ahí el irrenunciable humor negro que impregna todos los relatos, para evitar el sentido trágico de la historia: “la cárcel tiene muy mala prensa”; “crimen pasional”.... A pesar de su juventud, se nota que a Szifrón le gusta el cine clásico. La catarsis terminal en el último episodio, con la escena final encima de la mesa presidencial, que resuelve con la visión de los trozos de tarta nupcial cayendo al suelo, proporciona al desenlace un toque Lubistch en el que el espectador tiene que adivinar lo que ocurre arriba. Producida por los hermanos Almodóvar a través de El Deseo, intervienen actores de moda en España como Darín, Sbaraglia o Grandinetti. Es una de las grandes películas hispano-argentinas de 2014 y ha sido nominada en los Óscar y en los Goya.