Con sus virtudes y sus defectos

Vincent Lindon como “Marco Silvestre” en LOS CANALLAS, de Claire Denis

Crítica

Los canallas (2014), de Claire Denis

Por Rau García

La primera película que vi de Claire Denis fue gracias a Vincent Gallo. Un actor, tan admirado como odiado, cuyo espíritu libre, en lo referente a lo creativo, es equiparable al de la cineasta parisina, pues son dos artistas que expresan lo que les apetece sin autocensurarse e imprimiendo en sus trabajos toda su desbordante personalidad. Nénette et Boni (1999), con una discreta presencia de Gallo (también le dirigió en Trouble Everyday en 2001), fue esa película con la que conocí a Claire Denis, y ya entonces, sin saber aún nada sobre ella y su filmografía, y al margen de que no me convenció demasiado, he de reconocer, me dio esta sensación de libertad y personalidad cinematográfica que he reafirmado al ver Los canallas (2014).

Me da la impresión de que Claire Denis (Chocolat, El intruso, Una mujer en África) no busca satisfacer a público e industria, o al menos no hace películas pensando principalmente en esto, afortunadamente, porque si se expresara de manera distinta, más atenta de otros intereses, perdería la esencia que hace especial a su cine, pero el coste de este factor es llegar a un público minoritario. Si observamos lo que suele funcionar y lo que no, con una película como Los canallas es poco probable arrasar en taquilla, pero estoy seguro de que esto no le quita el sueño a Claire Denis. Sin ser transgresora, es una cineasta que arriesga, que se sale de lo convencional, y esto es digno de admirar en estos tiempos, y en este arte en el que a menudo es más importante el beneficio económico que puedan generar potencialmente las películas, que son vistas por algunos como productos de consumo. Por eso, me sorprende y celebro que se apueste por películas de este estilo (independientemente de que me gusten o no), aún sin tener la garantía de que vayan a ser rentables.

Pero la libertad y la personalidad no siempre están reñidas con el cine que tiende a lo comercial, es decir, a un público más masivo o a un perfil en concreto, pero abundante. Sin ir más lejos, El gran hotel Budapest, de Wes Anderson, competidora con Los canallas en la cartelera española (ambas se estrenaron el mismo día), es una película de un creador igual de libre y con tanta personalidad como Claire Denis, pero su mundo y forma de contarlo a través del cine conecta con un mayor número de espectadores (por supuesto, la colección de rostros conocidos y la fuerte campaña que invierten en marketing también influye). Igualmente, cuando la película es de una modesta producción y según los temas que trate se suele decir que es cine de autor, pero Transformers o Torrente también pueden ser consideradas de autor, ¿por qué no? Pero se sobrentiende que cuando decimos que una película es de autor solemos referirnos, creo, a que es un cine más profundo e intimista, o a que, sea del género que sea, tiene un estilo inconfundible (no solamente en una película individual, sino a lo largo de toda la filmografía del director/a). Y a veces confundimos el cine de autor con el cine independiente, que solemos relacionar con el carácter y look de la película, más que con el origen de su financiación y con que esté realmente fuera de los tentáculos de la industria (a gran escala, porque estarlo totalmente es difícil). Muchas veces llaman “indie” a una película que produce y distribuye una de las poderosas multinacionales, por ejemplo, y esto es contradictorio, pero vende. En cualquier caso, todos nos entendemos cuando empleamos estas etiquetas, sin ser obligatoriamente un error (menos cuando se usan para manipularnos), porque en este arte en constante efervescencia ya está todo mezclado.

John Cassavetes se quejaba de que cuantos más productores invierten en una película, menos libre es el director, pues debe escuchar sus propuestas y cumplir sus exigencias, convirtiéndose en su marioneta. Pero que la película sea una gran producción comercial, con mucho presupuesto y para un público muy numeroso, no siempre es sinónimo de esclavitud creativa. En una superproducción, si el director se ha ganado la confianza para tener esa libertad, se la conceden, pero es cierto que esto, y sobre todo el riesgo (y no me refiero sólo al de no recuperar o perder dinero) suele ser más frecuente en el cine más independiente.

Claire Denis, en la presentación de "Los canallas", en los cines Golem de Madrid.

Claire Denis, en la presentación de “Los canallas”,
en los cines Golem de Madrid.

En la presentación en Madrid de Los canallas, Claire Denis, mujer muy enérgica y con las ideas claras, habló de su admiración por el trabajo de algunos de sus contemporáneos que han estrenado recientemente, como François Ozon (Joven y bonita), de quien dice admirar su manera distante de diseccionar la sociedad, y de Lars von Trier, que le parece un cineasta genial. Concretamente, sobre Nymphomaniac comentó que la primera parte le gustó, pero la segunda no tanto, porque es menos lírica y más explicativa del personaje de Charlotte Gainsbourg, cuando no era necesario. Además, dice que hay alguna escena ofensiva, pero quizá, se plantea Claire Denis, Von Trier juega a ese masoquismo que aborda en una parte de su película. Habló también de su primera experiencia al rodar en digital, sobre lo que afirmó: “es más técnico que rodar en cine, se pierde algo de magia”.

El título original en francés es Les salauds (la correcta traducción al español en realidad sería: Los cabrones). Este título tiene su origen en el de una película de Akira Kurosawa, Los canallas duermen en paz (1960). Sin tener nada que ver una con otra, la fuerza y significado de esa frase estimuló a Denis para escribir el guión de su película, que (esto es una observación personal) puede tener alguna similitud inconsciente con la del cineasta japonés.

Los canallas trata sobre un capitán de un petrolero llamado Marco Silvestre, interpretado por Vincent Lindon, que tiene que volver a tierra urgentemente para estar al lado de su hermana (Julie Bataille), cuyo marido acaba de suicidarse. Por otro lado, su sobrina (Lola Créton) está ingresada en un hospital psiquiátrico tras haber sufrido violaciones sexuales. Por si fuera poco, al regresar se entera de la mala situación de la empresa familiar, lo que dificultará aún más el plan de venganza que está apunto de emprender. Marco se muda al mismo edificio, en el piso de arriba, de un tal Edouard Laporte (Michel Subor), un padre de familia que su hermana asegura ser el culpable de la tragedia. Y ahí empieza la turbia investigación de Marco, en la que se mezclará la mujer de Laporte (Chiara Mastroianni).

Una misteriosa historia de venganza que el espectador va descubriendo al mismo tiempo que su protagonista. Tan intrigante que uno se enreda en la maraña de esta historia hermética, un hilo argumental que a veces se hace difícil seguir, sinceramente. El espectador, por tanto, se siente como el protagonista, perdido en ese laberinto de sospecha, sexo y violencia, en esa atmósfera fría y oscura que Claire Denis controla bien, con su particular tempo. Pero si su objetivo era desorientar al público e ir desvelando la trama importante con cuentagotas no estuvo muy acertada, en mi opinión, pues hasta bien avanzada la película no hay un motivo por el que engancharse. Estaba deseando que lo verdaderamente interesante empezara de verdad, pero la película no termina de arrancar hasta por lo menos la mitad, demasiado tarde quizá. A partir de ese punto la película empieza a ganar en ritmo y en sustancia, pero hasta entonces todo transcurre con una excesiva lentitud, a pesar de las elipsis, lo que demuestra que a veces el suspense no es suficiente para mantener al público en vilo. En varios momentos sobrepasó mi paciencia como espectador, y tengo mucha. Sin embargo, cuando se arriesga puede pasar esto, por eso aprecio mucho a cineastas como Claire Denis.

Una vez más repite con su equipo habitual, incluyendo a los actores y a los encargados de la música para la banda sonora, el grupo británico Tindersticks. El carismático Vincent Lindon está impecable, como de costumbre, y Chiara Mastroianni también, pero sus personajes no permiten que se luzcan demasiado. Sin embargo hay uno que me conquistó, el que encarna el gran actor Michel Subor, “Edouard Laporte”. En cuanto le vi, con esa escalofriante sonrisa diplomática, me recordó al “Hombre misterioso” que interpreta Robert Blake en Carretera perdida (1997), de David Lynch, película con la que, por cierto, encuentro un cierto paralelismo, muy lejano. El lenguaje de sus manos fue otra de las cosas que me fascinaron de este personaje perturbador.

Robert Blake como "Mystery man" en Carretera perdida (1997), de David Lynch, y Michel Subor como "Edouard Laporte" en Los canallas (2014), de Claire Denis

Robert Blake como “Mystery man” en Carretera perdida (1997), de David Lynch,
y Michel Subor como “Edouard Laporte” en Los canallas (2014), de Claire Denis

Los canallas, de Claire Denis, es un thriller que, con sus virtudes y sus defectos, hay que degustar como una copa de un buen vino: primero se cata, observando, oliendo y probando, y luego se bebe, nunca de un solo sorbo, sino en varios, paladeándolo, mientras vienen a la mente todos los sabores reales e imaginarios que contiene.

Y esta es la canción original de los 70 que Tindersticks versiona para Les salauds, de Claire Denis:                                   “Put your love in me”, de Hot Chocolate.