Colegas

Barbacoa

Crítica

Barbacoa de amigos (2014), de Eric Lavaine

Por Claudia Lorenzo

Hubo un tiempo en el que Friends era el ideal de vida por el que nos regíamos los nacidos en los 80. Ni siquiera tenía que gustar la serie, con apreciar el concepto ése de que los amigos eran la familia bastaba. Soñabas con crecer, dejar el colegio/instituto, estudiar en la universidad, trabajar, tener pareja o lo que fuese y siempre, siempre, mantenerte cerca de tus colegas (recordemos esa primera temporada en la que la serie se llamó así en España). Hacíamos planes sobre cómo nuestros futurísimos hijos serían uña y carne y cómo quedaríamos para vernos con frecuencia. La vida era muy fácil en aquel momento.

Corte a más de veinte años después, cuando lo más cercano a Friends que vivimos la mayoría es aquella exclamación de Rachel diciendo “¿Quién es Hacienda y por qué se lleva mi dinero?”. Hoy en día los criados con esos seis amigos, que soñaban con tener un Central Perk de referencia al que ir a buscar, y encontrar, apoyo para cualquier cosa de la vida, esa generación televisiva, internetizada, llena de cacharros y, en una gran mayoría, infrautilizada, está desperdigada por el mundo, algunos por necesidad y otros por gusto. Y lo que tienen los viajes es que aumentan las nacionalidades de aquellos en quienes confías pero disfrutas de muchos menos días al año para verlos. Ya no hay pandillas sólidas que estaban juntas durante diez años y que sufrían su mayor golpe cuando una pareja se mudaba a las afueras de la ciudad. Ahora hay amistades repartidas por el mundo, mucho Whatsapp, Facebook, Twitter y la madre del contacto entre continentes por excelencia, Skype, a veces emails, de vez en cuando llamadas y esas reuniones anuales tildadas de sacrosantas que siempre se quedan cortas para todo aquello que quieres saber de tu amigo, tu mejor amigo, ése que vive a horas de avión (y centenares de euros) de distancia, al que ves en contadas ocasiones, cuya vida siempre te pierdes. Con un mapa puedo situar a gente que echo de menos en Estados Unidos, México, Reino Unido, Italia, Alemania, Holanda e incluso Australia. Pero es raro recordar la última vez que quedé durante varias semanas seguidas con los mismos.

Por eso tal vez mi generación encuentre en una película tan básica, tan normal, como Barbacoa de amigos, la nostalgia perdida que vivimos de niños con nuestros padres, esos seres que probablemente no hablan tantos idiomas con sus amigos como nosotros pero que les ven mucho más, a veces todos los días. Tal vez no hemos tenido una rutina a lo Friends como pretendíamos, pero sí hemos sido testigos de esa rutina con nuestros mayores. Hay cosas que, de no vivirlas, uno las añora.

Antoine (Lambert Wilson) está a punto de cumplir cincuenta años como todo buen francés: siendo elegante, delicado, seductor, inteligente, culto… Para cuidarse, es uno de esos tipos que pide un filete pero le quita las patatas, un runner de ahora. Sin embargo, tanta cautela no sirve para nada cuando, en una carrera por el monte, le da un infarto. A partir de ese momento decide que va a dedicarse a disfrutar de la vida, a sacarle todo su partido. El problema es que con tanta tontería en la cabeza, arrastra a su grupo de amigos de toda la vida, aquellos con los que comparte villa de veraneo en el monte, a su mal entendida sinceridad, hasta traerlos por la calle de la amargura.

Mucho se ha comparado Barbacoa de amigos con Pequeñas mentiras sin importancia, una de esas películas que pasaron desapercibidas en su momento pero que le ganan a una el corazón. Guillaume Canet, director de ésta última, es capaz de concentrar en esa casa a la que van de vacaciones Marion Cotillard, François Cluzet, Gilles Lelouche y tantos otros, el dolor de la nostalgia, de las amistades que se ganan y se pierden. Eric Lavaine, en Barbacoa…, obvia las sutilezas de Canet y hace lo que puede con un guión (co-escrito por él) plagado de tópicos, de lugares comunes, de personajes ya eternamente vistos y de giros que, más o menos, se esperan desde el minuto dos. Pero enternece porque todo ocurre en compañía, siempre hay amigos a punto para bañarse en la piscina, ir de senderismo, desayunar, comer o cenar, o gritarse mil verdades a la cara, como hace todo el mundo en los ambientes en los que la confianza da asco.

Es una película amable, que no ofrece nada nuevo pero que ni aburre ni daña la vista, con momentos que todos recordamos de nuestras interacciones personales, con buenas interpretaciones y con una casa a la que todos querríamos huir a descansar con nuestras pandillas. Eso sí, para intentar rememorar los Friends que nunca llegamos a ser, mejor la versión de la Cotillard.