Orlando Lübbert


Orlando Lübbert para www.cinemachile.cl

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Cirqo (2013), de Orlando Lübbert


Por Genoveva Santiago| Bruselas

Orlando Lübbert llega puntual a nuestra cita, después de haberse pasado por los Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas, sus favoritos. “Yo aprendo tanto cine visitando un museo como viendo películas. El cine está hecho de muchos lenguajes”, me comenta.

Sin duda, lo que queda patente tras ver su última película, Cirqo, proyectada en los cines Vendôme de Bruselas en el marco del Festival Peliculatina, es que el público reacciona, se emociona. La película llega a la gente, que se agolpa después para tener la oportunidad de intercambiar unas palabras con el director.

Exiliado durante 22 años, Lübbert es un director comprometido con la identidad y la memoria de Chile, su país. Quizá por eso Cirqo aterriza en Bruselas dejando muy buen sabor de boca: unos personajes de carne y hueso que ríen y lloran casi al mismo tiempo, una buena historia y unas imágenes memorables. Es la historia de dos hombres que, en el Chile de los años 80, escapan a un fusilamiento saltando a un río desde un puente. Una compañía de circo ambulante, que anda cerca, los salva y acoge, y desde entonces viven en la utopía de vivir en esa mística del circo pobre. De hecho, se convierten en un genial dúo de payasos que viven en un mundo de risas. Pero la violencia de la dictadura rompe esta burbuja y les catapulta hacia la realidad del resto del país. La quimera revienta.

Mi película trata los temas de la venganza, de los sentimientos, y sobre todo el tema de la identidad”. Porque a Orlando le preocupa del sincretismo estilístico del cine actual: “Hoy día la interdependencia entre los movimientos cinematográficos es muy potente. El cine inglés ha aportado una estructura de la construcción dramática formidable, sólida, y el cine francés ha influido mucho al cine norteamericano, como Coppola. Por ejemplo, el tema del tedio, que es muy europeo, se produce en sociedades donde la gente tiene la sensación de que no puede cambiar nada, que todo está estructurado. Esa estética, que se ha copiado a veces en América Latina, no tiene sentido, porque allí hay mucho que cambiar y con mucha urgencia. Y ahí reside la inteligencia de los realizadores: en abordar temáticamente estos desafíos. En Chile, uno de los grandes desafíos es de hablar de nosotros mismos, de nuestra identidad”.

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Hay algo que llama la atención en esta película: la mezcla de géneros. Cirqo mezcla drama y comedia, suspense y romance, cine y circo. Nos acerca a una cultura del circo pobre que en Chile, un país exportador de grandes artistas teatrales y circenses, tiene una amplia tradición. Orlando Lübbert, también director de Taxi para tres, ganadora de una concha de oro en el Festival de San Sebastián, trabaja por lo que él llama el “cine posible”, aquel cuya gran fortaleza estriba en la construcción dramática y la construcción de personajes. “En una ocasión pregunté a Gabriel García Márquez: “¿Logrará el cine latinoamericano lo mismo que logró la novela latinoamericana?” y él me contestó: “Nosotros durante años escribíamos para que nos tradujeran a otros idiomas porque ser escritor era que te publicaran en Francia, Inglaterra, España, etc. Triunfamos cuando dejamos de pensar así y empezamos a conquistar el corazón de nuestra propia gente”.

Cirqo está llena de imágenes impactantes, unas por su ternura, otras por su violencia. No esquiva la crueldad de aquellos años, pero el enorme cariño, solidaridad y amor que destilan los integrantes de la compañía de circo consiguen ofrecer esperanza dentro del sinsentido de la dictadura: “La retórica política no existe aquí, es brechtiana pero muy puntual. Lo político está en la construcción misma del relato”, afirma Lübbert, que siendo gran admirador de Chaplin y Fellini recoge aquí la tradición del mejor cine cómico. “Hay un cineasta que me marcó especialmente, Theo Angelopoulos. De hecho, en mi película hay una escena que es un homenaje a él y a El viaje de los comediantes”.

El cine de Orlando Lübbert es eficaz porque se basa en historias trascendentes, muy buen compuestas; un contexto específico que él domina a la perfección y unos personajes que nos resultan cercanos, verdaderamente entrañables.

Le pregunto a Orlando que por qué hace cine. “Porque no podría hacer otra cosa”. Insisto: ¿pero se puede vivir de ser cineasta? “Bueno, es complicado. Hay que tener la sensibilidad de un pintor y la piel de un rinoceronte. Herzog decía que hay que ser gimnasta. En mi caso, es una cuestión de supervivencia. Yo no hago películas: me las saco. Me persiguen durante años”.

Esperemos que siga siendo una persecución tan emocionante, llena de suspense, inolvidables personajes y, sobre todo, buenas historias.

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