Cine de pasión, pasión de cine

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Fotograma de La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese

Por Paco Montalbán

“El amor y la fuerza pueden cambiar las cosas y Roma, el poder establecido, no quiere que nada cambie”. Así le espetaba un peculiar Poncio Pilatos (David Bowie) a un no menos atípico Jesucristo (Willem Dafoe) antes de que trasladara la decisión sobre su condena al Sanedrín judío, en La última tentación de Cristo de Martin Scorsese. Y es que las ideas que predicaba –y con éxito- Jesús de Nazaret ponían en peligro el statu quo, tanto de la ocupación y domino de Roma sobre Palestina, como de la parcela de poder autónomo judío. Porque la religión ha estado presente en el ser humano desde su aparición en la Tierra. La necesitaba para encontrar una explicación a los sucesos que no entendía, o para escapar de la angustia de la muerte y el más allá. Su concepción en forma de mito –dioses del clasicismo greco-romano-, de fe en las grandes religiones monoteístas –cristianismo, judaísmo o islamismo-, o de razón –intento de explicar las concepciones de la fe- ha evolucionado a lo largo del tiempo. Es un hecho que en todo el orbe cristiano –unos 1 700 millones de fieles- se celebra la Semana Santa, fecha en la que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, y las calles se llenan de gente, pasos procesionales, saetas, salves y oraciones para recordar este acontecimiento.

Esta época del año resulta la más propicia para la revisión, ya sea en las pantallas de cine o en las de televisión, de las películas de corte religioso, en la mayoría de las cuales Jesucristo es la figura central o el soporte contextual en el que se desenvuelven. En todas ellas el tema religioso se combina con el histórico, el político, el social o el cultural y destacan por la espectacularidad y monumentalidad de la puesta en escena.

Bajo los directores más punteros de cada momento, se desarrollaron estas historias de la Antigüedad clásica y evangélica, y cada uno de ellos aportó su visión singular del contexto histórico y espiritual. Los más reputados guionistas adaptaron pasajes bíblicos, evangélicos, o novelas de época, mientras que los compositores más prestigiosos del momento acentuaron con sus creaciones –de marcado carácter épico y abundante trompetería- el efecto que el director quería transmitir en cada secuencia. Una selección de lo más granado de los actores encarnan las figuras clásicas de la historia antigua de la humanidad, aportando credibilidad, rigor y también glamour a estas obras.

Para su producción se invirtieron ingentes recursos monetarios, materiales y humanos. Miles de extras trabajando como esclavos en las obras públicas; el pueblo judío huyendo de Egipto durante 40 años a través del desierto; luchas de gladiadores en abarrotados circos romanos; carreras de cuadrigas; galeotes destinados en barcos de guerra; fieles cristianos perseguidos en las catacumbas, a punto de ser devorados por los leones en los circos; o el pueblo de la Roma en llamas incendiada por Nerón, configuran enormes movimientos de masas a las que había que dotar del vestuario de época, dirigir en el rodaje con una disciplina casi militar y proporcionarles toda la intendencia y vituallas para su subsistencia. Grandes obras arquitectónicas –pirámides, templos, palacios, circos, anfiteatros- constituyen los marcos escenográficos que trasladan al espectador a más de dos mil años de antigüedad.

Se utilizaron efectos especiales, pero con prudencia, y los más avanzados se observan en Los diez mandamientos, con la apertura de las aguas del Mar Rojo a los judíos, o en la escritura de las tablas de la ley en los cantiles del Sinaí. Pero en los años cincuenta esta tecnología todavía no estaba muy desarrollada, por lo que la mayoría de las escenas había que filmarlas cuando realmente se estaban representando -la carrera de cuadrigas de Ben-Hur se rodó en cinco semanas- y no fue hasta los años setenta cuando empezaron los efectos digitales que multiplicaban las multitudes con programas de ordenador.

Las técnicas cinematográficas más modernas como el tecnicolor y el cinemascope -sistema que graba las imágenes comprimidas y alargadas que dan la sensación de una perspectiva más amplia al proyectarlas sobre la pantalla panorámica- fueron utilizadas para aportar grandiosidad a estas espectaculares películas que, no sólo no se han quedado anticuadas, sino que –por contraste- han mejorado con el paso del tiempo.

Todas las grandes productoras cinematográficas norteamericanas –MGM, Columbia, Fox o Paramount- filmaron obras de esta magnitud que acapararon abundantes premios en festivales, tuvieron una afluencia masiva de público y lograron pingües beneficios, no sólo en taquilla, sino por derechos de emisión o con las ventas en distintos soportes.

La acción se desarrolla entre Roma y Palestina (Galilea y Judea), provincia del Imperio romano gobernada por Poncio Pilatos, aunque con el Sanedrín como órgano de gobierno judío, detentando los tres poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- además del religioso. En este pedregal latifundista vivían, en aquél tiempo, unas 600.000 personas dedicadas a la agricultura –cereales, frutas, vino-, la ganadería –bueyes, camellos, burros y ovejas-, la pesca en el Tiberiades y el Mediterráneo –con una industria conservera pujante- y el comercio, que pivotaba sobre una Jerusalén que albergaba entonces unos 50.000 habitantes. La centralización del poder y la organización piramidal de esta sociedad como mecanismo de gobierno originaba el empobrecimiento continuo de la población.

Los últimos tres años de Jesús predicando por la Palestina ocupada por los romanos, su crucifixión y resurrección, son el hilo conductor de la mayoría de estas películas. Considerado un agitador contra los intereses de Roma y contra la propia cúpula religiosa judía, su condena a muerte estaba cantada. Hay que tener en cuenta que la crucifixión era el castigo más terrible que los romanos infligían a los condenados que no poseían la ciudadanía romana. Se tardaba varios días en morir en un lento suplicio de asfixia, al quedar colgado el cuerpo de las cuerdas y clavos de las muñecas y comprimirse y encharcarse los pulmones; a esta agonía contribuían el hambre, la sed, la intemperie e, incluso, los pájaros -que sacaban los ojos del crucificado-. Pero la percepción de estos hechos no ha sido uniforme, ya que unas películas se centran en el Antiguo Testamento y otras en el Nuevo. Unas ofrecen una visión divina y otras ponen más énfasis en la vertiente humana de la figura de Jesús. Independientemente de las creencias religiosas de cada persona, estos filmes constituyen un patrimonio cinematográfico indiscutible que cualquier amante del cine debería conocer.

Y como muestra se ofrece a continuación una panorámica de algunas de las películas más relevantes que relatan estos hechos, ordenadas por la cronología de la historia que cuentan y que conducen desde la época de Moisés, hasta que el cristianismo se convierte en la religión oficial del Imperio romano.

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Fotograma de Los diez mandamientos (1956), de Cecil B. DeMille

Los diez mandamientos (1956). Dirigida por Cecil B. DeMille, producida por la Paramount y con música de Elmer Bernstein, narra la vida de Moisés (Charlton Heston), rescatado de las aguas del Nilo, criado por la hija del faraón y llamado a desempeñar un papel muy importante en el Egipto de la XIX dinastía. Pero cuando Moisés conoce su verdadero origen, renuncia a sus privilegios para conducir al esclavizado pueblo judío hacia la libertad en la Tierra Prometida en Palestina. Durante su huida de Egipto, Moisés recibe de Dios Padre, en el monte Sinaí, las tablas de la Ley, aquellas que se guardaron en el Arca de la Alianza –junto con el vaso de oro del maná y la vara florida de Aarón- y que Indiana Jones encontraría 3250 años cronológicos más tarde, pero sólo 25 años cinematográficos. La película sigue fielmente el relato bíblico del Antiguo Testamento con el maná como alimento del pueblo judío en su travesía del desierto, la apertura de las aguas del mar Rojo a su paso, o la secuencia del monte Sinaí. Espectáculo en estado puro en el que intervino un reparto de lujo con Edward G. Robinson (Seti I), Yul Brinner (Ramsés II) y Anne Baxter (hija del faraón). Obtuvo el Óscar a los mejores efectos especiales.

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Fotograma de Ben-Hur (1959), de William Wyler

Ben-Hur (1959). Dirigida por William Wyler, producida por la MGM y con música de Miklos Rozsa, se basó en la novela de Lewis Wallace. Ben-Hur (Charlton Heston) es un joven noble de Jerusalén, antiguo amigo de Mesala (Stephen Boyd) tribuno romano al mando de las tropas de ocupación de Palestina, quienes acaban enfrentados por los distintos intereses que defienden: Roma versus Judea. Condenado a galeras, Ben-Hur logra su libertad al salvar de morir ahogado al comandante de la flota (Jack Hawkins) quien lo adopta como hijo, lo rehabilita y le otorga la ciudadanía romana. Pero su destino se encuentra en Jerusalén, adonde vuelve a rescatar a su familia encarcelada por Mesala. El convulso ambiente que se vive en la zona con las tensiones políticas y religiosas -un tal Jesús de Nazaret predica el evangelio cristiano y se autoproclama el Hijo de Dios- se ven reflejadas en una película que es puro espectáculo sin interrupción y en la que las escenas más vibrantes son la batalla naval, las de la preparación y carrera de cuadrigas en el circo de Jerusalén, o la predicación del sermón del montaña y la muerte de Jesús. Aquí el poder romano se ejerce con orden, disciplina autoridad y rigor a través de un lenguaje cinematográfico tan vigoroso que no ofrece dudas. Como curiosidad, la cara de Jesús nunca se ve de frente –siempre de espaldas y luciendo una densa y larga melena-. La película obtuvo once Óscar, incluyendo los más importantes (película, director, actor). Especialmente brillantes resultan los registros interpretativos de Charlton Heston quien, con su intensa mirada, trasmite amor, amistad, estupor, incredulidad, odio e impotencia, para regresar al amor inicial.

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Fotograma de La túnica sagrada (1953), de Henry Koster

La túnica sagrada (1953). Dirigida por Henry Koster para la Fox, la acción transcurre en el año 32 d. C. en la Roma de Tiberio. El tribuno Marcelo Galio (Richard Burton), hijo de senador, se encuentra con la bella Diana (Jean Simmons) en una subasta de esclavos y recuperan el amor que se prometieron de niños. Sus tensiones con el joven Calígula -hijo y sucesor de Tiberio- le destierran a Palestina en calidad de tribuno, adonde acude con su esclavo personal Demetrio (Victor Mature). Su llegada a Jerusalén coincide con la entrada de Jesucristo en la ciudad entre palmas y olivos. Como el cristianismo empieza a convertirse en un peligro para el Imperio, el gobernador Poncio Pilatos, presionado por el Sanedrín, condena a muerte a Jesucristo y Galio recibe el encargo de crucificarle. Cumplido el mandato, le fustigan los remordimientos, alucinaciones y pesadillas. Su periplo por Judea en busca de la túnica sagrada, su contacto con el apóstol Pedro y otros fieles en las catacumbas, le conducen a su conversión y a enfrentarse con el poder romano. Es destacable su última comparecencia ante Calígula, donde pronuncia un discurso muy shakesperiano, antes de conocer su sentencia. Esta película fue la primera en exhibirse en cinemascope y obtuvo un Globo de Oro a la mejor película y dos Óscar a la dirección artística y vestuario.

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Fotograma de Quo Vadis (1951), de Mervyn LeRoy

Quo vadis (1951). Dirigida por Mervin LeRoy, producida por la MGM y con música de Miklos Rozsa, la acción transcurre en la Roma del año 64 d. C. cuando Nerón (Peter Ustinov) era Emperador. El general Marco Vinicio (Robert Taylor) regresa victorioso a Roma y se enamora de la cristiana Ligia (Deborah Kerr), quien no puede corresponderle por sus creencias religiosas. El film está basado en la novela homónima de Sienkiewicz y traza una panorámica de la vida romana en época de Nerón, virtuoso de la lira, y su corte, donde destacan Petronio (Leo Genn) -el árbitro de la elegancia- y el filósofo Séneca. Con un ejercicio tiránico, caprichoso y disparatado del poder -que pone en peligro la propia supervivencia de Roma-, suntuosos palacios y casas de nobles con sus jardines, baños, gineceo, eunucos, fiestas -danzas, peleas, bacanales-, templos y edificios públicos, constituyen el contexto en el que se desenvuelve la clandestina expansión del cristianismo, y todo ello acentuado con una música grandiosa y de exuberantes metales. El intencionado y espectacular incendio de Roma por el propio Nerón para inspirar sus odas, las revueltas del pueblo manejadas por el Emperador acusando directamente a los cristianos del hecho o la crucifixión y entrega de estos a los leones para ser devorados en el circo rebosante de un público sediento de sangre, configuran esta espectacular lucha entre la fuerza del amor y la del poder político y militar, en la que algunos diálogos entre Nerón y Petronio resultan desternillantes y donde un blando Robert Taylor limita credibilidad a su personaje. Obtuvo dos Globos de Oro a la fotografía y al mejor secundario (Ustinov).

Alejadas de la espectacularidad escenográfica, entre las que también se pueden incluir Rey de Reyes (1961), dirigida por Nicholas Ray para la MGM y La historia más grande jamás contada (1965), dirigida a tres manos por Stevens, Lean y Negulesco, para la United Artists, se produjeron a partir de los ochenta unas revisiones menos epopéyicas que centran la acción en la propia vida de Jesús, desde puntos de vista muy personales.

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Fotograma de La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese

La última tentación de Cristo (1988). Dirigida por Martin Scorsese para la Universal Pictures y basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis –el de Alexis Zorba-, narra la ucronía que supone lo que hubiera pasado si Jesucristo (Willem Dafoe) desfallece en la cruz y un dulce ángel, en forma de delicada niña, le convence para que no acepte el sacrifico de su muerte y resurrección. Seminarista de joven, Scorsese ve a Jesús como un carpintero lleno de dudas, inseguridades y miedo ante la llamada de Dios pero que, paulatinamente, va asumiendo su destino como Mesías y enlace entre Dios y el hombre. Capaz de superar las tres tentaciones del diablo en su meditación por el desierto –mujer y familia, en forma de serpiente; poder, en forma de león; y divinidad, en forma de fuego-, cumple con todos los ritos de la ortodoxia evangélica –bautismo, apóstoles, predicaciones, milagros-, orientados a sacrificarse por salvar a la humanidad. Pero cuando llega el momento de la crucifixión, su espíritu flaquea. Los personajes de María Magadalena (Barbara Hershey), Judas Iscariote (Harvey Keitel) y Poncio Pilatos (David Bowie) ofrecen una dimensión más humana en una historia que trasciende el fenómeno religioso y no está exenta de lucha política. Pilatos considera a Jesús un agitador en contra de los intereses de Roma y, en su interrogatorio antes de ser torturado, le sentencia: “El amor y la fuerza pueden cambiar las cosas y Roma no quiere que nada cambie”. Con música de Peter Gabriel basada en la tradición judía e intérpretes tan asociados a la entonces incipiente world music como Youssou N’dur o Baaba Maal, el estilo narrativo se basa en la profusión de primeros planos y una escenografía muy minimalista. Nada de suntuosos palacios ni mansiones, sino paredes desnudas y desconchadas, suelos de tierra y polvo, sequedad, solanera, suciedad, vestuarios harapientos y demás detalles, hacen más humano el paso de Jesús por la Tierra.

LaPasion

Fotograma de La Pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson

La Pasión de Cristo (2004). Dirigida y coproducida por Mel Gibson, se centra en los tres últimos días de la vida de Jesucristo (James Caviezel), desde su retirada para orar en el Huerto de los Olivos hasta su muerte y resurrección. Su autoproclamación de Mesías y el éxito de sus enseñanzas alertan al Sanedrín, quien lo detiene y entrega al poder romano para que lo condene a muerte. Más de la mitad de la película se centra en visualizar, con detalles estremecedores nunca vistos en este tipo de películas, el alcance de la tortura que sufrió: brutales palizas; latigazos con puntas metálicas; corona de espinas; caídas y patadas continuas en la subida al monte Calvario con la cruz a cuestas; clavos que penetran las muñecas y la madera de la cruz; lanzada en el costado una vez crucificado. Tomados en primeros planos, llenan de sangre la pantalla cual si película de Tarantino se tratara. El estilo narrativo combina la acción real con continuos flash-back de su vida de joven, las relaciones con su madre (Maia Morgenstern) y María Magalena (Monica Bellucci), o la trasmisión sus enseñanzas. Primeros planos, de detalle y cenitales –para aportar la visión divina-, así como encuadres arriesgados, configuran una obra en formato hiperrealista en la que los rostros de dolor también transmiten paz y perdón. La película fue subtitulada porque los diálogos se rodaron en arameo, hebreo y latín para dar mayor credibilidad al contexto histórico.

Pero el cristianismo siguió su expansión creciente, de tal forma que, en el año 380 el emperador romano Teodosio lo decretó como religión oficial del Imperio, uniendo las raíces judeo-cristianas con la cultura greco-romana. Este reducido elenco de películas de corte religioso aporta también una inmersión en el conocimiento de la política, la sociedad y la cultura de la Palestina ocupada por los romanos y describe un territorio convulso que, ochenta generaciones más tarde, sigue sin alcanzar la ansiada paz.