Hoffman y Williams en Café Kino

La segunda muerte de Truman Capote

Artículo originalmente publicado el 3 de Febrero de 2013

La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito

Truman Capote

Por Raúl C. Cancio Fernández

Cuando un domingo por la tarde la bandeja de entrada de mi buzón de correo parpadea y el mensaje procede de Nueva York me echo a temblar. La última vez que el director de esta revista se puso en contacto conmigo en análogas circunstancias, fue para  pedirme un obituario de James Gandolfini. Hoy tengo que volver a escribir de otro hombre gordo, grande, carismático y sobre todas las cosas, superlativo actor, y lamentablemente no por sus penúltimas y solventes intervenciones en God’s Pocket (Slattery, 2014) o A most wanted man (Corbijn,2014),  en ese rol de secundario usurpador del que nunca quiso desprenderse aun después de alcanzar la gloria como carácter principal, sino porque de nuevo de manera inopinada, nos enteramos esta vez que Philip Seymour Hoffman ha sido encontrado muerto en un apartamento de Manhattan.

El corazón ha traicionado a James Gandolfini en Italia. No es mal sitio para morir cuando un hombre la amaba tanto y le era tan cercana”, escribí hace unos meses en esta misma revista. Si el inolvidable Soprano escondía en su corpachón un corazón mediterráneo, la segunda muerte de Truman Capote le ha sorprendido en el lugar que mejor representa la intrincada y caótica personalidad de Hoffman: la calle Bethune en el neoyorquino barrio de West Village – su domicilio familiar se encuentra una manzana al norte, en Jane St.-, el bohemio rincón de la orilla oeste que escapó del estricto cuadriculado con que se planificó la expansión de la ciudad. Sus calles eran caóticas rutas para caballos que hoy permanecen tan alambicadas como muchas de las magistrales creaciones de Seymour Hoffman. No me extraña que espíritus tan iconoclastas como Julianne Moore –con quien trabajó en tres cintas-, William Defoe o Will Ferrell fuesen vecinos suyos o que se convirtiera en el actor fetiche de otra retorcida alma como la de Paul Thomas Anderson. Pero la vinculación del Village con Philip es muy anterior a su prodigiosa evolución cinematográfica. Con veintidós años – y tras superar una premonitoria crisis adictiva- obtiene un Bachelor of Fine Arts por la Tisch School de la NYU, la entrañable universidad radicada Washington Square, donde además funda la compañía teatral Bullstoi Ensemble, junto al actor Steven Schub y el director  Benneth Miller, que años después le dirigiría en Truman Capote y en Moneyball. Su amor por Nueva York, y particularmente por su vecindario más intelectualmente señalado, es en realidad un amor por el teatro que nunca disimuló “My love for the theater has always been a priority”. Dos años antes de dar su salto definitivo de calidad en Boogie Nights (Thomas, 1997), Hoffman se une a la LAByrinth Theater Company, en la que su talento y su portentoso tono de voz nos deja extraordinarias interpretaciones. Recorrido dramático que se completa en su faceta de director multinominado en los Drama Desk Award. Broadway se rinde ante el Hoffman escénico con True West (2000) primero, con Long Day’s Journey Into Night (2003) después y, recientemente con su portentosa creación del Willy Loman de Arthur Miller en el Ethel Barrymore Theatre, por el que recibió su tercera nominación a los Tonys. Entretanto Hoffman, muy a su pesar, se convertiría en uno de los siete únicos actores que han sido galardonados con los más prestigiosos premios de la industria del cine por la misma interpretación (Oscar, BAFTA, Critics y Golden Globes) por Truman Capote a la vez que nos malacostumbraba a prestarle más atención a él que al rol principal: Tom Cruise (Magnolia), Matt Damon (El talento de Mr Ripley), Jude Law (Cold Mountain), Tom Hanks (La guerra de Charlie Wilson) o George Clooney (Los idus de marzo) fueron indefectiblemente opacados una y otra vez por el fulgor de Hoffman.

En estos días rodaba su tercera participación en la saga de los Juegos del hambre, en la que interpretaba a Plutarch Heavensbee, un personaje, como el propio Hoffman, con personalidades superpuestas: el Vigilante Jefe en los 75º Juegos del hambre  y, secretamente, miembro de una secta que apoyaba a la Revolución. Es difícil adivinar qué clase de  demonios  acechan a un hombre dotado de tan extraordinario talento, de acreditada bonhomía, culturalmente inquieto, amante de la buena mesa, con su vida y la de sus tres hijos sobradamente resuelta, para que la mañana del domingo del Super Bowl en su ciudad,  descubran a este fanático de los Jets con una jeringuilla clavada en el brazo. Qué tristeza.

Crítica de Magnolia.

Crítica de Happiness.

Crítica de Capote.

R-Williams

Nuestra infancia

Por Claudia Lorenzo

Hay personas a las que admiras cuando eres adulto, cuando te conviertes en alguien con criterio, capaz de distinguir entre el vago y el trabajador, el majo y el antipático, el que tiene talento y lo logra y el que tiene menos talento y en ocasiones también llega. Hay personas de esas que nos atraen en la adolescencia y se convierten en influencias que nos dan la mano hasta la edad adulta.

Robin Williams no era de ésos. Robin Williams llegó a toda una generación en forma de Peter Pan, de hombre divorciado disfrazado de señora, de superviviente de un juego de mesa loco o de padre gay del prometido de la hija de unos republicanos. Williams se coló en nuestro corazón mucho antes de que aprendiésemos qué significaba Carpe Diem –cosa que la mayoría haríamos gracias a él-, quién era Walt Whitman o por qué irte con la mujer de tu vida era una decisión mucho más sabia que asistir a un gran partido de los Red Sox, a pesar de los home-runs. Antes de descubrir que tener un club gay en Miami es divertidísimo, antes de aprender de la mano de Al Pacino que el insomnio en Alaska te puede freír el cerebro y que un asesino en serie cuenta con ello, antes de desconfiar de aquellos que nos revelan las fotos en el centro comercial o antes de emocionarnos al ver a Billy Cristal aplaudir como un loco el Óscar a mejor actor secundario de Robin Williams en 1998, antes de todo eso, fuimos niños.

Los niños no tienen listas sobre sus actores favoritos, sus directores de cabecera, los libros que les encantan. Esas listas las hacemos los adultos para definirnos, para mostrar quiénes somos en un puñado de referencias. De pequeña, sin embargo, yo solía decir con la boca pequeña que Robin Williams era mi actor favorito, por una razón muy simple: todas sus películas me habían gustado mucho. Al menos, todas las que controlaba mi filmografía infantil.

Un homenaje a Robin Williams no es un homenaje normal, porque nuestros recuerdos de él no son puramente artísticos, puramente lógicos –aquella broma que nos hizo pensar, aquella mirada profunda, aquel apunte serio, aquella enseñanza, aquel nuestro capitán-. Pensar en él, pensar en lo que fue y ya no será, es recordar una infancia plagada de películas que no nos trataban como tontos, que nos hacían soñar y pensar que en Nunca Jamás puedes pelear con comida de colorines, volar, ser colega de Campanilla e incluso batirte en duelo con Garfio.

Williams, para nosotros, era el histriónico genio de Aladdin que salía de la lámpara y se volvía loco de alegría pariendo doscientas palabras por minuto, igual que paría voces en aquella entrevista en la oficina de empleo de Señora Doubtfire. Era el tipo que organizaba una fiesta de cumpleaños en casa con zoológico incorporado, el que era un adolescente en un cuerpo de adulto y que, sin embargo, con una sola mirada nos hacía sentir toda esa tristeza que llevaba dentro, toda esa tristeza del padre que no quería perder a sus hijos y del cómico melancólico, aquel que batalló con las drogas y ganó tras ver perder a John Belushi, aquel que, con todo lo que nos hizo reír, se fue triste.

Llevamos un verano de perros, un año de perros en el que se van mitos como Lauren Bacall, monstruos del cine como Philip Seymour-Hoffman y caras familiares como Álex Angulo. Robin Williams no era sólo eso, un mito, un gran actor, un magnífico cómico, un monstruo de la interpretación o una cara familiar. Robin Williams, para un puñado de nosotros, era más. Era nuestra infancia.

Yo, personalmente, elijo pensar que sigue en una batalla dialéctica con Rufio allá donde ande. Con RU-FI-O.

Crítica de El indomable Will Hunting.

Crítica de Good Morning Vietnam.

Crítica de Aladdin.

Para descargar la cartelera de octubre del Café Kino, pinche aquí.

3 ALIANZA

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