Carlos Fuentes saliendo del cine

Por JUAN CRUZ

Carlos Fuentes contaba (se lo contaba a Carlos Monsiváis, otro Carlos del cine, y ya en las tinieblas los dos) que cuando tenía nueve años respondió un cuestionario al salir del cine, sobre el cine, y ganó de tal manera que le dieron nueve dólares. Nueve dólares, a esa edad, era una fortuna, así que creyó que el cine iba a ser su oficio, y que él iba a ser multimillonario. Los escritores, salvo unas cuantas excepciones, no llegan a ser nunca multimillonarios, y Fuentes nunca vivió del cine sino de la literatura.

En algún momento, cuando empezó el boom y él anunciaba esa buena nueva en la prensa internacional, pues era algo así como el portavoz de aquella lujuria literaria, se juntó con Juan Rulfo y con Gabriel García Márquez, y a los dos los ayudó a hacer guiones, que en principio fueron alimenticios, pero al final fueron nutritivos de dos amistades que conformaron la figura de Fuentes como un hombre de grandes relaciones literarias, políticas y cinematográficas.

En realidad, hubiera sido un gran actor, y lo fue una vez, en una sola película (de 1969) titulada Amor, amor, amor. Era decidido, guapo, tenía un bigote que Juan Marsé y otros creían que le había robado a Jorge Negrete, y tuvo grandes amigos en el cine, a algunos de los cuales no los llegó a conocer. El cine era su amigo, en realidad. En aquella conversación con Monsiváis (que organizó Reforma, en México, con motivo de los muy celebrados 80 años del autor de Gringo viejo), Fuentes hizo juegos malabares con su extraordinaria memoria; habló de todos los filmes que vio, o de casi todos, cuando era un chiquillo, y al final llegó a la conclusión, con su compadre Monsiváis, de que las mejores películas eran aquellas películas inolvidables que todo el mundo dice que son las mejores: Cantando bajo la lluvia, Los olvidados, Ciudadano Kane… En la primera coincidió Fuentes con la preferencia del gran Rafael Azcona, que adoctrinó a sus jóvenes amigos, reticentes ante las puntillas de cursilería de aquella interpretación extraordinaria de Gene Kelly, sobre las maravillas que guarda esa joya del cine.

Fuentes vivió con el cine, pendiente del cine; tuvo una aventura sentimental en ese ámbito, con Jean Seberg, la chica que vendía periódicos en A bout de soufle; en Diana o la cazadora solitaria certifica como literatura aquella vivencia; hablaba con mucho pudor de ese libro, cuya salida al público coincidió, en 1993, con la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras. La entonces periodista Letizia Ortiz, que luego sería Princesa de Asturias, lo entrevistó entonces, sobre ese libro y sobre su vida; los que estábamos cerca y sabíamos cómo movía las piernas Fuentes cuando estaba nervioso sabíamos que entonces al escritor le hubiera gustado haber escrito ese libro con seudónimo.

Él vio en el cine algunas obras suyas, desde Aura (que llevó al cine el italiano Damiano Damiani, con Gian Maria Volonté, qué gran actor) o Gringo viejo (que protagonizaron Gregory Peck y Jane Fonda…) Él no hablaba mucho de esas películas que vinieron de sus textos; cuando hablaba del cine se refería más aquel cine olvidado del México más profundo, del que parte Los olvidados de su amigo Luis Buñuel, o al cine latinoamericano más recóndito. Su editor argentino, Augusto di Marco, contó, poco después de morir Fuentes en México, que algunos días antes de este triste hecho el escritor lo había llevado a los mercados viejos de Buenos Aires a buscar películas del antiguo cine argentino. ¡Y se llevó 39 filmes que olían a naftalina! Algunos de esos filmes él se los sabía de memoria, dice Di Marco, pero se proponía verlos otra vez en cuanto volviera a México. En cuanto volvió a México halló la muerte, que es la manera más dramática de dejar de ver la película de la vida, de dejar de estar en ese reparto universal que es la vida.

En fin. Pocos días después de esa despedida que uno nunca hubiera creído que pudiera producirse, teniendo en cuenta la salud, la energía, la saludable energía de Fuentes, apareció en España, en Alfaguara, su editorial, un libro ya póstumo, titulado Personas. Lo he leído como si fuera una carta de abrazos. Por ahí pasan muchos de los amigos del escritor, algunos a los que quiso mucho, y a otros a los que respetó muchísimo. En una y otra frontera juega un papel preponderante en sus respetos y en sus amores don Luis Buñuel, con quien vivió conversaciones memorables (que él rememora sumariamente) y con quien compartió bebidas únicas, pues Buñuel era un gran creador de cócteles, entre los que Fuentes cita como muy especial el que llama buñueloni, “mitad ginebra, un cuarto de cárpano y un cuarto de martini dulce”. Dice Fuentes: “Buñuel me lo ofrecía cada vez que le visitaba en su casa de la calle de Félix Cuevas, en la Ciudad de México, los viernes de cuatro a siete, cuando Buñuel estaba en mi país.

La casa no se distinguía demasiado de las demás de la colonia Del Valle. Buñuel había coronado los muros exteriores de vidrio roto, ´para impedir que entre los ladrones`”. Es un perfil delicioso, y poliédrico, del gran autor de Los olvidados. En persona, durante años, Fuentes habló muchísimo de esos encuentros suyos con don Luis (él lo llamó siempre don Luis). Muchas veces sus editores le pedimos que rastreara en sus cajones las grabaciones que hizo de esos encuentros con Buñuel, y él prometió hacerlo, y de hecho debió hacerlo, pues un día nos dijo que le resultaba imposible encontrar ese rastro. Aquí, en este libro, hace que su memoria reencuentre a Buñuel. “A veces”, dice, “íbamos juntos al cine. Admiraba la libertad creativa de la Roma de Fellini, y le conmovía Paths of Glory de Kubrick. Fuimos a ver –Cristo obliga—Rey de Reyes de Nicholas Ray con Jeffrey Hunter y  fuimos corridos –ya nos íbamos—del cine cuando el Demonio tienta a Jesús con una visión de domos dorados y brillantes cúpulas en el desierto. Con voz muy alta, Buñuel exclamó:

–¡Le ha ofrecido Disneylandia!”

En su recuerdo, Fuentes reconstruye el encuentro de Buñuel con Chaplin, cuando el cineasta trabaja para el Moma de Nueva York e hizo el montaje de El triunfo de la voluntad, el documental en el que Leni Riefensthal retrata al Hitler olímpico. Chaplin veía a Hitler evolucionar y gritaba desde su butaca: “¡Me imita, me imita!” Y cuenta Fuentes, cómo no, el reencuentro que hubo en Nueva York entre don Luis y Salvador Dalí, después de que éste abrazara el franquismo y denostara a sus antiguos compañeros de la Residencia de Estudiantes. Iba dispuesto a partirle la cara, pero al encontrarse cara a cara don Dalí, Buñuel le dijo al pintor:

“—Vine decidido a romperte la cara. Pero al verte me venció el recuerdo de nuestra vieja amistad. Sólo te diré que eres un hijo de puta.

–¡Pero Luis! –exclamó Dalí–, ¡si yo sólo quería hacerme publicidad a mi mismo!”

Es un homenaje a Buñuel, un apunte de lo que estaba dispuesto a hacer en un libro más grande que la sombra final le impidió culminar. “En otro libro”, cuenta Fuentes, “Pantallas de plata, hablaré con más extensión de la etapa mexicana de Buñuel”. Aquí, en este perfil, Fuentes y Juan Goytisolo le escuchan decir en Venecia, cuando obtiene el León de Oro de 1967: “Ahora derretiré el premio para fabricar balas”.

Buñuel era un personaje, y sin duda era un personaje de Fuentes. En aquella conversación que tuvo con Monsiváis cuando él cumplía 80 años, el Carlos de Aura le dijo al Carlos del redescubrimiento del pop mexicano: “La literatura te ayuda a ver de otra manera el cine, y el cine te ayuda a ver la literatura”. Para él, Buñuel fue un personaje literario, y un gran creador cinematográfico, acaso la síntesis perfecta de esa simbiosis que vivió en él hasta el último suspiro, cuando comparaba las películas argentinas viejas con el propósito de ir construyendo sin cesar sus pantallas de plata.

Ahora, cuando ha muerto Carlos Fuentes, lo he recordado sobre todo llevándome al cine, a ver Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg. Una exhibición privada, en un cine de Londres. Él vivía aquella historia trágica de la guerra mundial con el sobrecogimiento de un niño, con el miedo de un adolescente, con la cara asustada de quien teme que la muerte no sea solo un reflejo en la pantalla.