Buscando en el horror

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Crítica

Incendies (2010), de Denis Villeneuve

Por Claudia Lorenzo

El horror de verdad, ése que saca su peor cara, es el vivido en las guerras, en los conflictos armados en donde la racionalidad es un lujo que ningún bando puede permitirse. El horror de la guerra civil del Líbano pulula, sin nombre, por Incendies, cuarta película como director de Denis Villeneuve y su primer reconocimiento internacional, que le aupó hasta las mismísimas nominaciones de los Óscar en la categoría de Mejor Película de Habla no Inglesa (ganó En un mundo mejor, de Susanne Bier) en 2010.

Incendies se mueve en dos líneas temporales paralelas. Por un lado están los hermanos gemelos Jeanne (Mélissa Désormeaux-Poulin)y Simon Marwan (Maxim Gaudette), que reciben del notario de la familia la última voluntad de su madre, recientemente fallecida tras un derrame cerebral: dos cartas que tienen que entregar a su padre, hasta entonces dado por muerto, y a su hermano, cuya existencia los chavales desconocían. Así Jeanne, la más intrigada de los dos, inicia un viaje por un país sin nombre, tras las huellas de una mujer misteriosa y con un origen anónimo. Por otro lado, conocemos la historia original de esa madre, Nawal Marwan (Lubna Azabal), y sus sufrimientos durante la guerra civil que tuvo lugar en el país cuando ella era joven. La investigación en el presente se confunde con la información proporcionada por los hechos del pasado, y todo va conformando un puzle mucho más complejo y escalofriante de lo que el espectador podía haber imaginado. Es el espíritu de una guerra entre ciudadanos de un mismo país lo que planea sobre la historia y provoca que tanto terror se torne en realidad, pero la sordidez del asunto, el sentimentalismo, la vuelta de tuerca injustificada y hecha simplemente para epatar, se evitan en el filme gracias a unas emociones contenidas por Villeneuve, que nunca deja que el histerismo tome el mando.

Ver Incedies es toda una experiencia, mayor si cabe que la que provocan las dos obras siguientes de su director, presentadas en el último Festival de San Sebastián: la tensa e impresionante Prisioneros y la enigmática Enemy. Incendies apela más a las tripas del que la ve. Nadie acaba la película siendo la misma persona que era cuando comenzó. Es un filme que se planta en el cerebro y días después, cuando menos se espera, regresa a primer plano, constatando la importancia de su narración y las vueltas que todos seguiremos dándole. Las moralejas se quedan en la cuneta y la historia, un drama contado con forma de thriller, en donde el espectador imagina, conjetura e intenta llegar al desenlace antes de los hermanos, sólo para descubrir con horror que lo ha hecho, que ha imaginado con miedo lo que está por venir en una narración en la que es difícil no penetrar, la historia, como decía, está clavada. Es un guión de hierro adaptado por el propio director (con ayuda de Valérie Beaugrand-Champagne) a partir de la obra de teatro homónima del escritor Wajdi Mouawad. Es de hierro porque necesita serlo, porque no puede dejar cabos sueltos.

Las interpretaciones de los actores son sobresalientes, pero destaca por encima de las demás la labor de Azabal (vista en Paradise Now y Red de mentiras), encargada de un rol que se transforma a lo largo de la historia y que es testigo directo de las peores atrocidades que puede cometer el género humano. La entereza del personaje, su determinación, su cabezonería por elegir la vida ante la muerte hasta el agotador final la convierten en admirable. El alma de la película es “la mujer que canta” interpretada por esta actriz, y sin creer en su mirada ni entender sus decisiones no existiría historia. Afortunadamente, ella encabeza un relato en el que todos acabamos preguntándonos, desde nuestro sofá alejado del conflicto, si de verdad el horror se presenta en la forma que vemos en Incendies, si existe gente así de rota, si nosotros podríamos aguantar tanta lucha y tristeza. Todas las cuestiones demuestran lo obvio, que estamos ante una gran película.