Blue Adèle

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Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle

Crítica

La vida de Adèle (2013), de Abdellatif Kechiche

Por Claudia Lorenzo

Cuando Adèle llora, se le caen los mocos. Mocos que se acaban escurriendo hasta la boca, mocos que se mezclan con lágrimas, con saliva y con tristeza. Si algo me hizo sentir pudor en La vida de Adèle fueron sus lágrimas y sus mocos en primer plano. Porque todos lloramos un poco por la nariz.

Hace casi una semana que me senté en la oscuridad de la sala de cine dispuesta a dejarme enamorar por Adèle y Emma, y tantos días he necesitado para saber qué decir sobre la película. Lo primero que me vino a la cabeza fue envidia, de la más insana, de aquellos inocentes que disfrutaron del filme en Cannes, antes de la Palma de Oro y las discusiones entre el equipo. Aquellos que creyeron de verdad que Emma era tal, y Adèle lo mismo. Los demás, siento decirlo, hemos sido contaminados – algunos más y otros menos- con las historias que actrices y director cuentan sobre el rodaje. Así, con toda esa información, me encontré yo, inmersa en el relato de amor más grande contado este año, cuando de repente la escena de sexo –sí, esa famosa escena de sexo- me sacó de la película como ninguna escena de sexo lo había logrado hasta entonces. Mi único pensamiento estaba con Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, las actrices. Porque la escena de marras es íntima hasta decir basta y porque Abdellatif Kechiche se recrea en ella y en los cuerpos de las dos chicas como si fuese necesario mostrarnos cada poro de su piel.

Y claro que es necesario. Para conocer a Adèle (personaje) y Emma, tenemos que ser testigo de sus encuentros sexuales y su amor físico. La pasión que se genera entre ambas es condición imprescindible para hilar toda la relación que veremos después. Por ello, el hecho de que todo el mundo, incluidos los implicados, haya tirado a dar con esa secuencia me indigna. Cuando yo tenía que haber estado involucrada en la historia de amor, me encontraba pensando en la historia del rodaje. Malditos, qué envidia de aquellos que la vieron en Cannes sin saber qué iban a ver.

La vida de Adèle es una película extremadamente sensorial. Desde un hoyuelo en la barbilla de la protagonista, hasta los dientes separados de Emma, pasando por los ya mencionados mocos, los bailes, o las escenas sexuales llenas de caricias, todos nuestros sentidos están siendo estimulados para que al final vivamos lo que ellas viven. Sin ser una épica al estilo de Lo que el viento se llevó y compañeros mártires, las tres horas de Adèle se entienden en un mundo en el que la gente se atraganta con series de televisión, un mundo en el que no tenemos miedo a vivir en otro lugar durante más de 90 minutos. Al final estamos viendo una historia sencilla que no deseamos que termine, porque nos gusta demasiado el universo en el que nos hemos sumergido, y porque también lo entendemos demasiado. Nos gustan las pinturas de Emma, los alumnos de Adèle, los espaguetis a la boloñesa que aparecen cuando menos lo esperamos y las ostras intrusas. Y nos encantan esos momentos en los que, de pura pena, Adèle llora hasta comerse los mocos sin querer. Y es que todos hemos llorado así y todos hemos acabado en alguna cafetería, implorando nuestro pasado.

La épica de Adèle es sentarnos en el siglo XXI y mostrarnos cómo se ama hoy en día; a través de la acumulación de detalles pequeños, nos cuenta la historia de alguien que crece como crecemos todos, a golpe de aciertos y errores. La cuestión del amor, la pureza del sentimiento, la inocencia de los implicados, la pasión descarnada del sexo, no tienen nada que ver con la homosexualidad o la heterosexualidad de sus personajes. Es así de actual.

Da un poco de pena que el cartel y los créditos vayan encabezados por Léa Seydoux, incuestionablemente la más conocida de las dos chicas antes de estrenarse la película. Digo que da pena porque, aunque Seydoux, a pesar de lo que pueda decir Kechiche, hace un trabajo impresionante dotando a Emma de una vulnerabilidad que parecía ajena al prototipo de chica que conocemos en sus dos primeros planos, la auténtica revelación, y la sherpa de la película, es Adèle Exarchopoulos. Su rostro desprende la frescura de la niñez, especialmente cuando sonríe, y de repente, a golpe de mirada, su expresión cambia y su sabiduría se acrecienta, envejece. El trabajo que Exarchopoulos hace en la película que lleva su nombre no es que sea de premio, máxima comparativa que usamos constantemente, es que ya está incrustado en la memoria colectiva como una de las expresiones artísticas más bonitas del año.

Con sus más y sus menos, y quién sabe quién tiene la razón o si alguien la tiene, Kechcihe y sus dos actrices han rodado una buena historia de amor. No es nada más que eso, una historia de amor. Pero, a la vez, es muchísimo más.